Opinión

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Algo se mueve en Zaragoza

Vista general de los terrenos de la factoría Averly, en la confluencia del paseo de María Agustín y la calle de José María Escrivá de Balaguer.
Vista general de los terrenos de la factoría Averly, en la confluencia del paseo de María Agustín y la calle de José María Escrivá de Balaguer.
Oliver Duch

El verdadero balance de gestión del anterior gobierno de ZEC lo dieron las urnas en mayo: Santisteve pasó de nueve a tres concejales, cinco si sumamos los dos de Podemos tras la fractura electoral entre ambos grupos. Perdió la mitad de la representación porque previamente la ciudad y sus vecinos perdieron más. A veces, hasta la dignidad, como cuando el alcalde esquivaba aplausos solo tras determinados minutos de silencio o –ya desposeído de la vara de mando– se niega a asistir al homenaje a Miguel Ángel Blanco, víctima de ETA en uno de sus más execrables crímenes.

Zaragoza soportaría perfectamente un debate sobre el alcalde de la democracia que más o mejor ha servido a su ciudad, pero lo zanjaría súbitamente si la pregunta se planteara en sentido inverso. Santisteve y su equipo dejan tras de sí una ciudad varada y sin norte, sin una sola actuación reseñable que no sea la de su improductivo sectarismo, sin tirón ni atractivo para inversores o emprendedores y con un horizonte de futuro que hay que redefinir para todos. Empresa que obliga al actual gobierno municipal y que habrá que fiscalizar convenientemente –tiempo habrá–, pero que empieza a dar señales de vida.

El plan de Averly como síntoma: tras todo un mandato de bloqueo político, Urbanismo ha llegado a un acuerdo con los promotores que permite reactivar el proyecto. Son viviendas, son obras, son empleos, son personas, son trabajadores, son cotizaciones, son impuestos, son ingresos… Y un equipamiento público protegido por Patrimonio que hay que conservar y rehabilitar con nuevas inversiones que deberían salir de todos esos retornos. Parece que algo se mueve en Zaragoza.

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