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Opinión

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La marcha mundial por la paz

Por
  • Pedro Arrojo Agudo
ACTUALIZADA 05/11/2019 A LAS 16:50
Un grupo de personas forma el símbolo de la paz en la plaza del pilar de Zaragoza, durante la celebración del Día de la Paz de 2019.
Un grupo de personas forma el símbolo de la paz en la plaza del pilar de Zaragoza, durante la celebración del Día de la Paz de 2019.
Guillermo Mestre

El pasado 2 de octubre, Día Mundial de la No Violencia, salió de Madrid la Marcha Mundial por la Paz y la No Violencia, que acabará, también en Madrid, el 5 de marzo, Día Mundial de la Mujer del año que viene. La Marcha está formada por un grupo de entre diez y veinte personas, de los cinco continentes, que nos iremos relevando a lo largo de estos cinco meses, en pos de los siguientes objetivos:

1.- Promover una refundación de Naciones Unidas que recupere de forma efectiva su objetivo fundacional: desechar la guerra como medio para resolver los conflictos.

2.- Impulsar la firma del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares de la ONU.

3.- Reducir progresivamente gastos militares y arsenales convencionales.

4.- Declarar en todos los países la emergencia climática, asumiendo medidas eficaces, especialmente en los países más ricos, principales responsables del cambio climático.

5.- Exigir el respeto efectivo de los derechos humanos y promover la conciencia y la educación por la paz la no violencia.

6.- Fomentar el diálogo inter-cultural y acabar con toda forma de discriminación por causa social, nacionalidad, raza, religión, opción sexual, género o cualquier otra.

Vivimos en un mundo en el que crece el unilateralismo autoritario, al tiempo que se degrada la autoridad y el papel fundacional de Naciones Unidas en la resolución de conflictos. Un mundo que se desangra en decenas de guerras, silenciadas por desinformación; en el que empiezan a estallar las crisis ecológicas que el Club de Roma anunció hace medio siglo; un mundo en el que millones de migrantes y refugiados, por guerras, pobreza extrema y crisis ambientales, desafían fronteras de injusticia y muerte; en el que la disputa por recursos cada vez más escasos justifica guerras; un mundo en el que el choque de ‘placas geopolíticas’ augura seísmos político-militares de escala planetaria, al verse amenazada la hasta hoy incontestada preponderancia de Estados Unidos por la expansión económica de China; en el que la globalización neoliberal quiebra los avances de la sociedad del bienestar, incluso en países desarrollados, levantando olas de indignación que se manipulan y dan lugar a movimientos xenófobos. Y, como envolvente de todo ello, un mundo en el que la justificación de la violencia, en nombre de la ‘seguridad’ hace crecer el riesgo de escaladas bélicas de proporciones incontrolables.

En el mundo hay unas 15.000 armas nucleares, el 92% de las cuales están en manos de Estados Unidos y Rusia; pero también de Israel, India, Pakistán y Corea del Norte, en regiones altamente conflictivas, además de China, Francia y Reino Unido. El riesgo de que alguno de los conflictos abiertos en el mundo conlleve el uso de este tipo de armas crece día a día, por error o bajo la pretensión de un uso limitado, que sería difícilmente controlable. De hecho, el Comité de Científicos Atómicos (Universidad de Chicago) sitúa hoy el riesgo global (Reloj Doomsday) como el mayor desde la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962.

Con toda seguridad, varias de esas cabezas nucleares apuntan a Zaragoza, en la medida en que estamos en la OTAN, por lo que la base, junto al aeropuerto, sería objetivo prioritario. Aunque no se usaran, su simple existencia consume unos 150.000 millones de euros al año que podrían resolver las principales crisis humanitarias en el mundo.

En este contexto crecientemente inestable, en el que se relanza la carrera de armamentos y se disparan los presupuestos militares, Naciones Unidas aprobó en 2017 el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, el TPAN, con el apoyo de 122 países y el boicot de los países que tienen armas nucleares y de los miembros de la OTAN, entre ellos España. En 2017, el ICAN, es decir la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares, recibió el Premio Nobel de la Paz. Actualmente está abierto el proceso de ratificación del Tratado por los diferentes Estados. Un objetivo de la Marcha es conseguir que, cuando lleguemos de vuelta a Madrid ya sean cincuenta los que lo hayan ratificado, con lo que el Tratado tendría vigencia internacional.

México e incluso el Estado Vaticano, con el papa Francisco a la cabeza, entre otros países, lideran este desafío de Naciones Unidas. En España, el Gobierno que salga tras las elecciones debería superar esta sumisión vergonzante a los designios nucleares de la OTAN y seguir el ejemplo de estos estados y de países de nuestro entorno, como Suecia, Austria o Irlanda.

Pedro Arrojo Agudo es profesor emérito de la Universidad de Zaragoza

Este artículo fue publicado en la edición en papel de Heraldo de Aragón el lunes 4 de noviembre de 2019, en la página 26

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