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Ocio y Cultura

Soledad Puértolas: "Me gustaba imaginar, inventar historias"

Zaragoza, 1947. Escritora. Vive en Pozuelo de Alarcón. Premio Planeta por ‘Queda la noche’, Premio Anagrama de Ensayo por ‘La vida oculta’ y Premio de las Letras Aragonesas (2003). Académica de la Real Academia Española desde 2010. Su último libro es el volumen de relatos ‘Chicos y Chicas.

Soledad Puértolas, con 3 o 4 años, entre su madre y su hermana mayor, en Zaragoza.
Soledad Puértolas, con 3 o 4 años, entre su madre y su hermana mayor, en Zaragoza.

¿Qué le hizo reír por primera vez?

La sonrisa de mi madre.

¿Y qué le hizo llorar?

Quedarme sola.

¿Qué era en el patio del colegio?

Una niña a quien le gustaba jugar.

¿Se sentía alguien raro, especial, diferente?

No sabía cómo eran los demás. Tenía la impresión, por su modo de actuar y por lo que decían, de que no tenían nada que ver conmigo.

¿Recibió algún castigo que le dejara huella?

Castigo, no, pero sí acusación. Me acusaron de haber robado algo –no recuerdo qué, quizá una pluma estilográfica– Nunca entendí por qué ni conseguí demostrar mi inocencia.

¿Qué es lo que más le gustaba hacer cuando no estudiaba?

Pensar, imaginar, inventar historias.

¿Tenía algún complejo que le amargara?

Me angustiaba cuando me sentía mal y no me hacían caso.

¿Cuál fue la calle de su infancia?

La calle Sanclemente de Zaragoza. Me conocía de memoria todos sus hitos. De noche, antes de dormir, los repasaba. Por alguna extraña razón, era importante que no se me olvidaran.

 ¿Qué es lo que más y lo que menos le gustaba de Zaragoza?

Lo que más: que cuando volvía, lo reconocía todo. Lo que menos: que allí todos me conocían y tenían sus propias opiniones sobre mí.

¿Cuál es el episodio de su infancia o adolescencia que con más frecuencia vuelve a su memoria?

Uno de ellos: el último día del colegio. Mi madre ha venido a recogernos. Hace mucho calor y nos lleva a tomar un helado en los Italianos. Mañana no hay colegio, ni al otro…

¿Echa de menos haber hecho algo en su infancia?

Escaparme alguna vez.

¿Tenía gran conciencia política?

No sabía lo que era la política. Oía decir muchas veces que los políticos eran todos iguales. ¿Quiénes eran los políticos? Yo no conocía a ninguno.

¿Qué imagen tenía de Franco?

Su retrato, de perfil, estaba por todas partes. Era el Jefe del Estado, el artífice de la paz. Había encabezado y ganado la guerra civil, en la que mi padre también había luchado.

¿Era muy religiosa?

Prefería la religión a la vida. Los episodios del Evangelio me hacían pensar, divagar, imaginar.

¿De qué modo le hizo sufrir el sentido del pecado, la sensación de mala conciencia?

No sabía bien qué hacer para no equivocarme, para actuar correctamente. Vivía en un profundo desconcierto. Claro que eso no me impedía ser, a mi modo, feliz.

¿Qué obsesión forjó en esos años?

Me horrorizaba la idea de hacer daño, sin querer, a los demás.

¿Vivió algún episodio que retrate el clima moral de la época?

Me impresionaba lo poco que tenía que ver la doctrina religiosa que nos enseñaban en el colegio con la vida que veía a mi alrededor.

¿Hasta qué punto influía en su conducta el peso del ‘qué dirán’?

El ‘qué diran’ estaba muy presente en la vida, era un valor. Me parecía algo humillante, ¡quién fuera capaz de prescindir de la opinión de los demás!

¿La idea de la muerte le provocaba algún tipo de tormento?

Siempre he tenido la sensación de que los verdaderos problemas emanan de la vida.

¿Cómo ganó su primer dinero?

Mi antigua profesora de gimnasia del colegio me ofreció dar clases de Formación del Espíritu Nacional. Sin programa, a mi aire. Fue el primer dinero que gané. Hablando de problemas sociales en un barrio de la periferia de Madrid.

¿Cuál fue la primera estrella de cine que le fascinó?

Era difícil escoger entre Grace Kelly y Audrey Herburn.

¿Y el primer chico que, en la vida real, le provocó una emoción inolvidable?

La primera gran emoción se corresponde con un amor platónico. Un chico a quien veía en la piscina del Club de Tenis.

¿La primera canción que memorizó?

Puede que ‘Tatuaje’, de Concha Piquer.

El cine, el fútbol, los toros y la radio reinaban en esa España. ¿Qué relación tuvo con ellos?

El fútbol pertenecía al mundo de mi padre. Los toros, a Pamplona, aunque en mi familia no se palpaba una gran afición. La radio estaba en casa y en los patios de vecindad. El cine, fuera. El cine era la vida reintentada.

¿Qué libros o películas le deslumbraron?

En el colegio, me gustaba mucho la poesía. De las primeras películas que vi, recuerdo Ben-Hur y la historia bíblica.

¿Había alguna persona que conociera –al margen de su familia– a la que admirara de un modo especial?

Varias. Una amiga de mi madre, un amigo de mi tío… Personas magnéticas.

¿Qué personalidad internacional fue para usted una referencia poderosa?

Se hablaba de Ghandi, del Papa… Pero quedaban muy lejos.

De todo lo que le enseñaron sus padres, ¿qué es lo que le caló con más fuerza?

Que había que estudiar una carrera universitaria para poder ganarme la vida con algo que supiera hacer.

¿En qué momento pensó a qué dedicar su vida?

Siempre he pensado que escribir todas las historias que se me venían a la cabeza era mi forma de vivir.

¿Por qué estudió Políticas, Económicas y Periodismo?

Por azar, casualidades, equivocaciones…

¿Hay algún defecto o debilidad que detectara en su infancia y que aún no ha logrado superar?

No sé cómo sobrellevar la enfermedad.

¿Cuál fue su gran alegría? ¿la gran tristeza?

La alegría: el nacimiento de mi hermana pequeña cuando yo tenía 9 años. La tristeza: cuando volvía a casa del colegio, sabiendo que mi madre no estaba en casa, porque mis padres se habían ido de viaje.

Si pudiera viajar en el tiempo y regresar a sus primeros años durante un día, ¿a qué día volvería?

A una mañana de domingo, quizá. Al cuarto de estar inundado de luz. Sentada en la butaca marrón reservada a mis padres, leyendo el TBO.

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