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El viaje a Biel

OPINIÓNACTUALIZADA 17/06/2021 A LAS 05:00
Foto de Biel
'El viaje a Biel'
Laura Uranga

Mi madre llevaba años queriendo ir a Biel. 

Medio en broma, medio en serio decía: "Me moriré y no iremos". Y así ha sido. No fuimos capaces de encontrar un día y cumplir con su deseo. Ninguno supimos sacar el tiempo necesario para coger el coche, tomar la carretera y recorrer esa redolada. Ella quería volver al pueblo que apenas conoció cuando era joven y rememorar los lugares de donde procedían parte de sus ancestros, que también son los míos.

En su memoria iban y venían recuerdos asociados a esas tierras de las Altas Cinco Villas. De Biel era la familia de su abuelo por parte materna. Manuel Guinda Caudevilla, zapatero, que casó con Constancia Sanagustín, maestra, cuando ella estuvo destinada en Fuencalderas. De ese matrimonio nacieron Aurora, Presentación y Visitación, cada una en un lugar distinto, según tocaba cambiar de escuela. De hecho, mi abuela Presen vino al mundo ahí al lado, en Lobera d’Onsella, en 1909. Mi madre guardaba muchos recuerdos de lo escuchado en su infancia. Historias que también sentí de niño y que ahora no consigo recordar como me gustaría. El viaje a Biel habría servido para asentar eso que he olvidado y también habría ampliado el perfume mítico-familiar que, por muchas razones, lo envolvía.

Quizá la más importante era el sentimiento de pérdida. Pues perdieron la casa que tenían, porque no pudieron mantenerla en pie. Perdieron la propiedad y con ella los vínculos que les enraizaban a ese lugar. En su fuero interno, mi madre tenía curiosidad por saber qué quedaba de ese trozo del mundo del que había escuchado tantas pequeñas historias. Vivieron un éxodo familiar para salir fuera a buscar trabajo. Ninguno se quedó. Emigraron a Barcelona en los años difíciles del comienzo de siglo. Mientras que su abuelo, como consorte y buen zapatero, se fue moviendo según cambiaba de escuela su esposa. Hasta que en 1917 se instalaron en Aratorés tras varios destinos, tal como consta en su hoja de servicios del escalafón de Maestras de Escuelas Públicas.

En la perspectiva de mi madre, Biel era parte de lo que pudo ser, pero fue de otro modo. Nada iba en línea recta. Si algo se podía torcer, se torcía. De hecho y para colmo, su abuelo Manuel murió cuando las cosas empezaban a ir un poco mejor. Y de nuevo, se tuvieron que reinventar frente a la adversidad como tantas y tantas familias en aquellos años complicados y violentos. Sin embargo, pese a los pesares, no se instalaron en la catástrofe. Y esa fue una de las claves para resistir. La esperanza de que mañana ha de ser mejor no es sólo una fantasía para alienar mentes ingenuas; es la fuente que alimenta la vida, sabiendo que nadie es dueño radical de su destino. O como tantas veces decían en casa, "el hombre propone y Dios dispone", en una atmósfera social donde el miedo campaba a sus anchas y la escasez limitaba las expectativas. Ahora que vivimos en tiempos de opulencia y consumismo generalizado, aquellas historias suenan diferente. ¡Son tantas las cosas que han cambiado! Pese a todo, lo esencial sigue siendo algo que no tiene precio, ni se encuentra a la venta.

Un día de estos, más pronto que tarde, hemos de hacer ese viaje ahí al lado, a esa esquina de Aragón. Recorreremos la Bal d’Onsella y los lugares que forman parte de esas historias familiares. Hay mucho por conocer y revivir. Me aventuro a pensar que lo importante no era ni será la visita en sí, ni el mero hecho de llegar a un punto, caminar, mirar y recorrer calles y montes. En ese deseo subyacente, como en otros viajes, lo importante está en aquello que ya no está, ni estará y que forma parte de nuestra particular tradición oral. Mientras estamos vivos tenemos la oportunidad de narrar lo que vivimos y construir lo que compartimos. En ese camino, lleno de sorpresas, de disgustos y alegrías van aflorando las emociones que nos modelan como somos… Y como ‘nos queremos ser’. Siempre hay tiempo para andar hacia dentro de uno mismo. Siempre es tiempo para saber que las cosas importantes no están en lo que se tiene o deja de tener. A poco que se haya vivido, cuando los contratiempos han marcado el camino, es tiempo de soñar despierto y viajar a ese destino del que partimos.

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