Opinión

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Terminó la campaña electoral

ACTUALIZADA 10/08/2019 A LAS 02:00
Los partidos deben encontrar la fórmula para formar gobierno.
Los partidos deben encontrar la fórmula para formar gobierno.
HERALDO

En los sistemas parlamentarios como el español, la primera tarea que un parlamento ha de afrontar tras constituirse es la de encontrar un candidato válido a quien poder otorgar su confianza para que asuma la presidencia del Gobierno. Esto implica que aunque la responsabilidad de recabar los apoyos necesarios entre los diferentes grupos políticos recae sobre todo en los aspirantes propuestos por el Rey, los demás miembros del Congreso no pueden desentenderse absolutamente en cuanto a la formación del Gobierno. La prueba es que si no se nombra a un presidente dentro de los plazos marcados por la Constitución, automáticamente las Cortes Generales quedan disueltas y se procede a convocar unas nuevas elecciones, repitiéndose esta secuencia mientras persista la situación de bloqueo. A diferencia de los modelos políticos de corte presidencialista, el nuestro configura el trámite de investidura como una condición ‘sine qua non’, cuyo éxito supedita que las cámaras legislativas puedan empezar a desarrollar el resto de sus competencias. En consecuencia, mientras el Gobierno permanece en funciones, no solo se carece de un poder ejecutivo plenamente operativo, sino que también el legislativo se haya limitado y, por ende, incapaz de reaccionar ante los acontecimientos que entretanto vayan sucediendo.

En circunstancias normales, una nueva convocatoria electoral supone ya de por sí un fracaso para los partidos por el mensaje que lanza a la ciudadanía. Los debates de investidura tienen por objeto solicitar la confianza del Congreso, por lo que si ningún candidato consigue las mayorías requeridas, cabe entender que entre los diputados seleccionados por los votantes no hay ni uno que a juicio de sus propios compañeros parlamentarios merezca ostentar la presidencia del país. Resulta difícil, incluso cínico, que los partidos pidan su confianza a los españoles, cuando entre ellos, de momento, no existe ni la mínima necesaria como para alumbrar un Gobierno y dar respuesta al mandato constitucional de las elecciones. Además, de repetirse las elecciones, en principio no cabría esperar grandes variaciones en las listas, por lo que los comicios se disputarían, como sucedió en 2016, entre los mismos candidatos previamente rechazados por el Congreso. No parece lo más congruente con el espíritu de la repetición electoral que las mismas personas que han sido incapaces de articular una mayoría de gobierno, tanto si se han postulado como si no, vuelvan a intentarlo pocos meses después con idéntico programa y equipo. 

Unas nuevas elecciones no deberían concebirse ni como una segunda vuelta donde ganar lo que se perdió en las anteriores (hablar ahora de hipotéticas coaliciones electorales resulta bastante inoportuno), ni como un mecanismo de presión en las negociaciones. Si es necesario, los españoles volverán a votar, pero el trabajo de los partidos en estos momentos consiste en intentar evitarlo hasta el final, especialmente cuando nos estamos jugando algo más que la imagen del sistema político, lo cual no es poco. En el horizonte próximo se vislumbran sucesos potencialmente amenazadores: el recrudecimiento de la guerra comercial que mantienen EE. UU. y China, un ‘brexit’ sin acuerdo, o la imprevisible reacción del independentismo más radical, del que Torra forma parte, a la sentencia del juicio del ‘procés’. A ello hay que añadir los problemas de financiación que padecen las comunidades autónomas en relación a los ingresos estatales. Todos ellos son asuntos que no solo requieren de un gobierno y un parlamento totalmente funcionales, sino de grandes consensos entre las principales fuerzas nacionales. Difícilmente, se podrá responder a estos desafíos con la agilidad y la eficacia que requieren si nos pillan en plena campaña electoral o con las Cortes disueltas y el Gobierno en funciones, que, con suerte, quedaría conformado en diciembre o en enero de celebrarse otros comicios. Está claro que no se puede obligar a las fuerzas políticas a aceptar cualquier clase de gobierno y que no todos los apoyos valen para conseguirlo, como Bildu; pero contar con uno es imprescindible para la marcha del país. Igual que los soldados que sufren de estrés postraumático y creen estar aún en el campo de batalla, los partidos llevan sumidos en una campaña electoral ininterrumpida más o menos desde 2014 y les cuesta asumir que esa fase ha de acabar ya. Es hora de volver a casa, a la casa de todos en el Parlamento, y retomar la actividad del día a día en beneficio de España.

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