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Arte

Un libro desnuda la pasión por la pintura de Antonio Saura

Julián García Hernández publica una biografía globalizadora del artista oscense, basada en documentos y entrevistas, y revela nuevos perfiles del creador.

19/02/2018 a las 05:00
El pintor oscense Antonio Saura en 1996, cuando inauguró la exposición 'Estados imaginarios' en Madrid.Efe

"Creo que la figura de Antonio Saura se explica básicamente por la enfermedad que sufrió en su adolescencia. Al igual que otros creadores de su generación, desde Cela a Alberti, pasando por Torrente Ballester, los problemas de salud le llevaron a leer infatigablemente. Mientras su hermano Carlos cogía la moto y se iba con ella a tomar fotografías por ahí, Antonio se quedaba en casa, leyendo, y la lectura se convirtió en su ventana abierta al mundo. Y, leyendo, idealizó el mundo de la pintura como una forma de escapar de la habitación en que se sentía encerrado". Julián García Hernández habla con pasión del pintor oscense, del que este 2018 se van a cumplir 20 años de su muerte y al que ha dedicado buena parte de su tiempo en los últimos años. La Universidad de Barcelona acaba de publicar la biografía que ha escrito, y en la que recorre toda la trayectoria del artista con ánimo globlalizador. "Hace unos años fui a ver una exposición de Saura en la galería Mayoral de Barcelona y su obra me impresionó de tal manera, que fui a la Casa del Libro en busca de una biografía suya. Había mucho publicado pero no lo que andaba buscando, así que empecé a escribir ese libro que me hubiera gustado leer".

‘Antonio Saura. El muro de la vida’ es una biografía apasionada y apasionante, pero sin un ápice de sublimación.

"He querido poner el foco en lo que el artista verdaderamente fue, porque su figura no necesita que la engrandezcan. Saura veía la vida a través de los ojos de la pintura, ni más, ni menos. En su caso, la vocación y el talento estaban unidos a una desmedida pasión por la pintura, y eso es lo que mejor le define. Eso, y el hecho de ser completamente autodidacta. El se solía definir como un “espectador de la vida”, y es completamente cierto. Era un gran observador y ello, unido a sus horas de estudio y lectura, hacía que supiera perfectamente lo que hacía en cada momento, pese a su carácter autodidacta. Tenía una visión muy personal sobre la vida y sobre el arte". La biografía se ha construido no solo a partir de lo publicado sobre el artista en libros, catálogos y medios de comunicación, sino también, y sobre todo, a partir de un gran número de entrevistas personales con quienes trataron con él. Por eso el libro está lleno de anécdotas y datos curiosos.

El encuentro con Torralba

"El historiador del arte Federico Torralba me contó cómo lo conoció. Saura había oído hablar mucho de él, se enteró de dónde vivía y una tarde se presentó en Zaragoza y fue a su casa. No tenía cita con el historiador, así que su asistenta, amablemente, le rechazó. Pero Torralba estaba escuchando la conversación desde su despacho y salió a ver a ese chaval de 20 años que hablaba con tanta pasión. En la conversación que mantuvieron aquella tarde nació una amistad que duraría toda la vida. Saura quedó deslumbrado por la biblioteca de Torralba, y a ella acudió varias veces".

Dice Julián García Hernández que el pintor nunca tuvo un gran sentimiento patriótico español, pero si un enorme orgullo de su lugar de nacimiento. "Sentía pasión por Aragón, por Huesca y por los que él entendía que eran los tres pilares de la cultura aragonesa: Gracián, Goya y Buñuel".

La biografía se ocupa de su estancia en París y del desencanto que experimentó por el surrealismo; de su pertenencia a El Paso. "De este grupo se ha escrito mucho (Chus Tudelilla firmó un libro clave) pero todavía se debate sobre su disolución y sobre las rivalidades entre algunos de sus miembros. Para Saura aquel fue un periodo de activismo artístico, un momento en el que quería renovar el panorama del arte contemporáneo, al igual que había hecho en Alemania el grupo Die Brücke, ElPuente. Yo creo que la disolución fue un cúmulo de varios factores. Entre ellos, no fue el menos importante que varios de sus artistas habían empezado a participar en solitario en bienales internacionales, con distintos marchantes e intereses concretos. Seguir juntos empezó a carecer de sentido. Viola, que fue uno de los más cercanos a Saura durante su estancia en el grupo, dijo del oscense que tenía una autoridad especial sobre el resto, que era una mezcla de Stalin y San Ignacio de Loyola".

Julián García Hernández lo dibuja como un artista muy exigente, consigo mismo y con su obra, y como un hombre con enorme sentido del humor. "Y un humor muy aragonés, con mucha retranca. No ha habido ninguna persona que lo conociera, y a la que he entrevistado, que no me haya relatado alguna anécdota divertidísima de él". No ha querido el biógrafo, sin embargo, entrar en la polémica surgida tras su muerte entre sus albaceas testamentarios y la fundación creada en Cuenca con el nombre del artista.

Su archivo y legado

"En la última página del libro he querido presentar a Saura todavía vivo –señala–.Me interesaba recorrer su vida y no lo que ha ocurrido después con su legado. Además, en realidad, los pintores no mueren nunca. Sus archivos y buena parte de su obra están en Ginebra, así que la fundación en Cuenca, aunque los tribunales dijeron que estaba legalmente constituida, carece de contenido".

El pintor dejó huella en Aragón. "Me parece muy ilustrativa una anécdota que me contó Ramón Sanabria, uno de los arquitectos del edificio de la Diputación de Huesca. Un día, durante una visita a las obras, vio a Saura tumbado en el andamio dando los últimos toques a su obra. Y le dijo: “Pareces Miguel Ángel cuando trabajaba en la Capilla Sixtina”. El pintor estaba embebido en su trabajo, pero acertó a responder que se lo estaba pasando en grande. Él fue quien quiso trabajar en el techo y no en los muros del edificio, como estaba previsto en principio".





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