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Desglobalización

ACTUALIZADA 14/03/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Desglobalización'
HERALDO

El escenario internacional vive una fase de redefinición. Tras décadas de un avasallador avance de la globalización y de la aceptación optimista de una sociedad abierta, sin fronteras, interrelacionada y transnacional, nuevos acontecimientos (crisis financiera de 2008, digitalización y robotización de las economías, presión migratoria…) promocionan populismos de izquierda y de derecha que crecen sobre un ideario de miedos. Descontento social, desafección hacia la democracia y pánico reaccionario son los motores que generan este cambio de orden mundial. La revolución antiliberal se sustenta en la reacción de gente que se siente traicionada por las élites porque el ascensor social se ha detenido y la desigualdad sigue creciendo (Thomas Piketty). A ellos se une el resurgir nacionalista de los países que perdieron la Guerra Fría (Ivan Krastev). Y también amplios sectores productivos que han de competir en condiciones de desigualdad con empresas y productos de otros países, empezando por los agricultores.

Los ‘perdedores’ de la globalización protestan, a veces violentamente, porque no les ha alcanzado la promesa de bienestar que se les hizo al lanzar la liberalización comercial, la mundialización de las finanzas, la desregulación laboral y el cambio tecnológico. Son, sobre todo, los trabajadores de las economías occidentales que se consideraban clase media, la clase obrera de los antiguos países comunistas de la Europa del Este y los ciudadanos más pobres (por ejemplo, los agricultores africanos). A cambio, los ganadores de la globalización son los muy ricos de cualquier parte del mundo y las clases medias de las economías emergentes (China, India, Indonesia y Brasil). Así lo ha estudiado Branko Milanovic, antiguo economista jefe del Banco Mundial.

En este escenario se desarrolla la denominada ‘paradoja de la globalización’. Según el profesor Dani Rodrik, de los tres grandes parámetros (hiperglobalización, soberanía nacional y democracia plural) solo podemos optar por dos. El famoso ‘trilema de Rodrik’ propone que podemos aspirar a tener globalización y democracia, pero a costa de la soberanía nacional (UE); o podemos aspirar a mantener nuestra plena soberanía y la democracia, pero encerrados y aislados (el ‘brexit’ y otros populismos ultranacionalistas); o bien podemos estar plenamente integrados en la globalización económica, pero sin democracia (China). Según este esquema y a la luz de los acontecimientos, estamos experimentando una mutación del capitalismo liberal en forma de desglobalización, resurgir del Estado-nación o auge del modelo de Pekín.

La pugna entre nacionalismo y globalización ya fue anticipada por Michael Ignatieff en un libro de los años noventa (‘Sangre y pertenencia’) que recogía sus viajes por países donde la pasión nacionalista había sido origen de guerras (Yugoslavia), terrorismo (Irlanda del Norte) o conflictos secesionistas como el de Quebec en Canadá, entre otros. Pero en el último lustro este choque se ha intensificado con un inquilino de la Casa Blanca que quiere que EE. UU. abandone el papel de líder de la globalización practicando un proteccionismo unilateral y agresivo.

Si el ‘brexit’ debe ser interpretado como el primer desacople de la globalización, el siguiente puede surgir de la gestión del covid-19. Un virus está generando un cataclismo generalizado que demuestra que no solo mercancías y capitales cruzan las fronteras con facilidad, sino también ideas y problemas medioambientales, teorías e infecciones, puntos de vista y mentiras en internet. Las dos respuestas a esta nueva peste del siglo XXI son antagónicas: cooperación o unilateralismo, solidaridad o egoísmo.

Hay fenómenos que definen una época y algunos están tentados de utilizar el ‘shock’ del coronavirus como coartada para acelerar el cambio de tendencia, del mismo modo que el ‘crash’ bursátil de 1929 acabó con la primera era globalizadora, entre 1880 y 1930. Los nuevos populistas no quieren corregir la globalización sino frenarla en seco y regresar al mundo en el que las potencias competían por sus esferas de influencia

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