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Opinión

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Crisis moral

Por
  • Andrés García Inda
ACTUALIZADA 13/03/2020 A LAS 02:05
Opinión
'Crisis moral'.
Pilar Ostalé

Al igual que ocurre con las personas, puede decirse que en la adversidad es donde se muestra la verdadera estatura moral de una comunidad. Cuando el viento sopla a favor y todo funciona adecuadamente es más o menos fácil gestionar los propios impulsos y tomar decisiones acertadas (o sobrellevar las erróneas), pero cuando arrecian la tempestad y las dificultades, todo resulta mucho más complicado.

De la última crisis económica –de la que al parecer aún seguimos saliendo, tambaleantes– se dijo, con razón, que era una crisis moral. No solo porque la raíz o el origen de la misma podía también hallarse, por ejemplo, en el exceso de avaricia o la falta de probidad, sino porque el colapso financiero socavaba las prácticas y creencias sobre las que se sostiene la confianza social, que es la condición y el resultado de lo que podríamos llamar, con Michel Ignatieff, el sistema operativo moral de una sociedad. Para que una ciudad pueda funcionar, dice Ignatieff, "necesita un sistema operativo. Al igual que un código informático, dicho sistema consiste en un conjunto de procedimientos o rutinas compartidas que permiten convivir a millones de personas de diferentes razas, orígenes y clases sociales. Tiene que existir un equilibrio moral tácito, una actitud consistente en vivir y dejar vivir que permita a los desconocidos compartir el espacio público".

La actual crisis sanitaria también es, en ese sentido, una crisis moral, que altera nuestras costumbres y trastoca nuestras prioridades, que nos sacude y nos pone a prueba individual y colectivamente. La cuestión es hasta qué punto nuestro sistema operativo moral soporta y nos permite afrontar adecuadamente las circunstancias límite; o en qué medida nos hemos preparado para enfrentar situaciones así, en las que ya no basta con ‘vivir y dejar vivir’, porque lo que está en juego no es únicamente (aunque también) la supervivencia individual, sino el destino colectivo, o el del ‘sistema’ (sanitario, social, económico), diríamos, si no hubiéramos erosionado tanto entre todos el sentido profundo de esa palabra. Y, sobre todo, cuando con ello lo que está en juego es el destino de los más débiles.

Llevamos tiempo insistiendo en la importancia de los valores, esas "cosas pálidas y desvaídas", como decía Allan Bloom, "fuegos fatuos, insustanciales, desprovistos de aquello que constituye la base del razonamiento moral: la experiencia o la pasión". Y hemos abandonado hace mucho la conciencia y la formación de las virtudes, las disposiciones y los hábitos necesarios para vivir juntos. Educados en el compromiso indoloro y en la indignación y la queja individualista, nos resulta incomprensible cualquier exigencia que implique sacrificio, y nos enfrentamos a las dificultades con la estupefacción del niño malcriado al que le privan de cualquier capricho. Como también suenan impostadas y artificiales las llamadas a la épica de la comunidad por parte de nuestros representantes públicos. No en vano, han sido ellos los primeros en dar mal ejemplo, supeditando el bien común a sus intereses particulares o partidistas. A este respecto, el 8M de este año pasará a la historia de la vergüenza y la infamia de la clase política (con algunas raras excepciones) y muy especialmente del Gobierno, que prefirió rentabilizar políticamente las movilizaciones a pesar del riesgo que suponían desde el punto de vista de la salud pública (hasta el punto de que algunos de los que apoyaban esas movilizaciones no acudieron a las mismas minimizando así su propio riesgo).

Hemos trivializado la responsabilidad y el heroísmo, y ahora necesitamos comportarnos como héroes. Como decía C. S. Lewis: "Con una terrible simplicidad extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos".

Se insiste también en que una crisis no solo es un tiempo de dificultades, sino también una oportunidad para crecer y aprender (porque cuando se superan los obstáculos se sale fortalecido). No sé si hemos aprendido o crecido moralmente a raíz de la crisis económica. Seguramente cabe dudar de ello. Pero hete aquí que el destino nos ha puesto nuevamente, y muy a nuestro pesar, otra trágica oportunidad delante.

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