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Opinión

el mirador

Zaragoza, amor de Galdós

ACTUALIZADA 28/06/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Zaragoza, amor de Galdós'
Pérez Galdós

No comparto el desapego de Zaragoza, ni, menos aún, el de sus regidores para con don Benito Pérez Galdós. Se dio su nombre a una vía pública, una calle en su mínima expresión, que comunica la de Hernán Cortés con el Paseo de Teruel. De toda la historia de Zaragoza, que supera con mucho los dos mil años, el episodio más famoso, con grande merecimiento, es el de sus asedios de 1808 y 1809, por las tropas francesas y polacas del emperador Napoleón I Bonaparte. Ningún otro suceso llevó más lejos ni a más lugares del mundo el nombre de la capital de Aragón.

Galdós amaba intensamente a los aragoneses, a su tierra y la mayor de sus ciudades, según confesión propia. Demostró su afecto con gestos diversos. Por ejemplo: dibujante diestro como era, cuando redactó el ‘episodio nacional’ número 6, que lleva el nombre de la ciudad, además de visitarla y recorrerla, dibujó algunos de sus lugares señalados para incluir imágenes de su mano (firmadas PG) en la edición de la novela.

Durante más de veinticinco años hice cuanto pude para que el texto del episodio nacional se editase por el Ayuntamiento, solo que acompañado de unas pocas anotaciones y planos explicados, de forma que los lectores y, antes que todo, los escolares, pudieran distinguir con facilidad qué partes —y son muchas— narran hechos verdaderamente sucedidos y cuáles son imaginación del novelista.

Una edición así permitiría evocar a cada cual los sucesos, reales o figurados, en lo que aún queda en pie de la Zaragoza de 1800 o en su emplazamiento equivalente. Ya imaginará el lector (de intento uso el género gramatical inclusivo) que el fracaso fue del ciento por ciento, de lo que me quedó una pequeña y pertinaz amargura. Mi sensación era, y es, la de que apenas nadie ha leído aquí ese libro, regidores incluidos. Sigo pensando que este propósito, sin pretensiones, de una edición popular, sencilla y anotada debería estar fácilmente al alcance de cualquier hijo o amigo de Zaragoza.

Sobre todo porque lo más difícil (en teoría) ya está hecho. Un buen día —vaya si lo fue— de 1998, Leonardo Romero, catedrático en nuestra universidad, me dijo que había concluido la dirección de un extensa, minuciosa y sólida tesis doctoral –a la antigua– trabajo sobre la ‘Zaragoza’ de Galdós y que su autora, la bilbilitana Pilar Esterán, lo ponía a disposición de la Institución ‘Fernando el Católico’ (IFC).

Laureado con justicia en la Facultad, el estudio iba muchísimo más lejos que cualquier propósito mío anterior: se trata de una edición crítica (compara variantes en el original) y anotada, exhaustiva, a la que la autora añadió una interesante, nutrida y oportuna gavilla de comentarios al pie, para contextualizar históricamente sucesos y topografías. Un trabajo arduo, pero colmado de frutos. Nada costaría extraer lo esencial y añadirlo a la soñada edición popular.

La IFC suele guardar el número, correlativo, de sus ediciones, cuando es redondo, para algún título especial. La edición por Esterán de la ‘Zaragoza’ galdosiana fue la publicación 2.200 de la entidad, que sirvió para entrar en el corriente siglo.

En efecto, las notas se disponen, a lo largo de cuatrocientas ochenta páginas, en dos series diferentes. La primera, que solo interesará a los especialistas y a pocos más, es para cotejar las variantes del texto en sus manuscritos y ediciones: se pueden, por ejemplo, comprobar arrepentimientos y correcciones –aquí cambió ‘vergüenza´por ‘pudor’; allá suprimió ‘para huir del reducto’...–.

La segunda serie de notas añade una sustancia magnífica a la admirable materia prima galdosiana: ¿no sabe el lector quién fue Casta Álvarez, o dónde estaba la calle del Rufo, o la del Órgano, o a qué ordenanza militar alude don Benito en tal párrafo, o cuál fue el apellido real de José Cerezo, o si existió en realidad el padre Luengo, o qué inventó el gran canario para aumentar la gloria de Manuel Sancho, o con qué fecha confunde el escritor el 15 de julio de 1808? Y, así, más de cien y aun de quinientas veces. Lo que se dice pronto. Un trabajo apabullante de erudición.

Con todo ello a disposición, sigue sin existir el librico que digo. 

Galdós murió en 1920. Tampoco está teniendo en España repercusión de esa especie duradera que se basa en empeños de enjundia, de los que siguen sirviendo de faro durante una generación o más.

Sin exigir tanto, porque ni están los tiempos para gastos ni el humor de los que mandan suele apreciar estas cosas por lo que en sí mismas son, sino por su efecto propagandístico, no parece una petición desaforada la de que se dedicase un recuerdo de esta clase –su libro sobre los Sitios, tan expresivo y bien documentado como de buena lectura, con notas que lo iluminan y lo traen a nuestros días– al cumplirse el centenario de quien tanto nos aportó.

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