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Solución imaginativa o trampa

ACTUALIZADA 29/02/2020 A LAS 02:00
Opinión
'Solución imaginativa o trampa'.
ISM

Los estrategas del independentismo han elaborado un relato eficaz para llegar a movilizar a casi la mitad de los ciudadanos de Cataluña, pero repleto de falsedades. Ni tienen derecho a un referéndum de autodeterminación, que el Derecho Internacional no reconoce, ni Artur Mas fue el ‘primer piloto del procés’, sino un cínico tahúr que después de sufrir la presión de las calles por los ajustes que había aplicado desde la Generalitat, en 2012 se subió al carro del secesionismo. Ni ‘los bancos van a regresar pronto a Cataluña’ porque La Caixa y Sabadell acaban de decir que por ahora no regresarán con sus sedes a Barcelona, ni ha habido una ‘revolución de las sonrisas’ sino una sobrecarga emocional basada en el supremacismo y la insolidaridad.

Los secesionistas han creado un mundo paralelo lleno de eufemismos, neologismos, perífrasis o circunloquios que, en realidad, solo son armas de manipulación masiva: ‘desconexión’ (ruptura de España), ‘derecho a decidir’ (autodeterminación), “cambiar el ‘statu quo’’ (saltarse las leyes a la torera), ‘romper las cadenas’ (dar un golpe de Estado contra el orden constitucional que los catalanes aprobaron ampliamente en referéndum), ‘pacto fiscal’ (exigencia de un cupo semejante al vasco) y muchas otras como ‘presos políticos’, ‘lista de país’, ‘bilateralidad’, ‘mecanismo unilateral de ejercicio democrático’, ‘represión’, ‘choque de trenes’… Así lo ha estudiado, entre otros, el profesor Jesús Morales Arrizabalaga (‘No es así. Análisis y refutación del discurso institucional del independentismo catalán’).

Ahora, los líderes del ‘procés’ (en una Generalitat agotada, en la cárcel o huidos de la Justicia) se aferran a un programa de supervivencia y piden ‘soluciones imaginativas’. Pedro Sánchez les ha comprado este programa porque los votos del independentismo son los que le llevaron a la Moncloa y los necesita para seguir ahí durante los próximos años. Para ello, el Gobierno ya ha planteado una reforma del Código Penal y ha echado mano de este viejo tópico de la retórica: ‘soluciones imaginativas’. La cuestión clave es qué contenido tendrían esas ‘soluciones’.

Lo cierto es que se puede hablar de todo, pero no se puede negociar con los derechos de unos españoles para beneficiar a otros. Por eso no tiene sentido el otro tópico recurrente: ‘Hay que negociar un nuevo encaje para que los catalanes se sientan cómodos en España’. No es cierto. Como dice Fernando Savater (‘¡No te prives!’), los catalanes no nacionalistas ya están cómodos en España, negocian con ella, viajan por ella y comparten muchos sentimientos con total naturalidad. Los secesionistas, en cambio, ni están a gusto ni piensan estarlo porque su razón de ser ideológica consiste en alimentar tal disconformidad.

A pesar de todo, los rupturistas han conseguido de nuevo ‘enmarcar’ a su gusto el debate, según la terminología de George Lakoff (‘No pienses en un elefante’), aprovechándose de la evidente debilidad del líder del PSOE. Primero, gobierna en coalición con quienes se disputa la hegemonía de la izquierda (Podemos) y con una exigua mayoría simple (167 a favor y 165 en contra, con las 18 abstenciones de ERC, Bildu y otros). Segundo, tiene un relato más frágil que los secesionistas. Y tercero, ya ha empezado a pagar al PNV el precio de su apoyo (traspaso de la gestión de la Seguridad Social) poniendo en peligro la igualdad constitucional de todos los ciudadanos.

Pedro Sánchez, haciendo de la necesidad virtud, transige porque imagina que podrá doblegar al independentismo con una paciente estrategia de agotamiento. Considera que incluso hay que doblegarse ante la arrogancia del soberanismo (creer que se puede romper un Estado y recomponer las fronteras de la UE; afirmar que violar las leyes no tiene costes) para practicar después una maniobra envolvente y hacerlo caer. Pero debe asumir el presidente del Gobierno que sus contrincantes también están dispuestos a resistir tanto o más que él. Ya lo advirtió Sun Tzu: "El que quiera parecer débil para provocar la arrogancia de su adversario debe ser fortísimo". Y Pedro Sánchez es todo menos fortísimo.

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