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Un museo fuera de sitio

OPINIÓNACTUALIZADA 25/08/2021 A LAS 05:00
Los Juegos Olímpicos inspiran parte de la oferta actual del Museo de Origami
Los Juegos Olímpicos inspiran parte de la oferta actual del Museo de Origami
Toni Galán

La Escuela-Museo de Origami de Zaragoza tiene una historia bonita y larga detrás, un ‘relato’ en el que apoyarse: es un logro de una asociación de aficionados que lleva nada menos que 77 años promoviendo la papiroflexia en esta ciudad. Una rareza que distingue a la capital aragonesa y que, cuando por fin materializó sus instalaciones permanentes en el Centro de Historias en 2013, hizo de estas algo único en Europa.

No ha cesado desde entonces la actividad, la cual puede apreciarse primeramente en las muchas exposiciones habidas, con frecuencia de artistas internacionales y notable asistencia de público. Ni tampoco han parado, desde muy pronto, las llamadas de auxilio de los promotores de la EMOZ ante las dificultades económicas para mantenerla.

Nunca se ha resuelto bien ni la situación de este museo ni su financiación. Cuando se planteó estuvo a punto de ocupar los bajos del Mercado de San Vicente de Paúl, con un proyecto ambicioso que preveía espacio para exposiciones, conferencias, talleres, cursos y una tienda. Para instalarse allí se confiaba en unos patrocinios de empresas que fallaron. La alternativa fue la planta superior del Centro de Historias, una infraestructura cultural del Ayuntamiento donde era necesaria mucha menos inversión.

Perdió una oportunidad clara de reactivación el Mercado de San Vicente de Paúl, también propiedad municipal, el cual, transcurrido más de un decenio desde su rehabilitación, acumula planes para aprovechar su espacio que no han fructificado y se va vaciando de vida y puestos abiertos. Pero también perdió el propio Centro de Historias, un lugar con un nombre tan bueno que lo permite casi todo pero que no termina de afinar su programación y que vio hipotecada gran parte de su espacio disponible hasta ese momento para exposiciones temporales.

Allí, el Museo de Origami, enclave privado en un espacio público, no termina de encajar. Necesita otra fórmula de apoyo institucional para sobrevivir y la merece porque su oferta es única y valiosa. Y, mejor, que sea en otro lugar, en uno de los muchos vacíos y sin destino con que se va cargando Zaragoza.

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