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Opinión

la firma

El síndrome de Napoleón

Por
  • Andrés García Inda
ACTUALIZADA 22/11/2019 A LAS 02:00
Opinión
El síndrome de Napoleón
HERALDO

Hay quienes piensan que ‘1984’, la famosa obra de George Orwell, lleva ese título como un pequeño guiño y homenaje a G. K. Chesterton y su novela ‘El Napoléon de Notting Hill’, publicada en 1904, pero cuya trama se desarrolla en el Londres de ochenta años después. ‘El Napoleón de Notting Hill’ es un relato distópico y disparatado en el que, con el humor y la ironía que le caracteriza, Chesterton dibuja una Inglaterra convertida en un sistema despótico, lo que según uno de los personajes de la novela es la forma más pura de democracia: El monarca es elegido como un jurado, mediante una lista rotatoria. Y la carambola del azar alfabético designa como autócrata a Auberon Quin, un joven arrogante, ególatra y vanidoso que nada se toma en serio salvo su propio culto personal.

Con ese espíritu, nada más ser elegido el monarca instituye a modo de juego el llamado Fuero de las Ciudades, un régimen que constituye a los barrios londinenses en pequeñas taifas nacionales, cada una con su bandera, su escudo y sus legiones; y cada una al mando de un preboste. Y el preboste de Notting Hill es Adam Wayne, un idealista fanático y obstinado que se toma totalmente en serio el juego del monarca y que se convierte por eso en su mejor aliado. El rey encuentra en el fervor ceremonioso y enfermizo de Wayne la seriedad necesaria para legitimar sus juegos de poder, mientras que este obtiene del cinismo autocrático de Quin el mejor apoyo a sus ideales patrióticos. Ambos carecen de escrúpulos de conciencia, en un caso –el del rey– por ausencia de principios y en el otro –el del preboste– por un exceso de los mismos. Así, ambos se complementan y se sirven uno del otro para sus propios intereses, aunque ello suponga arruinar al resto del país, al que conducen a la destrucción y a la guerra, mientras quienes les rodean y consienten la fatal deriva se preguntan "cómo consiguen dos idiotas, uno un payaso y el otro un loco de atar, que los cuerdos se comporten de un modo tan ajeno a sí mismos".

No cabe duda de que la respuesta a esa pregunta está en el poder, que seduce y embriaga. A su modo, la novela de Chesterton retrata otra variante de lo que hoy se llama el síndrome de Napoleón: la búsqueda de poder y reconocimiento para compensar determinadas carencias. En el caso del Napoleón histórico ese déficit era la baja estatura física; en otros casos puede ser la necesidad de reconocimiento derivada de la poca altura moral, o intelectual… o quién sabe. En todos ellos, la licencia sin márgenes que proporciona el poder se convierte en el mejor remedio para compensar o disimular los propios límites.

Lo que Chesterton parece decirnos es que en cada momento de la historia –¡y en cada uno de nosotros!– hay no solo un Napoleón, un Quin y un Wayne, sino varios, tratando juntos de arrastrarnos al delirio. Albert Speer, ‘el arquitecto de Hitler’, que llegó a ser ministro de armamento en el gobierno nazi durante la guerra y que tuvo responsabilidad directa de ese viaje hacia el abismo, leyó ‘El Napoleón de Notting Hill’ durante su cautiverio en la cárcel de Spandau, donde cumplía condena por crímenes contra la humanidad. El relato de Chesterton le recordaba su propia experiencia y la de un pueblo fanatizado y conducido a los hechos y reacciones más absurdos. "Es curioso cómo tales demagogos –decía en su Diario–, que en realidad necesitan de una sociedad atomizada, se anuncian ya literalmente". Pero en realidad lo que Speer lamentaba es que el verdadero aprendizaje siempre llega tarde (y mal). Del suyo no cabe ninguna duda. "Todos los libros son leídos post festum", añadía. Pero no pudo decir que no sabía nada. Tampoco nosotros podremos decir que no sabíamos.

Chesterton abre su novela con unos ‘Comentarios preliminares sobre el arte de la profecía’ en los que en realidad ironiza con su propio papel como escritor profético. A los humanos, dice, nos encanta desairar a los profetas. Pero no olvidemos que, más que predecir el futuro, lo que los verdaderos profetas hacen es denunciar el presente. Sea en 1904, en 1948 o en 1984. O como ahora, cuando parafraseando al autor inglés podríamos decir que todo permanece casi exactamente igual a como es hoy, "ochenta años después del día de hoy". 

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