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la rotonda

Recordando a Maenza

OPINIÓNACTUALIZADA 28/03/2021 A LAS 05:00
José Antonio Maenza.
'Recordando a Maenza'
IET/Archivo Maenza.

La primera vez que supe de Maenza fue por la antología de la ‘Generación del 65’ (‘Antología de poetas hallados en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza’, se subtitulaba) que prepararon Juan Mª Marín y Fernando Villacampa y que se publicó en 1967 con el número 9 de la colección ‘Poemas’ que dirigía el poeta Luciano Gracia

Ese libro legendario, que llevaba un prólogo de Miguel Labordeta, fue secuestrado por orden judicial antes de su distribución y de él sólo se salvaron, que yo sepa, tres ejemplares: uno que tenía el propio Luciano y dos más que, según me informó éste, estarían en poder del catedrático Francisco Ynduráin y de Ana Mª Navales. Pero vaya usted a saber si el impresor pudo salvar algunos más y un buen día aparecen por ahí. En cualquier caso, se trata de un libro mítico que ciertamente no he encontrado en ninguna parte y del que sólo dispongo de unas fotocopias que el propio Luciano me hizo de su ejemplar en 1983. Me firmó y legitimó esas fotocopias, certificando de su puño y letra que eran "fiel reproducción del libro… que fue secuestrado por el régimen franquista". En esa antología figuraban, entre otros, Mariano Anós, Adolfo Burriel, Aurora Egido (sí, la actual secretaria de la RAE), José Antonio y Mª Pilar Rey del Corral, Ignacio Prat, los propios Marín y Villacampa… y José Antonio Maenza. De éste (de quien se decía en una pequeña nota de presentación que había nacido en Teruel en 1948 y que "comenzó a gastar la vida en tierras de Aragón y aragonés se siente") se recogía un solo poema que comenzaba así: "… Ya que hablaba antes de piedras, ahora ha de hablar de mojamas". En ese poema estaba ya el Maenza surrealista que ha quedado para la historia. Años más tarde supimos que escribió también una novela, ‘Séptimo medio indisponible’ que estuvo a punto de publicar Barral Editores en 1969 (en Barral trabajó Maenza esporádicamente como informador editorial recomendado por Félix de Azúa) y que no vería la luz hasta 1997 en que la editó Mira en Zaragoza.

El José Antonio Maenza más conocido no es el poeta ni el novelista, sino el cineasta, que nos dejó tres obras fundamentales para estudiar el cine independiente español

Pero el Maenza más conocido no es el poeta ni el novelista. Es el Maenza cineasta, que nos dejó tres obras que, pese a sus manifiestas imperfecciones técnicas, son fundamentales para estudiar el cine independiente español en aquellos años: ‘El lobby contra el cordero’, ‘Orfeo filmando en el campo de batalla’ y ‘Hortensia/ Béance’, en la que brillaba una desnudísima Emma Cohen y en la que Félix de Azúa cantaba las Variaciones Goldberg, de Bach, según nos recordaron Pablo Pérez y Javier Hernández en un imprescindible libro sobre el director: ‘Maenza filmando en el campo de batalla’. De ellas, la más conocida es ‘El lobby contra el cordero’, que comenzó a rodar a finales de 1967 con un presupuesto de poco más de 20.000 pesetas y que presenta imágenes memorables de la Zaragoza de la época (el Sepu, la Ciudad Universitaria, la plaza Paraíso, el paseo Independencia, los cines Mola y Elíseos, el cementerio de Torrero…). Utilizó Maenza una cámara de 16 mm que le dejó su amigo Enrique Murillo (el futuro escritor, que tantos años trabajó en la editorial Anagrama, con quien vivía en un piso de alquiler en la calle Royo), tuvo a Alejo Lorén como director de fotografía y ayudante de dirección, y participaron como actores gentes tan conocidas como Mª José Moreno, Aurora Egido, Maribel Lorén, Eloy Fernández Clemente, Miguel Labordeta (haciendo de sacerdote), Ignacio Prat, Javier Aguirre o Fernando Villacampa. Hasta Luis Buñuel sale en un fotograma, pues fueron a rodar a Calanda en una visita del director durante la Semana Santa. José Miguel Franco de Espés hacía en la película de Lorenzo, el hijo de un capitalista que va a financiarle a él y a sus amigos una película. Franco de Espés quiso abandonar el rodaje y, según contaron Pérez y Hernández, el propio Maenza y su amigo Enrique Murillo le lanzaron de improviso "una botella de sangre de cerdo" como venganza. Maenza utilizaba estos actos como peculiares puestas en escena que utilizaba como "material artístico".

Desde 1971 en adelante, Maenza se dejó llevar. Fue ingresado distintas veces en hospitales siquiátricos (algunas por agredir a su padre, con quien nunca se entendió), vivió con gran dolor la muerte de su madre y el suicidio de su amigo, el poeta Eduardo Hervás, se retiró a Teruel y allí frecuentó los ambientes más sórdidos y marginales. Se suicidó a finales de 1979, lanzándose desde la ventana de su casa. Tenía 31 años. Fue nuestro último gran maldito.

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