Opinión

Trump y Groenlandia

ACTUALIZADA 18/08/2019 A LAS 02:00
FILE PHOTO: Snow covered mountains rise above the harbour and town of Tasiilaq, Greenland, June 15, 2018. REUTERS/Lucas Jackson/File Photo [[[REUTERS VOCENTO]]] USA-TRUMP/GREENLAND
La localidad de Tasiilaq, una de las principales de Groenlandia.
Lucas Jackson / Reuters

Habiendo hecho sus millones -aparte de alguna que otra quiebra- en el negocio inmobiliario, era inevitable que, una vez aposentado en la Casa Blanca, a Donald Trump le aflorara la querencia y se lanzase a comprar algún solar. ¡Pero Groenlandia! Groenlandia parece demasiado incluso para los delirios de Trump. Nadie podrá decir, en todo caso, que no lo había avisado, ya dijo desde el principio que su propósito como presidente era "hacer grande a América". Y no se puede negar que añadirle una parcela de dos millones de kilómetros cuadrados sería una ampliación más que notable de la finca patria, que crecería de un plumazo un 20 por ciento. Con menos de cincuenta mil habitantes, Groenlandia, que depende de Dinamarca, es esencialmente, y mientras el cambio climático lo permita, un gran bloque de hielo. De manera que el magnate tendría allí una buena reserva de cubitos para sus cocacolas ‘on the rocks’ (Trump, por cierto, aunque parezca extraño, es abstemio). Pero la clave del interés estadounidense por Groenlandia, igual que en el caso del cortejo de China a Islandia, no está en el hielo, sino en el deshielo. El calentamiento global hace que buena parte del océano Glacial Ártico se libre de la gélida banquisa varios meses al año, lo que abre inesperadas posibilidades al tráfico marítimo, al aprovechamiento de recursos naturales y, por supuesto, a la estrategia militar. La gran potencia americana ya expandió su territorio en otros tiempos a golpe de talonario, comprando la Luisiana a los franceses, Alaska a la Rusia zarista y las Islas Vírgenes a Dinamarca precisamente. Pero no será fácil que los daneses vuelvan a vender.

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