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Opinión

la rotonda

Otra forma de amor

Por
  • Tanya Kelley
OPINIÓNACTUALIZADA 20/02/2021 A LAS 01:00
Opinión
El párroco de Bernués, Benito Solano, recibiendo el premio 'Jaqueses del año' de manos de Manuel Giménez Abad el 28 de abril de 1998.
Soledad Campo

El día de San Valentín, que celebramos el pasado domingo, nos obliga a pensar en el amor, un pensamiento quizás pesado para aquellos que están desamparados o se sienten solos. Pienso en un hombre que fácilmente se podría haber sentido solo en su remota casa de la parroquia de Bernués o más tarde en las Hermanitas de Ancianos de Jaca. Sin embargo, mosén Benito Solano Hernández no lo estaba. Su mandato de amor era la forma de amor ágape y en su servicio echó una amplia red. Yo tuve la suerte de entrar en su red.

Las cartas comenzaron a llegar poco después de que me trasladara a Kansas City, Misuri, tras haber vivido en Anzánigo. Al principio escribía las cartas con una máquina de escribir, una que había visto en Bernués en su escritorio entre los discos de canto gregoriano. Más tarde sus cartas fueron escritas a mano, las letras volviéndose más irregulares y temblorosas a lo largo de los años. Los sobres tenían muchos sellos, sellos antiguos, sellos nuevos, una mezcla de sellos que equivalía al franqueo necesario para enviar una carta sobre el Atlántico. Mosén Benito las comenzaba siempre con esta alocución: "Estimada y honorable señora norteamericana".

Con sus cartas, sabía que me esperaban noticias y me puse a leer con una lupa y un diccionario. Mosén Benito me enviaba las novedades de las ermitas de los alrededores de Anzánigo, Rasal, Centenero, y de los pueblecitos cuyas iglesias mantenía vivas. Mucho se ha escrito, ya antes de su obituario, sobre la dedicación de mosén Benito Solano a su reducido rebaño y a la conservación de las estructuras y las tradiciones eclesiásticas, así que me limito a describir lo que vi y experimenté como manifestación de su forma de amor.

La dedicación de Mosén Benito Solano a las gentes de Anzánigo y sus alrededores,
a quienes ayudaba y con quienes siempre tenía tiempo para charlar un rato,
nos enseña otra forma de amor que todos deberíamos valorar

Le conocí en la iglesia de Santa Águeda y San Sebastián de Anzánigo en una misa que dirigió para cuatro personas. Si alguna vez has escuchado su voz, nunca la olvidarás. A la semana siguiente pasó por mi puerta con un saco de patatas y cebollas. A la semana siguiente trajo unos cuantos embutidos. ¿Por qué hace esto?, me pregunté. Luego me invitó a ir con él y otra persona a ver si la ermita cercana a Centenero estaba en condiciones de celebrar su ceremonia anual. Para ser un octogenario, seguía conduciendo hábilmente por las carreteras de montaña, yo diría que incluso a una velocidad que me hacía agarrar el cinturón de seguridad. Hizo desvíos y paradas en el camino. Entonces fue cuando vi cómo aplicaba su forma de amar.

Visitaba a los campesinos, a los pastores y a las viudas. De algunos recogía comida de sus huertos y granjas, y a otros se la llevaba. Nunca rechazó un tentempié en el camino. Y siempre tenía tiempo para hablar un poco, de los temas personales y hasta de los acontecimientos mundiales.

Esto se convirtió en nuestra costumbre. Le acompañaba en sus recorridos, para los que más tarde se le asignó un chófer. Así fue como conocí a gente en varios de estos pueblos y visité las iglesias y ermitas. Me conmovió verle poner manos a la obra y estar al servicio de la gente. Mosén Benito sabía a quién le podía venir bien un poco de comida, una palabra amable, o un paseo por el camino de los recuerdos. También sabía quién estaba haciendo la matanza o cosechando puerros.

Ahora que ya no está, a veces vuelvo a leer sus cartas, escritas en su estilo formal y que incluían recortes de periódicos que él creía que podían interesarme. Terminaba sus cartas y se despidió con las palabras: "Con todo respeto y gratitud". Pero lo que no necesitaba nombrar en sus despedidas, porque me lo demostró a mí y a muchos otros, era el amor.

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