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Opinión

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La sombra de la ilusión

ACTUALIZADA 26/09/2019 A LAS 02:00
Lo infantil tiene la fuerza de la ilusión.
Lo infantil tiene la fuerza de la ilusión.
Krisis'19

Hay palabras que tienen recovecos sugerentes. ‘Ilusión’ es una de ellas. Se mueve entre el extremo de la esperanza y el de la falsa apariencia. Ambos van en cierta manera a la par. Por eso, es una tarea personal distinguir entre ambos. Cada quien se decanta por uno u otro según el momento, pero también según sean su temperamento individual así como las circunstancias materiales y simbólicas en las que vive. Es decir, por un lado, nada nos impide conjugar el presente e ilusionarnos esperando alcanzar proyectos, sueños y deseos. Por otro, hay que embridar el principio de realidad y domesticar esas ilusiones para no ser un iluso envuelto en un mar de fantasías.

Además, existen profesionales en la materia. Se dedican al ilusionismo. Son capaces de crear para simular lo que no existe. Los hay de muchos tipos. Incluso algunos tienen su gracia. O mejor deberíamos decir, su ‘magia’. Son capaces de sacar un conejo de una chistera, convertir un bastón en un nudo de pañuelos o transformar un amasijo de cuerdas en una hermosa paloma. Estos ilusionistas hacen de su profesión un espectáculo. Algunos, como Houdini (1874-1926), se escapan de las ataduras y dominan la psicología del engaño. Con más o menos arte son capaces de administrar los sesgos cognitivos -prejuicios y predisposiciones que distorsionan la percepción- para camuflar los trucos y conseguir sus metas. Crean ilusiones para llevar el agua a su molino y buscan con sus artimañas embaucar a su público. Cuando tienen éxito son capaces de adocenar a las masas y aumentar la lista de ilusos que no tienen en cuenta lo real. 

Esto se repite a lo largo de la historia y de las culturas. Es un terreno ambivalente y peligroso, más si se juega con la ilusión política y la financiera. En 1903 el profesor italiano Amilcare Puviani (1854-1907) explicó en su libro ‘Teoría de la ilusión financiera’ cómo las élites dirigentes manipulan, ocultan y deforman los fallos del sector público, combinando la ignorancia de la gente y la ausencia de transparencia. Nada extraño hoy, donde los instrumentos de confusión proliferan por doquier, sea en los medios o en redes sociales. Así un alcalde cesante puede afirmar que deja las cuentas saneadas, mientras el nuevo encuentra un agujero de varias decenas de millones. Se juega con la información, pero también con la deuda pública y con las prebendas fiscales gestionadas ‘ad libitum’ para mantener el error, como escribió Puviani: "Los juicios erróneos, que constituyen la ilusión financiera, son numerosos y muy variados". Antes, al definir la ilusión política decía: "La ilusión significa una tergiversación en nuestra mente de los fenómenos por la fuerza de las circunstancias de la naturaleza más variada". Y ejemplos hay muchos, como Pedro Sánchez, presidente en funciones, mintiendo hasta instituir las propias mentiras.

 Para salir de esa trampa, hacen falta luz y taquígrafos apostando por la trazabilidad de las decisiones y, contraintuitivamente, por otra magia: la esperanza de la ilusión.

Es posible forjar sueños, despertando la pasión, las ganas y la atracción para alcanzar lo inalcanzable, lo imposible. Forjar ilusiones es una manera de gestionar lo que no comprendemos y no poseemos, pero manejamos como proyecto. Tiene mucho de infantil. Sin embargo, al alimentar la mirada del niño que cualquiera lleva dentro aflora, desde esa libertad, el principio de confianza. Si nos hacemos como niños conseguimos las agallas suficientes para desnudar las farsas que nos dominan. Hay algo poderoso en lo infantil. Quienes son como niños tienen abierto el futuro. Son la posibilidad encarnada y, por tanto, todo ilusión. Ahí están las promesas por cumplir, los sueños por dibujar y las nubes por habitar. En eso infantil es donde se enciende el fuego de la pura ilusión, el lugar donde se abre el corazón para dejarse querer y donde, al mismo tiempo, emerge el abismo del desengaño. Sin luz no hay sombra, quizá por eso ilusionarse es aceptar que siempre hay una parte oscura. La ilusión, como lo infantil, lejos de ser un asunto despectivo, es una manera de entender las raíces de lo que está por hacer.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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