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¿Hemos aprendido la lección?

Por
  • Jesús Santamaría
OPINIÓNACTUALIZADA 25/03/2020 A LAS 02:00
Trabajo en el laboratorio de la empresa española Pharma Mar.
Trabajo en el laboratorio de la empresa española Pharma Mar.
Kiko Huesca / Efe

El coronavirus nos ha pillado con la guardia baja, hemos tardado demasiado en reaccionar y, cuando lo hemos hecho, la curva de contagios ya estaba disparada. Ahora el Gobierno ha declarado el estado de alarma, y los ciudadanos, salvo contadas excepciones, lo han acatado, con un enorme coste en su vida personal y laboral. Ya hay en nuestro país miles de muertes por esta causa. El coste económico lo sentiremos más tarde, una factura dolorosa, que tardaremos en pagar. 

Es interesante caer en la cuenta de que las medidas que estamos tomando son esencialmente las mismas que se han tomado históricamente contra infecciones a gran escala, desde la peste negra en el siglo XIV hasta la mal llamada ‘gripe española’ de 1918. Son medidas que podríamos denominar de ‘baja tecnología’: aislar a los afectados, confinar poblaciones, esperar a que pase la infección. La única ventaja respecto a crisis anteriores es que nuestros medios hoy son mejores (aunque, como se ha visto, escasos): tecnología médica, unidades de cuidados intensivos, equipos de protección individual, personal sanitario altamente preparado, etc.

Otras medidas acaparan menos titulares pero constituyen a medio plazo la línea de defensa más efectiva contra el Covid-19 y otras pandemias futuras. Me refiero a investigaciones que están produciendo resultados espectaculares con rapidez inusitada, a pesar de que llegarán demasiado tarde para evitar decenas de miles de muertos y efectos económicos demoledores. Repasemos los hitos principales: A primeros de diciembre algunos habitantes de Wuhan comienzan a enfermar después de visitar un mercado local, con lo que parecían síntomas de gripe. Sin embargo, en Nochevieja responsables sanitarios chinos informan a la OMS de que un grupo de pacientes presenta un cuadro clínico que corresponde a un nuevo tipo de neumonía. Solo dos semanas más tarde, un laboratorio de Shanghái publica la secuencia del genoma del virus, y explica sus diferencias con otros coronavirus. Era un avance decisivo que permitió a laboratorios de todo el mundo emprender investigaciones frenéticas en distintas líneas de acción: desarrollo de test de diagnóstico tipo PCR, kits de diagnóstico rápido (ya hay varios en el mercado), mecanismos de infección (investigadores chinos publican un artículo el 4 de marzo en la revista ‘Science’ desvelando el papel de la proteína ACE2 en la invasión celular) o posibles terapias: varias vacunas en rápido desarrollo (la carrera principal es entre equipos de China y Estados Unidos, pero casi todos los países desarrollados tienen proyectos muy avanzados, España incluida), y alternativas terapéuticas como la publicada por científicos alemanes el 20 de marzo, también en ‘Science’, basada en el bloqueo de una enzima esencial para el coronavirus.

Este vertiginoso despliegue de ciencia de primera clase ha sido posible en países poseedores de una estructura científica potente, con el músculo necesario para responder rápidamente a una crisis provocada por un agente patógeno desconocido. En España ha habido contribuciones relevantes, pero en general, lejos de la primera línea mundial. No es de extrañar: el esfuerzo en I+D de España sigue en poco más del 1,2% del PIB, frente al 2,07% de media de la UE o el 3% de Alemania, incluso detrás de países como Portugal o Hungría. Y por supuesto, los programas de investigación estuvieron clamorosamente ausentes en las últimas campañas electorales. 

La situación española contrasta con la política seguida en otros países, que incluso durante la crisis económica de 2008 vieron en la apuesta por la ciencia y la tecnología una vía segura de progreso. Esto también es así en países que no hace tanto considerábamos atrasados tecnológicamente. En el caso de China, la evolución ha sido asombrosa, algo que he podido constatar de primera mano en casi 20 años como editor de una excelente revista científica donde la mayoría de los artículos tienen ya firma de ese país. Tras décadas de apuesta continua, hoy China representa un 20% del gasto mundial en I+D, y tutea a Estados Unidos en muchos campos de investigación. Sus contribuciones científicas en la epidemia del coronavirus no son una casualidad.

Ojalá esta crisis nos sirva para cambiar. A volver a creer en la investigación como semilla de progreso. Y a demostrarlo con inversiones sostenidas, y dándole el papel central que se merece. Es un buen momento para volver a citar las palabras de la activista Mary Lasker: «Si crees que la investigación es cara, prueba con la enfermedad».

Jesús Santamaría es catedrático de la Universidad de Zaragoza

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