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El pangolín y la teoría del caos

OPINIÓNACTUALIZADA 31/03/2020 A LAS 02:00
Un ejemplar de pangolín.
Un ejemplar de pangolín.
EFE

Éramos felices y no lo apreciábamos. Estábamos tan cómodos, a pesar de nuestro permanente estado de reclamación e indignación (¡queremos más!, ¡qué hay de lo nuestro!, ¡yo también me lo merezco!), que habíamos olvidado que la vida, como apuntó el griego Heráclito, nace del conflicto. Y el primer conflicto de todos es el del orden contra el caos. Era mucho más confortable quedarnos con los principios aristotélicos que defienden que el mundo está intrínsecamente ordenado, que no hay problemas de organización, ya que una inteligencia, llamémosla ‘suprema’, vela por su orden. Sin embargo, está demostrado que somos fruto del desorden y el azar. De hecho, la ‘teoría del caos’ ya es bastante antigua. En los años noventa, los dinosaurios de Spielberg la volvieron a poner de moda con su ‘Parque Jurásico’, pero solo ahora la hemos aprehendido.

La teoría del caos dice que, en determinados sistemas naturales, pequeños cambios en las condiciones iniciales conducen a enormes discrepancias en los resultados. Este principio suele conocerse como ‘efecto mariposa’, puesto que, en meteorología, la naturaleza no lineal de la atmósfera ha hecho afirmar que es posible que el aleteo de un lepidóptero pueda ser la causa de un huracán devastador varios meses más tarde en la otra punta del Planeta. Ya saben: el vuelo de una mariposa en California puede provocar una tormenta tropical en Australia.

Lo que llamamos azar, por tanto, podría ser –según la definición de Borges– un modo de causalidad cuyas leyes ignoramos. Y ahora comprobamos de nuevo lo incierto de nuestro azaroso destino: un chino se come un pangolín en Wuhan y tres meses después estamos todos encerrados en nuestras casas. Y lo más inquietante de la teoría del caos es que es ilimitada. No se puede fijar un final definitivo en la cascada de consecuencias de un acto.

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