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la firma

Pero

Por
  • Andrés García Inda
OPINIÓNACTUALIZADA 26/02/2021 A LAS 01:00
Opinión
'Pero'
ISM

A. me contó hace meses que en su universidad al profesor de Ética le habían puesto de mote ‘el llorón social’. No supe si reírme o llorar, por ser parte del gremio, así que puse mis barbas a remojar, por si acaso. Algo hemos hecho mal, pensé, para que la ética, que desde Aristóteles ha estado vinculada con la felicidad, se haya convertido en una asignatura triste, protagonizada por profesores resentidos o amargados y estudiantes aburridos u ofendidos. Y todavía se entiende menos que en esas circunstancias hayan decidido eliminarla de los planes de estudio de la educación secundaria, ahora que lo que se lleva ya no es el conocimiento sino la emoción pura y dura. Para provocar esa emoción, un llorica no encuentra nada mejor que lo peor: una mirada distorsionada de la realidad o un conocimiento sesgado de la misma; catastrófico, en su sentido etimológico: que todo lo derrumba y que tira de ti hacia abajo, hacia lo más elemental y ordinario. Ya hablamos en su momento en esta tribuna de nuestra tendencia a concebir dramáticamente la realidad, lo que nos impide diagnosticar adecuadamente los problemas, sobredimensionando lo pequeño y relativizando lo grande, ‘solemnizando lo obvio’ (como dice mi amigo A. L.) y despreciando lo inédito.

Con todo, y aunque también nos afecte, el plañimiento moral no es patrimonio exclusivo de los docentes de ética. Las redes y los medios están plagados de políticos y postulantes (neointelectuales y activistas de las ideas) que sermonean con profusión y abundancia de lágrimas (de las de cocodrilo, ya saben, pura reacción biológica del hecho de masticar palabras). Son los nuevos clérigos, y no muy distintos, pese a lo que ellos piensan, de los viejos. Si en algo se distinguen de los antiguos es seguramente en que presumen de carecer del mismo poder que disfrutan y ejercen. Y si algo les caracteriza es el uso y el abuso, hasta el refinamiento y la náusea, de la conjunción adversativa: el ‘pero’.

Los nuevos predicadores se refugian en el uso de la conjunción adversativa para
fingir profundidad sin comprometerse realmente

El ‘pero’ es el mejor amigo del hombre: Te permite nadar y guardar la ropa; repicar y estar en la procesión; predicar la inclusión y practicar la exclusión; apostar sin arriesgar; reivindicarlo todo sin comprometerte en nada; o mantenerte en la superficialidad de las cosas –allí donde nunca corramos el riesgo de perder pie– aparentando la profundidad del horizonte. El ‘pero’ es el comodín del ‘por si acaso’, el refugio con el que disfrazar de coraje nuestra pusilanimidad, de realismo el cinismo, de sabiduría la ignorancia. El ‘pero’, habitualmente, es la ventana abierta a las falacias y a los falsos dilemas, que deja colar de forma inadvertida. Pónganse en guardia cada vez que alguien los pronuncie; o por lo menos pónganlos en cuarentena. Desconfíen, de entrada, de todos ellos; desconfíen, si quieren, de mí mismo.

En los últimos días, nuestro debate público se ha inundado nuevamente de ‘peros’ –sí, pero no; no, pero sí– a propósito del vendaval de violencia desatado ‘en defensa’ de un rapero de cuya condena la mayoría de quienes se pronuncian desconocen el motivo y quienes, sabiéndolo, lo hacen, lo esconden bajo una alfombra de ‘peros’ y ‘sin embargos’. Un vendaval que viene a mostrar, como si fuera una prueba de cargo de la condena, que las palabras y las ideas tienen consecuencias prácticas, y que todos deberíamos asumir nuestra responsabilidad en las mismas cuando jugamos con ellas, o cuando las consentimos aparentando, bajo un aluvión de conjunciones, una pureza y una inocencia adánicas. Los auténticos artistas –los de verdad, no estos– lo han sabido siempre; y por eso cuidaron su pronunciación con tanto mimo.

A raíz del caso del rapero
encarcelado, estamos viendo una nueva inundación de ‘peros’

Las agresiones, amenazas, injurias, calumnias… no forman parte de la libertad de expresión, ni aunque se escriban con letras de diseño o se pronuncien acompañadas de una base rítmica. Y quienes presumen con gravedad senatorial –envolviéndose en la bandera de un volterianismo ‘prêt-à-porter’– de defender a pesar de todo la libertad de expresión, son a menudo los mismos que persiguen y denuncian esa misma expresión cuando la pronuncian otros o cuando se dirige contra ellos mismos.

Y además, si realmente pensamos que algo es vulgar o estúpido, empecemos por considerarlo y tratarlo como tal. Dejemos de adornarlo con ‘peros’ y reírles las gracias a quienes juegan con las cerillas y la gasolina, aunque lo hagan atrincherados en las páginas de cultura o en horario de ‘prime time’. O precisamente por eso. Así no tendremos luego que llorar por el mundo que nos está quedando.

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