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Ocio y Cultura

Una historia sin fin

ACTUALIZADA 24/04/2019 A LAS 02:00
Abrir un buen libro por primera vez es como comenzar una aventura.
Abrir un buen libro por primera vez es como comenzar una aventura.
José Miguel Marco

Si tuviéramos que colocarnos dentro de una biblioteca, ¿sabríamos en qué sección hacerlo? ¿Qué género encajaría mejor con nuestra vida? ¿Drama, comedia, intriga, tal vez, romance o aventura? ¿Podría entendernos un hipotético lector únicamente con el testimonio de nuestras páginas o debería completar el relato con otras vidas? Son preguntas más complejas de lo que parecen. Salman Rushdie describe al ser humano como la criatura que se cuenta historias a sí misma para comprender qué tipo de criatura es, pero no solo nos contamos historias sino que lo somos también, del tal modo que se confunden en la misma figura maestro y alumno. Este aplicado estudiante no ha dejado de fabular desde la Epopeya de Gilgamesh, la obra escrita más antigua conocida, mientras sigue buscando con denuedo el lugar que le corresponde entre los estantes del universo. No es una tarea fácil dado que el pupilo recibe el eco de su propia voz como respuesta a sus preguntas. En la Antigüedad, la humanidad se veía insignificante ante los hados, incluso los héroes solo lo eran con el permiso y la protección de los dioses. Por contra, si uno lee las novelas de Julio Verne la imagen que reflejan es diferente; el espacio, el fondo del océano o el centro de la tierra, nada queda fuera de nuestro alcance. Los grandes conflictos del siglo XX minarían ese optimismo, generando distopías y monstruos. Quizás por eso este viaje a Ítaca no tenga un final claro, pero, al menos, cada legua recorrida, cada historia narrada, nos ayuda a conocernos mejor, en nuestras virtudes y defectos, y ese continúa siendo el mejor consejo dado por el Oráculo de Delfos. Tampoco es tan terrible si la travesía se alarga cuando nos acompañan en calidad de guías todos los grandes personajes que ha alumbrado la literatura.

Aún impactados por la imagen de la catedral de Notre Dame devorada por las llamas, puede que nos cueste creer que hubiera un tiempo no muy lejano en el que este y otros bellos exponentes del arte gótico francés eran menospreciados, cerniéndose sobre ellos la sombra del derribo. Fueron clave Victor Hugo y su famosa novela ‘Nuestra Señora de París’ para que los franceses volvieran a contemplar estos monumentos con admiración. En contra de lo que el propio escritor afirma en el libro, la palabra construida no es más sólida que la escrita y está expuesta a tantos peligros o más que esta, incluido el fuego. Sin desmerecer el trabajo de los arquitectos que levantaron Notre Dame y la titánica labor de los bomberos, la catedral se ha salvado por el amor que sentía Quasimodo por su hogar, igual que ya ocurriera en el siglo XIX. Victor Hugo supo contagiar a sus lectores esta pasión, de la que también él era partícipe, y hacerles pensar por unos momentos que no había más universo que el contenido entre esos muros de piedra. En los momentos críticos del incendio, en los que el destino del edificio se decidió por minutos, difícilmente hubieran podido dar los bomberos lo mejor de sí mismos, arriesgando incluso sus vidas, de no haber compartido ese sentimiento.

El término ‘cuentista’ se suele emplear en sentido peyorativo, sin embargo, el ser capaz de inventar historias es un don muy preciado, uno con el que hasta se puede salvar la vida, tal y como demostró la princesa Sherezade durante las mil y una noches en las que aplazó su ejecución gracias a los imaginativos cuentos que creaba. No está claro si la fuerza de los relatos transformó el corazón del Sultán o si, simplemente, tras tantas noches arrullado por su mágico mundo, ya no era capaz de vivir sin ellos y tuvo que perdonarla porque, a fin de cuentas, los muertos no cuentan historias. Igual que los niños, también los adultos se sumergen una y otra vez en las mismas historias, empero, como nosotros, incluso cuando se repiten, cambian. San Jorge y el Dragón llevan batallando siglos, pero no siempre lo han hecho con los mismos nombres. De la misma forma que a veces Hamlet es un león, las amazonas se codean con héroes de capa y antifaz o es Circe quien canta sobre la Odisea. Las historias nos dicen qué fuimos, qué somos y qué podríamos ser. Sin duda, coger un buen libro por primera vez supone descubrir una afición que sabes que te atrapará más de mil y una noches.

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