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Opinión

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Días de presente futuro

ACTUALIZADA 30/08/2020 A LAS 02:00
FILE PHOTO: A SpaceX Falcon 9 rocket and Crew Dragon spacecraft carrying NASA astronauts Douglas Hurley and Robert Behnken lifts off during NASA's SpaceX Demo-2 mission to the International Space Station from NASA's Kennedy Space Center in Cape Canaveral, Florida, U.S., May 30, 2020. REUTERS/Joe Skipper - RC2DZG96N2DL/File Photo [[[REUTERS VOCENTO]]] [[[HA ARCHIVO]]] SPACE-EXPLORATION/
Lanzamiento de un cohete Falcon 9 de la empresa Space X.
Joe Skipper / Reuters

El 2 de agosto de 2020, a las 14.18, hora local, regresó a la Tierra la cápsula ‘Crew Dragon Endeavour’, culminando con éxito la misión que había iniciado el 30 de mayo, cuando despegó desde Cabo Cañaveral rumbo a la Estación Espacial Internacional (ISS). En medio de la vorágine informativa provocada por la pandemia, la noticia ha pasado bastante desapercibida, pero aun sin ella es muy probable que no hubiera despertado excesivo interés en general. A fin de cuentas, todos los años las naves Soyuz surcan varias veces el cielo trayendo y llevando astronautas o suministros a la ISS, hasta el punto de que estos viajes, otrora epopeyas que interpelaban a toda la humanidad, se han convertido en algo casi rutinario para quienes los observan desde la distancia. Quizá la faceta más asombrosa del progreso tecnológico radique precisamente en su capacidad para transformar en ordinario aquello que nos parecía antes extraordinario o, incluso, inimaginable; de convertir las noticias de portada en una a pie de página o incluso en un anuncio publicitario. A esto último aspira Space X, la empresa que ha diseñado las cápsulas Dragon.

El hecho en sí de haber trasladado a dos astronautas hasta la ISS no supone a estas alturas ninguna hazaña, como sí lo fueron las primeras incursiones por el cosmos de los programas Vostok y Apolo; sin embargo, dentro de unos años, es posible que los historiadores regresen a estas dos fechas, el 30 de mayo y el 2 de agosto de 2020, para entender las raíces de su tiempo. Lo significativo de esta misión no es el qué sino el quién y el cómo. Cuando el 3 de abril de 1995 John Wainwright compró el libro ‘Conceptos de flujo y analogías creativas’, en apariencia, no estaba haciendo nada especial; ese mismo día, por todo el mundo, se vendieron otros miles de libros, es más, seguramente, también alguna otra persona adquiriría el mismo que él; no obstante, pese a lo prosaico de su acción, John Wainwright sí que hizo algo distinto respecto a los demás: comprarlo por Amazon. Fue su primer cliente, el primero de los millones que vendrían y permitirían levantar a Jeff Bezos el gran imperio que es hoy Amazon. Dentro del campo de los viajes espaciales, puede que la misión de la ‘Crew Dragon Endeavour’ llegue a jugar un papel semejante al de aquella primera venta de Amazon. Nunca antes se había utilizado una nave tripulada producida completamente por un contratista privado, ni tampoco una que fuera reutilizable. Estos dos aspectos marcan un punto de inflexión en la carrera espacial cuyas repercusiones futuras todavía resultan inciertas.

Hablar de colonias en el espacio o en la Luna se antoja fantasioso, especialmente en estos momentos de crisis, sin embargo, no dejan de aparecer compañías y naciones que creen en esta posibilidad y que están dispuestas a invertir miles de millones en la lucha por el control de un sector que ni siquiera ha nacido todavía. Space X ha sido la primera en cruzar la línea, pero otras empresas como Virgin, Boeing o Blue Origin (también fundada por Jeff Bezos) la siguen de cerca. De lo que no hay duda es de que si acaban prosperando estas iniciativas, no solo sus promotores se enriquecerán enormemente, sino que además controlarán un recurso estratégico para el desarrollo de la especie. Entretanto, de manera más discreta, aunque también más tangible, los cohetes que fabrican están llenando el cielo de satélites, con lo que parte de sus inversiones más ambiciosas ya están generando cierto retorno económico.

Sin salir de la Tierra, a nuestro alrededor no dejan de surgir iniciativas disruptivas como estas, o como lo fueron Google o Facebook, que no solo pueden cambiar el mundo sino que ya lo están haciendo: ordenadores cuánticos, ‘blockchain’, inteligencia artificial, edición genética, neurotecnología, la explotación de datos masiva, etc. Parece el futuro, pero es el presente, como demuestra la lucha que mantienen EE. UU. y China por el control del 5G o la red social Tik-Tok; porque aunque la mayoría de estos proyectos se hallan aún en una fase incipiente, al menos en relación a su potencial, es justo ahora cuando tiene más sentido reflexionar acerca de ellos, después formaran parte del pasado y el pasado una vez escrito no admite ya cambios. Siempre resulta más sencillo ajustar un tren cuando está parado en la estación que no en marcha. Incluso desconociendo cómo de lejos llegarán, o el tiempo que les llevará, se trata de cuestiones de gran trascendencia para nuestro futuro como sociedad y que, por lo tanto, deberían ser objeto de mayor deliberación pública y ética, bien para potenciarlas, limitarlas, o, simplemente, regularlas. Irónicamente, para tener los pies en la tierra, quizás haya que empezar a mirar a las estrellas.

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