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Opinión

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Agricultura poliédrica

ACTUALIZADA 04/08/2020 A LAS 01:00
Opinión
'Agricultura poliédrica'.
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Una de las notas esclarecedoras de la pandemia es que ha devuelto algo de protagonismo, al menos temporalmente, a ciertos sectores esenciales para que la sociedad funcione. Esos que procuran unos servicios básicos que por cotidianos, o por las razones que sean, no gozan del relumbrón que otros. Pertenecen al espectro de la invisibilidad social. Las personas que se dedican a los cuidados han estado en boca de todos para reconocerles sus trabajos. Entre los olvidados y ahora nombrados están los agricultores; han resultado esenciales en esos momentos de confinamiento y de reducida actividad económica. Durante los meses más duros no ha faltado el avituallamiento de frutas, verduras y todos los productos del campo. Ahora mismo la agricultura frutícola genera cantidad de noticias, pero por cuestiones de salud y desigualdad social.

El ámbito agrícola, en su conexión con el mundo rural que lo sostiene, es algo similar a un microcosmos, sencillo en su formato pero no exento de relaciones complejas. Se podría representar como un poliedro irregular, pues sus caras no tienen la misma superficie ni emiten destellos similares. Tampoco se sabe cuál es la esencial, si aquella que ilustra sus variables ecológicas, acaso las que aportan cuestiones económicas o, sin dudar, las que representan la vida de las personas. Este matiz quizás ha sido olvidado por su reducido número o por la baja representación de activos en el sector económico (4,1% en España), acaso por su baja aportación al PIB nacional en el que el sector primario, que no es solo agricultura pues añade ganadería y pesca, apenas supone el 2,6%. Sea por lo que fuere, las sociedades mayoritariamente urbanitas, de las que Aragón es un buen ejemplo, no lo visibilizan.

Hace unos meses los tractores llegaron a las ciudades para exponer los problemas de la gente del campo. Poco preocupó su insólita presencia. Ese colectivo se movilizó para denunciar sus penurias: los aranceles que sufren los productos que se exportan, los peajes que impone la industria agroalimentaria o las cadenas de distribución. Al final, el valor económico que generan los agricultores no les llega. Otras incógnitas del microcosmos agrario las proyectan la gran dispersión de la oferta, la competencia de terceros países, así como la falta de campañas divulgativas y de comercialización que escenifiquen la gran calidad de los productos de España, de Aragón. Además, el cambio climático ya supone un desafío en forma del uso del agua y el aumento de la desertificación, de desadaptación de cultivos.

Qué decir del envejecimiento de los campesinos. Cada vez hay menos gente para trabajar la tierra. Además, poco ayuda el tamaño de las explotaciones. Sin embargo, en épocas de recolección atrae de forma masiva, no regulada, a muchos trabajadores de fuera, sin los cuales la cosecha se perdería. La acogida es laboral, escasamente social, pues faltan instalaciones adecuadas para ellos, con lo cual se generan situaciones de sonrojo humanitario. Las infraviviendas donde se alojan los temporeros cunden por toda España; algunas se hacen permanentes. En ocasiones las administraciones las derriban o los incendios se las llevan por delante, como sucedió recientemente en Lepe. Esta cara amarga de la agricultura ha salido a la luz durante la pandemia, pues ha ejercido de espoleta para los contagios. Los servicios sociales han luchado para rescatar una parte de la dignidad que los trabajadores del campo merecen, pero así no se revierte la endemoniada situación; se repetirá al año siguiente.

Hay que devolver el papel protagonista a la agricultura, debe concebirse como un sector generador de riqueza y de interés colectivo. Podría lograrse si se abordasen políticas para su rentabilidad económica –se desatiende, siendo que ha contribuido a disminuir el déficit comercial un 16% de media anual en la última década–, su trascendencia y sostenibilidad social –fija población y genera esperanzas– y se le dotase de un marco regulatorio adecuado. Le iría bien una urgente transición hacia una agricultura más sana y ética; buena parte de los consumidores lo demandan. Además, debe ser estratégica, para darnos autonomía y seguridad alimentaria frente a las veleidades comerciales internacionales. Si no es ahora la reconversión del microcosmos, ¿cuándo?

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