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Manuel del Arco, servidor de ustedes, o el irresistible encanto de oír, ver y contar

El pasado viernes se cumplieron 50 años de la muerte del periodista y caricaturista (Zaragoza, 1909-1971) que conversó con grandes personajes cada día

Manuel del Arco leyendo 'La Vanguardia', donde trabajó durante 20 años.
Manuel del Arco leyendo 'La Vanguardia', donde trabajó durante 20 años.
Archivo Efe/Heraldo.

El único que sobrepasa el presente es el caricaturista! (…) Manuel del Arco es un caricaturista que fija los ojos de los personajes, el ojo del personaje mejor dicho, en su debido centro, negreando su mirada, devolviéndole desescamado al mundo», escribió Ramón Gómez de la Serna en 1936 en un prólogo sobre el caricaturista y periodista que había nacido en Zaragoza en 1909. 

Hijo de capitán de carabineros de Búbal y de una oscense, estudió en varios colegios de Madrid y regresó a su ciudad para cursar la carrera de Derecho, que nunca ejerció. Pronto sintió la llamada del arte, cultivó la amistad del escultor José María Aventín y la del artista anarquista Ramón Acín y conoció a Sender, del que haría la portada de ‘Siete domingos rojos’. Expuso en Jaca, Huesca y Zaragoza y se inició en el periodismo en las páginas de HERALDO en 1929. No tardaría en coger sus carpetas de caricaturas e irse a Madrid, como ha escrito Manuel García Guatas, uno de los grandes estudiosos de su trayectoria a través de la revista 'Artigrama'. Lo contrataron en ‘Heraldo de Madrid’ y allí demostró su agudeza con el lápiz y en la entrevista en corto.

En la Guerra Civil combatió como recluta republicano en Valencia, y eso le cerraría las puertas tras la contienda. Tras diversos rechazos en Madrid, acabaría fijando su residencia en Barcelona. Allí trabajó en ‘El Correo catalán’, ‘Diario de Barcelona’ y ‘La Vanguardia’, donde firmó entre 1951 y 1970 su sección ‘Mano a mano’, una combinación de entrevista rápida, aguda y sorprendente con un retrato. El método era inequívoco: contaba con la complicidad de recepcionistas y directores de hotel, que le informaban de qué famoso acudía, y allí se plantaba. 

Decía que su lema era «ver, oír y contar». Añadía: «Mi columna ha querido ser el barómetro de la temperatura del país. Sin añadir un grado más ni menos».

En menos de media hora, con encanto y empatía y su corbata blanca, con una mezcla de «veracidad, agudeza y agresividad», y mucha capacidad de atención, construía su pieza y redactaba el diálogo en dos o tres cuartillas. Se lo leía a su personaje (Neruda, Nixon, Walt Disney, Kubala, Dalí, vestido o desnudo, y otros muchos), le pedía que se lo firmase si estaba de acuerdo y abocetaba su retrato, que culminaba a tinta en casa a la vez que su mujer o sus hijas pasaban a máquina la entrevista. Decía que su lema era «ver, oír y contar». Añadía: «Mi columna ha querido ser el barómetro de la temperatura del país. Sin añadir un grado más ni menos».

Este «aragonés y tozudo» (así se definió en alguna ocasión) falleció el 25 de junio de 1971, hace 50 años. En 1936, inquirió al político Miguel Maura: «¿Cómo ve el mañana de España?». La pregunta fue oportuna entonces y sigue siendo de difícil respuesta hoy.

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