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Opinión

la firma

Galdós en el valle de Ansó

OPINIÓNACTUALIZADA 20/05/2020 A LAS 02:00
Ansó
Ansó.
Laura Uranga

Galdós quiso escribir un drama ambientado en el valle de Ansó que se titularía ‘Los condenados’. Tenía la villa idealizada por su aroma medieval, pero nunca la había visitado. Sabía que era tierra de contrabando, en la que los hombres son apuestos y valientes y las mujeres "gallardas, ágiles, de sutiles movimientos", como él mismo escribió. A algunas de éstas las había visto en Madrid, vendiendo té y ataviadas con su traje tradicional, pero poco más conocía de aquel hermoso valle del Alto Aragón. Si quería escribir ‘Los condenados’ debía visitarlo, pero… ¿cómo hacerlo? Ansó le parecía entonces "tan extraviado y lejano cual Polonia o Escandinavia". Andaba Galdós con estas cavilaciones cuando un amigo de Jaca le propuso acompañarlo hasta allí. Viajaron a la que fuera primera capital del reino de Aragón y allí cogieron una carretela tirada por cuatro caballos que los conduciría hasta Ansó. Pasaron cerca de San Juan de la Peña ("cuna de la nacionalidad aragonesa", escribió Galdós sin que nadie se escandalizara entonces por ello), llegaron a Biniés y, por la maravillosa carretera que permite contemplar el río Veral, se dirigieron a Ansó. La carretera terminaba dos kilómetros antes de llegar a la villa, así que hubieron de bajarse del coche de caballos y recorrer ese trayecto a pie. Cuando por fin llegó al pueblo le impresionó la imagen de aquellas ansotanas con sus basquiñas verdes, y comprendió que aquel era el escenario perfecto para su obra. Cómo sería el ambiente, que Galdós exclamó: "¡Estamos en el siglo XIV!".

En Ansó, Galdós fue feliz. En sus ‘Recuerdos y memorias’ describe cómo eran las casas que allí encontró: "de piedra, muy altas. En los pisos superiores, debajo de las tejas o pizarras, están las cocinas; a éstas siguen siempre de lo alto a lo bajo las habitaciones vivideras: alcoba, comedor, etc., y en lo más hondo, al nivel de la calle, los graneros y almacenes". Y dice que las ansotanas son ejemplo de mujeres trabajadoras, tanto "que no se las ve descansar ni un momento" y cuenta cómo hilan, lavan, planchan o van a buscar el agua a la fuente en grandes herradas. Llama su atención con qué mimo cuidan sus trajes tradicionales y habla de las basquiñas, los manguitos abiertos por el codo, los pendientes y collares, los pañuelos, los "graciosos colgajos de filigranas de oro" con que se adornan los días de fiesta, o las chátaras que calzan. Esa visita de Galdós es clave para conocer que a finales del siglo XIX todas las mujeres de Ansó vestían la indumentaria tradicional, costumbre que, según el escritor, "no lleva trazas de terminar" pues las únicas mujeres que no vestían a la usanza ansotana eran "las que pertenecen a familias de carabineros" venidas de fuera del pueblo.

Se alojó esos días Galdós en casa de uno de los hombres más ricos de la villa, que lo agasajó con "suculentas comidas". Quiso dejar también constancia por escrito de su extrañeza ante una costumbre "medieval" que allí observó: las mujeres servían la comida a los hombres en el comedor, pero ellas comían en la cocina. Galdós se llevó "un recuerdo gratísimo del vecindario ansotano", especialmente de la familia que le hospedó y le colmó de atenciones, y de los días pasados en la villa "en aquella deliciosa ociosidad".

Con toda aquella información recogida de primera mano en Ansó ya podía Galdós ponerse a escribir ‘Los condenados’. Así lo hizo y la obra se estrenó en Madrid, en el Teatro de la Comedia, la noche del 11 de diciembre de 1894. Escribió su drama para la compañía de Emilio Mario y pensando en que el papel principal lo interpretaría María Guerrero, que ya había llevado a escena, en enero de ese mismo año, ‘La de San Quintín’, la anterior pieza teatral de Galdós. Pero, como cuenta Gloria López Forcén, María Guerrero se separó por entonces de Mario para formar su propia compañía y nuestro escritor tuvo que decidir quién montaba su obra: si Emilio Mario, con quien se sentía comprometido y a quien se la había apalabrado, o la nueva compañía de María Guerrero, actriz por la que Galdós sentía verdadera admiración y en la que había pensado siempre mientras escribía la obra. La decisión era muy complicada, pero al final Galdós, por no faltar a su palabra, decidió ofrecérsela a Mario, lo que supuso que se vio obligado a adaptar el papel de la protagonista a la personalidad y forma de actuar de la nueva primera actriz de la compañía, Carmen Cobeña, que con los años sería la abuela de Jaime de Armiñán.

La obra, que trataba de ser una comedia pero que tras los retoques introducidos por su autor acabó pareciéndose a un melodrama, fue un gran fracaso de crítica y público, lo que enojó sobremanera a Galdós hasta el punto de escribir un prólogo para explicarla y defenderse del ataque de los críticos. Tuvimos mala suerte: uno de los grandes regalos que Galdós quiso hacerle a Aragón pasó con más pena que gloria.

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