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Opinión

la rotonda

23-F, hoy hace cuarenta años

OPINIÓNACTUALIZADA 23/02/2021 A LAS 01:00
Tejero en el intento de golpe de estado del 23-F
Tejero en el intento de golpe de estado del 23-F

No sé si a estas alturas les interesarán a los lectores aquellos sucesos que tuvieron en vilo al país, hoy hace ya 40 años. Yo no los puedo olvidar. Había pasado con mi mujer el fin de semana entre Ávila y Madrid y a primera hora del lunes 23 la acompañé a la estación para que tomara un Talgo de regreso a Zaragoza. Yo me volví al hotel y recogí a mi compañero de habitación (en aquellos tiempos era frecuente que los diputados compartiéramos habitación en los hoteles de Madrid, dado lo exiguo de nuestros emolumentos), el diputado centrista por Almería Alfonso Soler Turmo. Nos fuimos en mi coche a almorzar, ya que hasta las 4.30 no comenzaba la sesión de investidura en segunda vuelta de Leopoldo Calvo-Sotelo.

Con un pequeño retraso da comienzo la sesión. Flota en el hemiciclo una espesa nube de humo consecuencia de los puros que sus señorías fuman –entonces estaba permitido fumar en el Congreso– cuando intervienen el señor Calvo-Sotelo y los representantes de los grupos parlamentarios para fijar sus posiciones. A eso de las seis, el presidente Landelino Lavilla ordena el inicio de las votaciones por llamamiento, que terminan bruscamente tras ser llamado el señor Núñez Encabo, a eso de las seis y veinte, tras producirse una algarada y penetrar en el salón de sesiones un grupo de guardias civiles armados, tal como recogen en sus notas las taquígrafas del Congreso, que dan por interrumpida la sesión.

Lo sucedido a partir de ese momento es de sobra conocido y pueden encontrar el relato en muchos de los libros (muy interesante ‘23F: la historia no contada’, de José Oneto) que se han ido publicando desde entonces. Solo añadiré que tras aquella larga noche, sin miedo pero con algunos sustos, los diputados fuimos liberados al mediodía del martes 24. Al día siguiente, Calvo-Sotelo fue por fin investido presidente.

Cuarenta años después de la intentona golpista del 23 de febrero, sigue habiendo muchas incógnitas, que probablemente nunca se resolverán, sobre aquellos sucesos

¿Quedan cuestiones sin aclarar de aquel intento de golpe de Estado? Probablemente. Muchas de las claves y secretos del suceso se habrán ido a la tumba con sus protagonistas; otros, supervivientes, al ser preguntados, afirman que "se les paga por callar" y algunos esperarán a que un día se abran los archivos secretos del Estado, las grabaciones telefónicas de aquella noche y los documentos de distintos servicios de inteligencia para ver si encuentran algo que nos saque de dudas. Lo cierto es que la historia nos debe una aclaración, pese a los intentos dispersos, malintencionados o especulativos que se han producido en busca de explicaciones por parte de cronistas, novelistas, periodistas y hasta historiadores. No hay, hasta la fecha, ninguna conclusión plausible y contundente. No se sabe con certeza quiénes fueron los inspiradores, si coincidieron uno o más golpes, qué papel jugó cada uno de los protagonistas. Salvo el del Rey, en mi opinión, que sin duda propició públicamente el aborto de la intentona, tuviera o no sus cavilaciones, presiones y temores.

Los avatares de la vida me han llevado a trabar amistad con el entonces teniente de la Guardia Civil César Álvarez, hoy coronel jubilado, que entró aquella tarde en el Congreso. "Fue para mí una tremenda experiencia, que me marcó y limitó mis expectativas; pero entonces se trataba de la obediencia debida; y creo que hice lo que debí hacer", me cuenta cuando charlo con él sobre el 23-F. Y lo hizo bien, pues fue el responsable de mantener el orden en el Congreso y en buena medida lo consiguió. Él también, como yo, cree que nunca se sabrán los cómos y porqués de aquellas horas y me remite al libro del periodista Jesús Palacios (‘El Rey y su secreto’) como "uno de los que más probablemente se acercan a lo que pasó, aunque tampoco se puede probar".

Queda ya muy lejos aquel 23 de febrero, quizá el último espasmo de resistencia al cambio que estaba experimentando la sociedad española. A mí me queda una duda: por qué no aprovechó Calvo- Sotelo la posibilidad, que pudo tenerla en la mano, de organizar un gobierno de coalición o de concentración que hubiera podido acabar con el bipartidismo que ha terminado por enfrentar peligrosamente a las famosas dos Españas al parecer irremediables e irredimibles. En todo caso, aquellos ya lejanos hechos han quedado incorporados a la historia estrambótica de este maravilloso país que, pese a todo, todavía se sigue llamando España.

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