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Ocio y Cultura

Angélica Morales: "Me gusta suicidarme en el lenguaje"

La escritora turolense, afincada en Huesca, publica su poemario premiado, 'España toda' , y la novela 'Mujeres rotas', una de las diez finalistas del Planeta

Actualizada 12/06/2018 a las 23:16
Retrado de la poeta y narradora Angélica Morales.José Manuel Ubé.

Angélica Morales (Teruel, 1970) publica dos nuevos libros: 'España toda' (Hiperión, 2018), una mirada crítica sobre España que ha sido galardonada con el premio Vila de Martorell 2017, y la novela familiar 'Mujeres rotas', una de las diez finalistas del premio Planeta.

-¿Qué es ‘España toda’, el poemario que acaba de publicar en Hiperión?

‘España toda’ es decepción, tristeza, aullido, una conversación con una amiga muy íntima a la que has amado pero que ahora no comprendes. Es la crónica de una muerte anunciada.

-¿Cómo se atreve a titular un libro así?

-No es atrevimiento. El título salió de forma natural. Simplemente quería nombrar a España toda, sin dejarme ningún rincón, ninguna sucia esquina de su conciencia. Quería romper con el miedo que nos da pronunciar su nombre, quería humanizarla, besar su cicatriz, su desvergüenza. Quería charlar con ella de tú a tú, desnudarnos sobre la cama (los ojos del lector en este caso) y hacer el amor y la guerra con las palabras.

-¿Cómo define su poesía?

-Intento hacer una poesía que cante y cuente, a la manera de Shakespeare (aunque no sé si lo consigo). Una poesía libre. No quiero depositar cargas sobre la palabra poesía. Mi poesía es efervescente, bella , impertinente a veces, un laberinto de Ariadna en el que poder adentrarse y disfrutar. Ando entre lo real, lo sucio, lo surreal y lo disidente, como dijo el otro día el poeta y profesor Alfredo Saldaña cuando presentó 'España toda' en la librería Antígona. Incluso fue más allá y me tildó de “francotiradora”. En este caso en concreto, lo soy, o puede que casi siempre lo sea. Me gusta suicidarme en el lenguaje.

-¿Es un libro sobre la España corrupta, es una autobiografía sentimental en el fondo?

Es un libro sobre la España corrupta, sin ninguna duda. Enfocado en la penosa política de este país y su falta de ética, moral y amor el prójimo. 'España toda' es un canto al terrible periodo político y social que nos ha tocado vivir, a todos los volantes sucios de los vestidos de España. Además lo escribí cuando empezó el movimiento del 15M. Luego lo deposité en un cajón hasta que se me ocurrió presentarlo al 42 Premi Vila de Martorell y para mi sorpresa resultó ganador. Es un libro que intenta vapulear al lector, que quiere abrir el camino de las conciencias. Sin olvidar el humor, claro, el humor y la ironía que, en ocasiones tan tristes como esta, uno de debe de sacar del esqueleto del polvo. Mi sentimentalismo se convierte en un monólogo repleto de reproches sobre una España que más que un país parece un vieja prostituta; rota, manoseada y llena de piojos.

-Da la impresión que también es un diálogo con la memoria...

-Sí, con la memoria y con las cuentas pendientes, con la mala costumbre de dejarnos robar, dominar, extorsionar, conducir por los barrizales. Hay que hacer memoria, recordar lo que hemos hecho mal, lo que seguimos sin hacer, recordar que hay gente que no puede pagar las facturas de la luz, niños que se van de casa tan solo con un vaso de agua caliente adentro de sus tripas, animales sufriendo en las plazas y ancianos abandonados, cuentas pendientes con el Sahara, con los estudiantes que se van porque no tienen futuro, con la cultura que no existe, con el diente de la basura que se encumbra.

-¿Qué le duele de España, qué es lo más le emociona y más le desespera? 

Me duele la costumbre de acostumbrarnos al color gris y al olor a mierda. Lo fácil que nos resulta mirar hacia otro lado, la falta de empatía, la soledad que nos tiene presos. Me emociona la gente buena. Los grandes artistas que ha parido España (aunque después haya acabado por olvidarlos). Me emociona saber que somos tan insignificantes, que también esto que somos, pasará.

Angélica Morales: Me gusta suicidarme en el lenguaje

-Hablemos de su novela ‘Mujeres rotas’...

-‘Mujeres rotas’ es la novela que acabo de publicar con una editorial nueva de Teruel, TerueliGRáfica. Es una de las diez novelas que quedaron finalistas en el Premio Planeta del 2017, una novela que tenía muchas ganas de que saliera a la luz y con la que estoy muy contenta. Es la historia de tres mujeres de tres generaciones distintas que se ven obligadas a convivir bajo el mismo techo, un piso diminuto que pertenece a la abuela Inés, mujeres rotas en su interior que han de recomponer juntas todas sus piezas, mientras a su alrededor el mundo se desmorona y llega a sus vidas el misterio en forma de cuadro familiar relacionado con los nazis. Es una novela de sentimientos encontrados, tres mujeres que deben de sobrevivir a ellas mismas en un país que se desmorona. También está presente la falsificación de obras de arte y por supuesto el sentido del humor.

