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José María Conget "Las novelas sirven para hacer más llevaderos los muermos de la vida"

El premio de las Letras Aragonesas de 2007 (Zaragoza, 1948) publica: ‘El mirlo burlón’, que narra el reencuentro de un profesor y sus alumnos de ayer.

Conget, que vive en Sevilla, es experto en cómics y un novelista de Zaragoza y su memoria.
Conget, que vive en Sevilla, es experto en cómics y un novelista de Zaragoza y su memoria.
Maribel Cruzado

¿Qué ha querido contar aquí que no había contado antes?

A menudo tengo la impresión de que llevo más de 30 años contando las mismas historias. Lo que varía es la forma. Por ejemplo, en ‘El mirlo burlón’ quería utilizar la voz de un autor omnisciente por primera vez. Admiro a muchos novelistas del XIX pero me sentía incapaz de reproducir sus métodos y esta novela es un tímido intento de hacerlo.

¿Diría que es la novela del desencanto, de una derrota que se revela con el paso del tiempo?

El tiempo acaba por derrotarnos a todos. Es una novela sobre lo que el tiempo hace con los personajes, o más bien sobre lo que los personajes hacen con el tiempo que les fue concedido. Al final somos responsables de nuestra evolución y las traiciones no vienen de fuera.

¿Conoció a alguien como Rafael Echeverría, profesor, jesuita, cura, coordinador de un seminario de filosofía, o es una creación pura y dura del escritor?

No existen creaciones puras y duras. Estudié once años con los jesuitas, desde los seis hasta los diecisiete, en el colegio El Salvador de Zaragoza. Conocí toda clase de profesores: oscurantistas, mediocres, obsesos del pecado, tontos de capirote. Pero también algunos brillantes, preparadísimos y lúcidos. A uno le debo mi dedicación a la literatura. Los personajes del padre Echeverría y el padre Ferraz se inspiran en una mezcla de varios jesuitas reales; el resultado es lo que llamamos personajes de ficción.

¿Existían profesores así, protectores? Esa María Luisa Ramírez, que cita, hace pensar en la escritora Ana María Navales.

Muy pocos, pero alguno existía. María Luisa Ramírez recuerda a mi amiga Ana María en que ambas daban aliento a los noveles.

¿Qué le da Zaragoza, qué le gusta de ella y qué le incomoda?

Mi Zaragoza es una ciudad de la memoria y por lo tanto posiblemente falseada, pero es la que recuerdo. Fue el escenario de mi infancia y de una parte de mi juventud, eso es lo que más me gusta de ella y lo que más me incomoda: tengo apego a ciertos rincones que asocio a momentos hermosos y no puedo evitar la repugnancia por otros aspectos de aquella Zaragoza franquista, casposa y pacata.

La novela, en el fondo, aunque cuente el reencuentro del maestro y sus discípulos ahora, es un viaje a los años 70, a la Zaragoza del Movimiento Comunista. ¿Le apasionó la política, la vivió?

Mis personajes no son de mi generación. Para cuando ellos reaccionan a la muerte de Franco los primeros años de facultad, yo era profesor en dos universidades peruanas. De estudiante no estuve politizado, lo que más me enojaba del régimen era la censura de libros y películas, podría decir que era antifranquista por una cuestión de estética. Me empecé a politizar en la mili.

¿Por qué parece sentirse tan cómodo en la narrativa de campus, de alumno o profesor?

Soy narrador de escasa imaginación. Mis personajes son profes, escritores, bibliotecarios, o sea, tipos humanos que me son familiares. Creo entender algunos de los mecanismos sicológicos de esas profesiones, de ahí que las escoja con monotonía y persistencia dignas de mejor causa.

¿Hay en usted alguna forma de melancolía o dolor derivado de aquella Zaragoza pacata?

Ni melancolía ni dolor: rencor e indignación todavía.

El libro tiene otros temas: se habla de un escritor como Ismael Cuevas, autor de varias novelas. ¿Sería él un poco su ‘alter ego’, podemos reconocer algo en él de lo que usted fue?

Tengo poco que ver con el personaje, aparte de que escribe, o escribió, novelas. Él ha abandonado la creación literaria y yo no lo haré nunca. Me parezco en su desinterés político durante la etapa universitaria y en el episodio de enfrentamiento con un docente: es reproducción exacta de un choque mío con el profesor de literatura española en segundo de carrera; así se comprobará qué pedante e insufrible era yo (aunque sigo pensando que en la cuestión teórica tenía razón el estudiante).

Quizá el gran personaje del libro, casi tanto como el jesuita Rafael, es la joven, tan deseada, Alicia Crespo. ¿Cómo la definiría: como una mujer libre, desenvuelta, capaz de seducir a un cura?

Me parece que más bien es el cura quien la seduce a ella, bueno, que el lector decida. Alicia representa, a pesar de la idea que se hacen sus compañeros, la ingenuidad de las chicas progres de ese momento, con el añadido de que se trata de alguien relacionado con el exilio, con la libertad y libertades que atribuíamos al ‘swingin London’.

¿Cuál es la importancia del resentimiento en el libro?

Resentimiento no es la palabra. Lo que hay son heridas sexuales no cicatrizadas.

¿Está de acuerdo con Balzac cuando dice que el amor es el poso que deja el sexo?

Es una buena frase pero no estoy de acuerdo. ¡Por favor, no pretenda que me explaye en esto!

Lleva muchas novelas, muchos libros de cuentos. ¿Qué ha aprendido del arte del escribir novelas, sirven para algo?

Sirven para hacernos más llevaderos los muermos de la vida. El arte no nos vuelve mejores, hay rotundos canallas que aman a Mozart y Proust. Hay una frase de Nietzsche que suele recordarme un amigo: "Sin la música la vida sería un error". Sin la literatura, sin el cine, nuestra existencia sería bastante más cargosa.

¿Quién sería ‘el mirlo burlón’?

Son los años –"qué animales extraños", escribió Ory– que miran hacia atrás y comparan los proyectos y sueños juveniles con nuestro presente. En la canción que da lugar al título, ‘Tiempo de cerezas’, el mirlo se burla amablemente de las pretensiones y amores de los jóvenes.

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