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Ocio y Cultura

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Serrat, doctor honoris causa, reivindica "los valores democráticos y morales frente a la vileza del mercado"

El cantante ha pronunciado un discurso valiente y crítico en el acto que se ha desarrollado en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza.

Joan Manuel Serrat entra en el Aula Magna del Paraninfo.

Para Joan Manuel Serrat, Zaragoza y Aragón son también su casa, como el Poble Sec. Un vínculo indestructible nacido por mediación de su madre, la belchitana María de los Ángeles Teresa. Y cultivado en las temporadas que pasó de niño en el piso de su tía en la calle de Santa Teresita, en el barrio de las Delicias. Jamás se abandona esa patria común que es la infancia, como ha corroborado este viernes, a los 76 años, cuando ha comparecido como mito viviente de la música española en el acto de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Zaragoza.

Una emoción genuina y especial ha inundado el edificio del Paraninfo. El respeto, la admiración y el cariño que despierta el cantante no admite competidor. No han faltado amigos como el escritor Manuel Vicent o el periodista José María Calleja. Ni la plana mayor del Gobierno de Aragón, con el presidente Javier Lambán y los consejeros Mayte Pérez y Carlos Pérez Anadón a la cabeza. Y, por supuesto, una amplísima representación académica encabezada por el rector José Antonio Mayoral.

Serrat, habituado a la liturgia de estas ceremonias ya que la zaragozana es la duodécima universidad que le nombra honoris causa, aceptó la distinción con su proverbial humildad, con una naturalidad apabullante. Bajo esa apariencia de normalidad, emergió un titán cuando tomó la palabra en el discurso de aceptación, con los padrinos Gabriel Sopeña y Eliseo Serrano a su vera.

Ha arrancado realizando una desacomplejada declaración de amor al oficio de cantar y escribir canciones: «Me complace que valoréis esta parcela de la poesía que es la canción popular, a la cual represento y a la que me dedico. Mucho han cambiado las cosas en nuestra sociedad para que un cantante popular reciba un reconocimiento como el que hoy se me brinda aquí».

Ha echado mano del humor para desmentir el concepto volátil de la inspiración. «A riesgo de provocar la desilusión de más de uno, confieso que escribir fue mucho más que el fruto de momentos inspirados: fue el resultado del esfuerzo y de la porfía por amasar palabras, por tejer y deshacer mimbres», pronunció.

Pero bajo este discurso poético de fino terciopelo, Serrat ha conectado su puño de hierro para denunciar injusticias y desigualdades. Comenzando por los inmigrantes. «Viéndoles atascados en los barrizales, atorados en el descansillo de una Europa mezquina y desalmada a la orilla de un Mediterráneo que otrora fue cuna del pensamiento y puente de culturas», lanzó.

Ha efectuado un demoledor análisis del momento actual:«Tiempo de confusión y angustia, de soledad y falta de referentes, donde se ha perdido la confianza en el sistema, en sus representantes y en sus instituciones, donde los jóvenes de sienten engañados y los mayores traicionados».

El cambio climático («Se han producido terribles daños a la naturaleza, muchos de ellos irreparables»), los desvaríos de la clase política («Es vergonzosa la corrupción que desde el poder se filtró a la sociedad») y, sobre todo, la inacción de la población («Sorprende el conformismo con el que parte de la sociedad lo contempla, como si se tratara de una pesadilla de la que despertaremos») han articulado esta cruda homilía de conmiseración.

Lejos de caer en el pozo de la desazón, el autor de ‘Mediterráneo’ ha proclamado cuál es la vía de escape para revertir esta perniciosa tendencia. «Es necesario recuperar los valores democráticos y morales que han sido sustituidos por la vileza y la avidez del mercado, donde todo tiene un precio. Es un derecho y una obligación restaurar la memoria y reclamar un futuro para una juventud que necesita reconocerse y ser reconocida», ha revelado.

Un camino de redención que transitará inevitablemente por el conocimiento: «El conocimiento aporta justicia e igualdad y agudiza el grado de civismo de los ciudadanos».

Una lección de vida a cargo de todo un doctor honoris causa.

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