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Ocio y Cultura

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Sabina Puértolas: "Mi sangre es el desierto de los Monegros"

Nació en Zaragoza y tiene raíces monegrinas, aunque pase por navarra. La soprano es una de las estrellas del ‘L’elisir d’amore’ que se representa en el Teatro Real hasta el 12 de noviembre.

Sabina Puértolas va a interpretar el papel estelar de ‘L’elisir d’amore’, y lo va a hacer con los dos tenores del reparto, Rame Lajah y Juan Francisco Gatell, Pero el 9 de noviembre Javier Camarena está en Madrid y va a dar una función. El encuentro artístico ha despertado una inusual expectación entre los aficionados a la ópera y las entradas están agotadas. A Sabina Puértolas no le preocupa.

"Me preguntan mucho por esa función, pero yo no voy a estresarme –asegura–. Ya he cantado con Camarena antes, en el Liceo, y ‘La fille du régiment’, donde da los famosos 9 Do de pecho. Yo sé que él disfruta mucho cantando y voy dispuesta a pasármelo muy bien. Será una bonita función, sucederán cosas. Pero voy a hacer la Adina en la que creo independientemente de cuál sea el tenor. En esta profesión te acabas acostumbrando a todo, incluso a los ‘jump-in’. Sabes que cada cierto tiempo te va a tocar uno".

La alusión a los ‘jump-in’ no es gratuita. Uno la hizo famosa en todo el mundo el año pasado. Sabina Puértolas estaba comprando un día en un supermercado de Madrid y le llamó su agente para ofrecerle el papel estelar de ‘Rigoletto’ el día siguiente en el Covent Garden de Londres. La soprano prevista se había puesto enferma de la garganta y había que sustituirla. No se lo pensó. Solo tuvo tres horas para ensayar antes de enfrentarse a uno de los públicos más exigentes del mundo. Y el triunfo fue apoteósico. "Salió bien porque yo le echo mucha cara a todo, soy un poco inconsciente y me gusta tanto lo que hago que no me importa el qué dirán: intento siempre dar lo mejor de mí", subraya.

Puértolas se encuentra en el mejor momento de su vida. "Sé perfectamente qué es lo que no quiero hacer en los próximos años. A ver cómo me evoluciona la voz. Sigo siendo soprano lírico ligera aunque mi voz tenga más cuerpo en el centro. Tengo claro que hay papeles que se me quedan cortos; necesito papeles con enjundia. No sueño con nada especial, lo que tenga que llegar, llegará". 

Usted podría considerarse aragonesa, aunque más bien es una navarra nacida en Zaragoza. ¿O cómo la definimos?

Es complicado para mí. Yo soy nacida en Zaragoza pero un poco por casualidad. Mis padres son de Farlete, y mi madre, cuando llegaba la hora de darme a luz, quiso estar con la suya. Nací en Zaragoza y a los pocos días regresamos a Tafalla. Yo he hecho toda mi vida en Navarra. Ahora bien: los fines de semana, los puentes, las vacaciones de verano, Semana Santa y Navidad, íbamos y volvíamos a Farlete. Allí he comido mucho ternasco aragonés, como es de recibo. Mis raíces son monegrinas. Mi sangre es el desierto de los Monegros. Y encantada estoy.

Usted empezó a cantar jota, pero jota navarra.

Iba a un colegio de monjas, y una de ellas, que era profesora de música, vio algo en mí. A los seis años ya me hacía cantar los solos en clase. Fue esa monja la que recomendó a mis padres que fuera a la escuela de jota de las hermanas Flamarique. Recuerdo que entré un mes de septiembre, en diciembre ya estaba presentándome a concursos, y a los pocos meses empecé a ganarlos. La jota navarra se me daba muy bien. Mis padres intentaron que cantara jota aragonesa pero no hubo manera. Las dos se cantan a garganta abierta, pero la navarra tiene más quiebros. Luego llegó el conservatorio, el de Tafalla, primero, y el de Pamplona, después. A mí me fue todo muy rodado.

Pero tuvo que dejar la jota.

Yo era absolutamente feliz cantando. Me decían ‘¡canta!’ y no había quien me parara: en bodas, bautizos, reuniones familiares... Pero a los 16 años fui a hacer un curso con Victoria de los Ángeles en Santander. Y ella me lo dejó muy claro: «o el canto, o las jotas». Para mí fue durísimo, pero elegí el canto.