-Son tres personajes, al menos... Esa Inés del arranque que desea embutirse en unas mallas y enseñar culo. ¿Cómo es, por qué esta decepcionada?

-Inés no está decepcionada, más bien está cansada de ser una mujer mansa , una mujer a la que la vida no le ha dado la oportunidad de cumplir sus sueños y ha tenido que conformarse, una mujer que ha tenido que luchar con uñas y dientes desde su niñez y que carga a la espalda un oscuro y terrible secreto. El hecho de que a sus ochenta años quiera ponerse unas mallas ajustadas simboliza para ella el atrevimiento, una revolución íntima. Yo tenía una tía de 92 años que jamás se puso pantalones, peor me confesó antes de morir , que le hubiese gustado mucho ser una de esas mujeres libres con pantalones y camisa amplia. Yo quise que el personaje de Inés arrancara así, cumpliendo el sueño que no pudo cumplir mi tía Maruja.

-Lucía, la hija... Aún joven, desea gustar...

-Lucía está en plena crisis de los cuarenta, no se gusta así misma y anda perdida entre las emociones y la modernidad, entre la costumbre y la obligación de reciclarse, como si a cierta edad una mujer de nuestro tiempo no tuviese un lugar en el mundo y se viera obligada a renacer de sus cenizas. No sabe exactamente si ha sido una buena esposa o si está siendo una buena madre. Se deja llevar por la desidia y no cree en nada más que en el amor de ficción de las telenovelas y en los programas de televisión basura. Al igual que Inés y que su propia hija Ámbar, no se conoce así mima ni conoce a su madre ni a su hija. Está en su propia burbuja de hombres nuevos que han de llegar, ansiando en secreto que su exmarido vuelva con ella.

-¿Encarna Ámbar el futuro y la incertidumbre?

-Ámbar encarna en cierto modo la esperanza. Empieza siendo un ser pasivo y desapegado y acaba por transformarse en la heroína que resuelve todos los misterios y que en cierto modo une a las tres mujeres. Ámbar es la mujer que no se rinde, la que tiene toda la página en blanco para escribir su historia, es el apoyo de Inés y de Lucía pero en ocasiones también su verdugo. A Ámbar no le importa mancharse de barro por el camino de la vida, es una chica dura a la que le empieza a nacer un gran corazón.

-¿Ha querido hacer una novela familiar, pero también de intriga?

-La verdad es que ‘Mujeres rotas’ comenzó con un cuadro. Un cuadro de colores azules y verdes que destilaba cierto misterio y que estaba colgado en El café de Poe, en Huesca. Al mirarlo sentí que debía escribir algo con ese cuadro, que en su azul melancólico había una historia encerrada. Me gusta escribir sobre la familia, sobre la imposibilidad familiar de amarse, sobre los secretos que guardamos, sobre la hipocresía que nos rige. Y quería que fuesen tres mujeres de distintas generaciones perdidas en tres mundos distintos, como encerradas en cárceles de metacrilato y miel, quería que aprendieran a amarse, pero además, al mirar el cuadro, pensé que sería interesante hablar también, en mitad de la familia, de lo cotidiano, del sentimentalismo y del país que se derrumba, hacer referencia a la falsificación de obras de arte, que es un tema que me apasiona.

-¿Por qué?

-Cuando era una niña un capítulo referido a los falsificadores de arte. En mi finca de Valencia vivían una banda muy importante de falsificadores de arte, señores muy educados con los que nos cruzábamos en la escalera cada día y que nos saludaban con amabilidad y que siempre transportaban lienzos ocultos en papel de estraza bajo el brazo. Un día vino la policía secreta a mi casa para advertirnos de que iban a hacer una redada y debía dejar policías armados en casa porque nuestros vecinos falsificadores podrían escapar por nuestra galería. Así que pasamos toda la noche en vela con dos policías con metralleta en mitad del pasillo. Recordé esta anécdota y la quise incluir, de este modo incluía acción a la novela, le añadía chispa al misterio y convertía a ‘Mujeres rotas’ en una novela a caballo entre las novelas costumbristas de Galdós y las novelas policíacas de Raymond Chandler.

-¿Qué ha aprendido como escritora en todos esos años?

-He aprendido a no decir jamás ‘De este género no escribiré’. Cuando después de tres meses de quedar entre los finalistas del Premio Planeta con ‘Mujeres rotas’ volví a quedar finalista en el Premio de Novela Azorín 2018 con la novela “La convención”, pensé que no hay nada imposible, que el camino literario es trabajo y más trabajo, no arrojar nunca la toalla por muy sucia que está esté.





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