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Alberto Calvo: "El cómic es muy divertido, pero leer es mucho más divertido"

Este zaragozano se alimentó con la transgresión del punk y muchas y muy aprovechadas lecturas. Prepara un álbum y una exposición de Supermaño.

Calvo se asoma a la realidad desde su personaje.
Calvo se asoma a la realidad desde su personaje.
Guillermo Mestre

Alberto Calvo se dedica desde chaval a "hacer moñacos". Su creación más celebrada es un superhéroe con alpargatas y cachirulo que parodia los clichés del cómic norteamericano al tiempo que se ríe de cosas muy nuestras, y muy universales.

Lo he dicho mil veces. Supermaño en origen es, por un lado, mi padre, que era muy maño. Cuando eres pequeño, ¿qué tienes?, pues tu casa, la familia. El padre y la madre son gigantes... Y, por otro lado, salió la película ‘Superman’. Siempre me había gustado dibujar, me imaginé a Superman de baturro y me empezaron a saltar chispas en la cabeza.

Su personaje, tras pasar por ‘fanzines’ y revistas como ‘El Víbora’ o ‘Makoki’, o tras algún experimento de animación, ha acabado en la prensa generalista (en este periódico). ¿Está cómodo?

Toda la vida he estado atento a lo que pasa. Yo tengo alma de periodista porque tengo curiosidad. Mi trabajo es que te rías con cosas complicadas: al hacer una tira en prensa tienes que buscar la risa, pero también contar algo. Esto depende de todo, de la voluntad de uno y de lo que has leído. Si no te interesan las cosas, si has leído poco, ¿qué vas a contar? Solo puedes copiar lo de otro. Muchos, por ejemplo, acaban copiando el manga o los superhéroes.

Estos protagonizan las superproducciones cinematográficas más taquilleras. ¿Le interesan?

No. Y, mira, además, no soy de los que dicen que el cómic es una invitación a la lectura. No, primero está la lectura y luego el cómic. No es que estén reñidos, pero es mucho más vago mirar una imagen que entender un texto. Insisto: el cómic es muy divertido, pero leer es mucho más divertido. En mi generación hemos leído porque no hemos tenido ahí la imagen buscándote los ojos todo el rato; hemos tenido tiempo para reflexionar, para aburrirnos un poco. La imaginación necesita una cosa previa: el aburrimiento.

En los últimos años, además de dibujar historietas, ha expuesto sus retratos, ha ilustrado un libro... ¿En qué está ahora?

Juan Royo me va a hacer de comisario de una exposición para el Salón del Cómic de Zaragoza. Y para entonces saldrá un álbum que se va a llamar ‘Ni tanto ni tan Calvo’ y será una recopilación de historietas. Viene de una gripe que me tuvo más de un mes sin poder hacer nada: empecé a enredar con el ordenador a ver qué era eso de las redes sociales y publiqué un blog, ‘Lo que me sale de los cajones’. Iba cogiendo lo que tenía por ahí sin ordenar y sacaba las historietas acompañadas por un texto. Un día se me ocurrió que podían saltar al papel.

¿Sorpresas en esos cajones?

Son historietas que no tienen ninguna mala fe, que se ríen de todo. Ahora hay dos tipos de censura: la de toda la vida y luego, digamos, la progre. Vienen con las horcas y con las antorchas a por el individuo, porque es Frankenstein. Yo siempre he evitado el linchamiento, nunca pongo nombres de personas en mis historietas, porque ante todo respeto al individuo. Me interesan los comportamientos, los pensamientos y las acciones, no el individuo en sí, porque somos todos iguales.

Tras itinerar por varias ciudades españolas, ha vuelto a Aragón, a Calatayud. ¿Cómo le va?

Ahí estamos, y para toda la vida, te lo aseguro, porque es delicioso. Ahora soy de madrugar, ha sido una evolución natural. Cuando era jovenzano me daba mucho por trabajar por la noche, era como más romántico. Pero llegó un momento en que me dije que así no vivía por el día. Supermaño no madura; yo, espero que sí.

En su generación, que ahora ronda los 50, Aragón ha dado unos cuantos genios a la cultura popular que cultivaban el humor.

Hubo un punto neurálgico en Zaragoza, el bar El Bandido. Ahí básicamente pasó todo el mundo. Se trataba más de hacer cosas, de pasártelo bien, que de las pintas que llevases. Aquello se fue acabando, las gentes se separaron, como si hubiera un humor mejor que otro. Siempre he odiado eso. Bueno, ni siquiera, porque ni sé odiar, me sale mal, me fatiga. Yo me acuerdo de la risa de la gente, de las bromas. La inmortalidad, para mí, son las bromas.

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