En el 93 se presentó en Zaragoza a las becas Montserrat Caballé y ganó una de ellas.

Sí. Eso me permitió ir a Siena un verano y estudiar en la Academia Chigiana con Carlo Bergonzi. Luego me becó el Gobierno de Navarra y pude seguir los estudios en su escuela. Era muy joven cuando fui a Italia, tenía 19 años y era una esponja que lo absorbía todo. Con Bergonzi aprendí mucho y no solo de canto: a estar sola, a escuchar a la gente... Viviendo fuera de casa gané mucha seguridad en mí misma.

Tras unos años en Italia, regresó a España y se integró en una compañía viajera, Ópera 2001. ¿Cómo recuerda ahora esa época? ¿No era extenuante el ritmo de trabajo?

Hubo un momento de mi vida en el que, por un mal de amores, me descarrié un poco. Los productores de Ópera 2001 vinieron a verme a Italia y la compañía me ayudó a encontrar de nuevo mi voz y mi sitio. Le tengo muchísimo cariño a esa etapa de mi vida. Cuando cantas una ‘Traviata’ un día sí y otro no, te encuentras cosas bonitas y cosas feas, pero acabas explorando tus propios límites. La orquesta y el coro eran de Bulgaria, las voces venían de distintos puntos, pero todos los días estábamos al pie del cañón, dando lo mejor de nosotros. Había obras que las representabas con apenas una semana de ensayo, así que o eras un ‘animal’ de escena... o te morías. Yo he empezado en la ópera de bien abajo y estoy encantada de que sea así, porque sé lo que es el trabajo duro. No me da miedo nada. Mire, el otro día llegué por la mañana a Madrid tras actuar en Santiago de Chile. Y por la tarde, con todo el ‘jet lag’ del mundo, estaba participando en un ensayo en Valencia.

Eso no lo hacen las divas...

Pero es que yo no soy una diva... En realidad soy una 'supervividora'. Todo lo vivo intensamente: cuando cantaba con las monjas, cuando participaba en los festivales de jota, cuando veraneaba con mi bicicleta en el desierto de los Monegros... Todo en mi vida ha sido y es muy normal. Y, sí, además me dedico a cantar.

Con sus últimos triunfos, seguro que siente ya el azote de la envidia.

Como en cualquier otro trabajo. La noto, sí, pero me siento muy querida y protegida por mi familia y amigos. Mi vida es un banco de dos patas: mi familia, que la he construido yo, y la ópera. No podría estar sin una o la otra.

Cuente algo de su reto actual. ¿Cómo es esa versión de ‘L’elisir d’amore’ de Donizetti que dirige Damiano Michieletto en el Teatro Real?

Yo ya he trabajado antes con Michieletto. Es un director de escena muy realista, muy detallista. La producción es muy física, con movimientos frenéticos, y cada uno de nosotros tiene que hacer realista su papel. Todo lo que se ve y hacemos es de verdad: el agua, la espuma... ¡Yo voy en bañador!

Perdone la frivolidad, pero ¿ya se canta bien en bañador?

Se canta bien, claro que sí. Me da igual cantar disfrazada de fauno o en ropa interior, como me ha tocado interpretar una ópera de Monteverdi. Al final, sales a cantar y pierdes el miedo escénico. Cuando suenan los primeros compases de la música de una función, yo dejo de ser Sabina Puértolas para reencarnarme en el papel que canto. Yo soy mi personaje. Quizá haya entre el público quien se fije en mi cuerpo o en lo que se me ve, más que en lo que canto, pero a mí me resulta igual de embarazoso cantar en bañador que hacerlo con un vestido incómodo. En la última ‘Doña Francisquita’ que interpreté en el Teatro Real tenía que llevar un vestido ceñido y pesado. Casi no tenía espacio para ensanchar los pulmones. Todo da igual: lo importante es que te creas y sientas tu papel.

¿Qué hay que hacer para escucharla cantar en Zaragoza?

...¡La verdad es que no lo sé! Me haría mucha ilusión porque tengo familia allí que no me puede escuchar habitualmente. Pero el caso es que no me han ofrecido nada.

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