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Volcanes

Por
  • María Pilar Martínez Barca
OPINIÓNACTUALIZADA 26/09/2021 A LAS 05:00
Vista general de la principal boca eruptiva del volcán de La Palma.
'Volcanes'
Nacho Doce/Reuters

En mitología, aparece investido de potestades contrarias. 

De un lado, se menciona la extraordinaria fecundidad de las tierras volcánicas, como Nápoles, California o Japón. De otro, el fuego destructor se asocia a la idea del mal. (…) Psicológicamente es un símbolo de las pasiones" (Juan-Eduardo Cirlot, ‘Diccionario de símbolos’). Pompeya sepultada por el Vesubio, el Etna y las cenizas de Santa Águeda, Monte Tambora, Krakatoa, Nevado del Ruiz…

Tragedia y embeleso. A finales los años cuarenta, adolescentes mis padres en un pequeño pueblo castellano sin erupciones, estallaba el de San Juan en La Palma. En 1971, cuando yo todavía jugaba con muñecas, el Teneguía. Y hará unos diez años, el Togoro en El Hierro. Lanzarote, Tenerife… así desde el siglo XV. Nada si lo comparamos con los ochocientos mil o dos millones de años de las islas más jóvenes. Los poetas podíamos permitirnos jugar con los volcanes: "Todo es deseo y sueño y pasión desatada / del lado de la vida y los volcanes, / allí donde me amas" (‘La manzana o el vértigo’).

"La situación en la zona de La Palma afectada por la erupción es desoladora, porque una colada de lava con una altura media de seis metros se come literalmente viviendas, infraestructuras, cultivos", según Mariano Hernández, presidente del Cabildo. Colegios y alguna iglesia sepultados, decenas de viviendas, cultivos arrasados.

No es un momento histórico ni un espectáculo, aunque también; sí, belleza mortal. El pinar asolado, cultivos devastados, casas y pueblos literalmente tragados por el fuego, la huida y muerte de los peces, la amenaza de los gases tóxicos, las lluvias de ceniza. Kirauea, Estrómboli, Arenal… y ahora el Etna vuelve a erupcionar.

Demasiada presión en la corteza y dentro de la tierra, mucho fuego interior, honda pasión y angustia en cada uno de nosotros ante la incertidumbre. Y el silencio abismal que precede al rugido destructor: "Un alarido sordo resquebraja la luna / y estremece la tierra / en volcanes de semen y de lava" (‘Pájaros de silencio’).

Olvidamos los millones de años que los volcanes llevan dando a luz paraísos: "Entraba en la estación de la ternura, / el más bello deseo o los volcanes" (‘Del Verbo y la Belleza’).

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