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Opinión

la firma

Traficantes y bellacos

ACTUALIZADA 28/05/2020 A LAS 02:00
Firma del preacuerdo de Gobierno entre Sánchez e Iglesias.
Firma del preacuerdo de Gobierno entre Sánchez e Iglesias.
Heraldo.es

Tarde o temprano el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Manuel Iglesias caerá. En una democracia es lo normal. Dejarán de ostentar el poder y de controlar los mecanismos del Estado. Y en este punto conviene recalcar la distinción. El gobierno no es ni debe ser el Estado. No es baladí, pues son dos asuntos distintos que pueden confundirse y llevar a un sistema social a la catástrofe. Es decir, podemos terminar en una dictadura, una autocracia o algo peor y eso no nos interesa. Si se confunden gobierno y Estado, no vamos por buen camino.

El Estado somos todos, como nos recuerda la Agencia Tributaria cada vez que llegan estas fechas. El Estado es una institución construida socialmente, resultado de la historia y de las condiciones de posibilidad de cada sociedad. Al nuestro, a este Estado, lo describimos como "social y democrático de derecho", construido así desde 1978. Ahí cedemos una parte de nuestra libertad, de nuestra capacidad de ejercer la violencia de manera individual, para que la controle y nos garantice nuestra seguridad. Nuestro modelo es una conquista de nuestros mayores que debemos cuidar para que nuestros hijos e hijas puedan seguir mejorándolo. Es irrenunciable, pero no es irreversible. Es frágil, más de lo que nos imaginamos.

El Estado, como decía Weber, reclama con éxito el monopolio de la violencia legítima. Es el poder institucionalizado. Un poder que para funcionar correctamente –como de sobra se nos ha explicado– debe dividirse en tres ámbitos concomitantes: legislativo, ejecutivo y judicial. Cuando eso no sucede, perdemos como ciudadanía. Y nuestra confianza en el sistema se resquebraja. El gobierno, como gestor del poder ejecutivo de nuestra sociedad, tiene que ser especialmente cuidadoso con este aspecto. Pero ya sabemos que en esta España nuestra hay un déficit peligroso a ese respecto. Desde Alfonso Guerra, pasando por Gallardón hasta llegar a Dolores Delgado, la cosa no ha ido a mejor.

A un gobierno le toca conducir la maquinaria de su Estado. Si lo hace en buena lid, lo hará para el bien de toda la ciudadanía. Algo que no está garantizado de suyo. Ejemplos sobreabundan. Por eso, las elecciones democráticas permiten cambiar y elegir quiénes componen esa élite a la que cedemos nuestro destino. El gobierno traza el rumbo y pone la proa del sistema en la dirección que considera mejor. Y ahí nace un polo de conflictos. La diferencia de proyectos y modelos no es solo teoría, tiene consecuencias prácticas. La praxis del gobierno puede erosionar el edificio común del Estado. Bastan los ejemplos de Maduro en Venezuela, Bolsonaro en Brasil o de Trump en Estados Unidos, por mencionar tres casos actuales.

Una de las patologías más peligrosas es gobernar para mantenerse en el ‘trono’: el poder por el poder. Otra es para enriquecerse a costa de los demás. Ambos modos de proceder alimentan las élites extractivas orientadas a su propio interés, despreciando el bien común. La recua de ‘apesebrados’ que forman la tripulación gubernamental suma fuerzas para perpetuarse en el timón, que no quieren soltar. Por eso, la alternancia en el gobierno significa salud democrática. De hecho, sin oposición no cabe hablar de sistema democrático. No necesitamos un ‘gran timonel’ para vivir en democracia. Pero sí necesitamos limpiar nuestro sistema de sinvergüenzas que hacen su carrera escalando en la tramoya de las instituciones.

Los traficantes políticos hacen su negocio gestionando favores y relaciones. Se alimentan de su puesto y saltan de uno a otro, sin más mérito que la amistad con la jefa de turno. Son unos profesionales de la bellaquería. Esa cualidad de los bellacos que con astucia y sagacidad se adueñan –bajo capa de bien– de su puesto para seguir ordeñando el sistema social. Busque, mire y observe cómo tenemos más de un truhan ‘gobernando’ en distintos niveles de nuestro Estado compuesto. Verdaderos sinvergüenzas, que viven de engaños y estafas, artistas gestionando los medios para alcanzar su propósito. Un coro que sostiene a Sánchez e Iglesias, que caerán pero… ¿dónde está la alternativa? ¿Quién quiere entregar su libertad, tiempo y energía para ponerse al servicio de nuestra sociedad? ¿Dónde encontrar un puñado de mujeres y hombres buenos, capaces y dignos que nos saquen de este desastre?

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