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Opinión

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Un aviso importante

ACTUALIZADA 31/05/2020 A LAS 02:00
Cadena de montaje de la fábrica de Nissan en Barcelona.
Cadena de montaje de la fábrica de Nissan en Barcelona.
E. P.

Salvo para el presidente Pedro Sánchez, que en el pasado Foro de Davos se mostraba convencido de que "el mantenimiento del empleo en la planta de Nissan estaba garantizado" -una sentencia lanzada en forma de tuit tras reunirse con el presidente de Renault, Jean-Dominique Senard- el cierre de la fábrica barcelonesa era la crónica de una muerte anunciada. Sin grandes inversiones, carente de modelos estratégicos y con una progresiva caída de la producción, la factoría venía palideciendo ante las repetidas advertencias del riesgo de pérdida de los 3.000 empleos directos y los 20.000 indirectos. Este desmantelamiento, convertido en una nueva evidencia del imparable retroceso del peso del sector industrial en el PIB nacional -en la actualidad solo representa el 16% frente al 18,7% del año 2000, un valor muy alejado del 20% recomendado por la UE- no solo traduce la débil influencia ejercida por el Gobierno sobre el consorcio Renault-Nissan-Mitsubishi, sino que también supone un primer y sonoro aviso.

España, que en la actualidad carece de un plan de reindustrialización y específicamente de unas medidas de choque contra los efectos de la covid-19 para reactivar la automoción, observa como otros países de la Unión ya han anticipado diversas propuestas. En Francia, el Gobierno de Macron anunció hace unos días un plan de 8.000 millones para salvar al sector del automóvil, exigiendo el compromiso de PSA y Renault de que este dinero tendrá que ser destinado al coche eléctrico o híbrido. Alemania, por su parte, que entiende el valor de la industria automovilística para el país, también ha diseñado un modelo de ayudas que bajo un empeño transformador apuesta por situar al sector en la avanzadilla de un cambio tecnológico y digital que le permita competir con los gigantes asiáticos y estadounidenses. Mientras tanto, en España, con un Ministerio de Industria que no acaba de lograr su condición estratégica, desde el Ejecutivo se lanzan voces sobre la nacionalización de Nissan como mejor tabla de salvación.

Lo ocurrido en Barcelona, además de una enorme pérdida en empleos y riqueza, nos retrotrae al último gran cierre acaecido en España, el de la planta de Santana en Linares. Sostenida por la Junta de Andalucía, el final de la factoría Santana en 2011, aparte de representar una intensa pérdida de población en la localidad, evidenció el fracaso de una gestión alejada de las exigencias del mercado. La salida de Nissan de la UE, eso sí, manteniendo su producción en Reino Unido, solo refleja cómo y a qué velocidad se reorganiza esta industria. Apenas existe tiempo de reacción y pese a que no cabe ninguna duda de que en Aragón la factoría de PSA es un ejemplo de eficiencia y capacidad de adaptación, Renault ya ha avanzado que recortará 2.150 millones en costes y 15.000 empleos en todo el mundo; un anuncio que habrá que ver cómo afecta a las plantas españolas pese haberse asegurado que ninguna se cerrará.

La caída de la demanda por culpa de la covid-19, un problema que ha hundido el PIB mundial, anticipa un periodo de transformación que requiere de apuestas decididas. La expertos, que señalan que sin industria no hay país, también saben que las decisiones sobre el automóvil se toman a miles de kilómetros de distancia. Los inversores buscan un clima de certidumbre, un escenario claro y sin vaivenes políticos que se complete con un respaldo de las administraciones.

miturbe@heraldo.es

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