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el mirador

Jefes de guerra

OPINIÓNACTUALIZADA 09/05/2021 A LAS 05:00
Cuadro que recrea la leyenda de la campana
'Jefes de guerra'
HERALDO

La ley adefesio 8/2018 asegura que las Cortes aragonesas se crearon en el siglo XII y exige a todas las Administraciones públicas aragonesas que utilicen en sus documentos la denominación ‘Aragón, nacionalidad histórica’, la cual debe fomentarse también entre los particulares y los medios de comunicación. No lo logrará, porque es una pretensión tan necia como la que hablemos de ‘les niñes’.

Sus disposiciones sobre el vigor imprescriptible de ‘derechos históricos’ que no se concretan y su precedencia absoluta para la bandera de Aragón en detrimento de la de España, se acompañan del encargo al gobierno aragonés de oponerse a "cualquier tipo de tergiversación o manipulación histórica", sin percatarse de las vigas en el ojo propio, como la de proclamar que la Corona de Aragón fue una ‘confederación’.

De todos los mandatos que contiene, el más peculiar es la orden al gobierno autonómico de haga "realidad, a la mayor brevedad, el regreso definitivo a Aragón" del códice ‘Vidal mayor’. Como quiera que es propiedad legal de una entidad extranjera, puede servir de ejemplo del espíritu creativo que anima a esta ley, la cual incluye igualmente la exigencia de derogación de una norma de 1707, ejecutada por ‘derecho de conquista’ (lo que, entonces, era un título plenamente válido), como si aún estuviera en vigor. Porque, si no lo está, no hay por qué derogarla.

Todo esto puede entenderse como una exudación del sentimiento de inferioridad del legislador aragonés actual y, a la vez, como efecto de una visión paradisíaca del pasado aragonés.

Aragón, como reino medieval, no nace del pacto ni el consenso, sino del derecho feudal, de la fuerza, de la violencia ejercida según criterios entonces válidos, aceptados y operativos. Los cuatro primeros reyes aragoneses mueren en situaciones bélicas.

A Ramiro I, primer monarca, lo mata un adalid saraqustí en 1063. Lo contó, un siglo después, Abú Bakr el Tortosí, con tintes novelescos. El rey hudí Al Muqtadir, que alzó la Aljafería, llamó a Sa’dâda, su más experto guerrero y le pidió algún recurso en su lucha contra Ramiro. Sa’dâda, que hablaba la lengua de los cristianos, se infiltró en su ejército. Halló a Ramiro "armado de pies a cabeza y con la visera del yelmo bajada". Sa’dâda le asestó una lanzada en un ojo y Ramiro cayó de bruces en el suelo. Sa’dâda gritó en romance ‘¡Han matado al rey!’ y los cristianos se desbandaron. "Tal fue la voluntad del Todopoderoso". Es la versión arábiga de la batalla de Graus.

Su hijo, Sancho Ramírez, cayó muerto en 1094 de un flechazo, en el asedio de Huesca. El tercer rey, Pedro, perdió la vida en Arán, no en combate, pero sí en una hueste armada que encabezaba, enfermo, en septiembre de 1104.

El cuarto, Alfonso I, fue herido ante las murallas de Fraga en julio de 1134: lesión letal que le costaría la vida en septiembre.

Y el quinto unió a su mitra episcopal la espada del verdugo, segando cabezas rebeldes de tal modo que dio origen a la tradición de la Campana de Huesca.

La historia de Aragón, como la de todos los reinos hispanos y europeos de antigüedad milenaria, es compleja y desigual y resulta arriesgado reducirla a clisés

El carisma guerrero del rey

La muerte en combate forma parte del carisma que tiñe a la realeza en ese tiempo. En vida, el rey debe descollar sobre los demás por su piedad, dedicación y prudencia. Pero, además, debe ser caudillo de guerra: la fuerza de las armas con que defiende y agranda su reino revela, en última instancia, el apoyo divino. Aragón, reino diminuto, crece a costa de otros poderes que no entregan su suelo, tierras y ciudades pacíficamente. En el carisma del rey aragonés hubo un aura perdurable de caudillaje bélico.

El escudo que usan las instituciones aragonesas, incluido el Justicia, se compuso en su momento con cuatro elementos de los que los tres primeros conmemoran hechos de guerra, más o menos legendarios, en los cuales se había manifestado el auxilio celeste a las armas del rey –o del caudillo– aragonés. A lo cual se sumó el emblema del linaje soberano, que no fue precisamente pacifista. Y pactista, cuando no le quedó otra.

El diminuto núcleo del reino de Aragón primordial aparece en un documento del Archivo Histórico Nacional, antes de que el reino naciera. El navarro Sancho III dona a su hijo Ramiro las tierras desde Matidero (Boltaña) hasta Vadoluengo (junto a Sangüesa), con algunas excepciones estratégicas. Al poco Ramiro había ganado Biel, Luesia, Uncastillo, Sos, Ruesta, Artieda, Sigüés, Benabarre y, en circunstancias oscuras, Sobrarbe y Ribagorza. Pasaron siglos hasta que las Cortes y el Justicia medievales fungieran como tales. Las discordias y la sangre fueron muy comunes en la historia de los aragoneses.

Ayer, 8 de mayo, fue el aniversario de la muerte tremenda del primer rey de Aragón. Que ni tenía Cortes, ni Justicia, ni confederados, ni nada que no fuesen su carisma y fuerza bastante para imponerlo. También eso, tan poco idílico, es historia aragonesa.

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