Despliega el menú
Ocio y Cultura

CON LA PARTICIPACIÓN DE 11 ESCRITORES

Félix Romeo viaja al zoo de los Bowles

Errata Naturae publica el libro colectivo 'Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales', donde aparece un texto póstumo del escritor y crítico literario recién fallecido.

Félix Romeo
Félix Romeo viaja al zoo de los Bowles
ESTHER CASAS

"Sabemos que a Félix Romeo no le gustaban los animales de compañía, pero su texto es fantástico y decidimos dedicarle el libro porque tanto a Rubén Hernández como a mí nos apetecía mucho y porque era una manera de acercarnos un poquito a él y compensar, si es que se puede decir así, el hecho terrible de que no llegara a verlo impreso. 'Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales' es un libro especial para nosotros, muy personal", dice Irene Antón, una de las responsables de Errata Naturae, que edita este libro que rinde homenaje, en su pórtico, al escritor, crítico y columnista de HERALDO Félix Romeo Pescador, fallecido el pasado 7 de octubre.

 

El cuento de una extraña fauna

Participan once escritores: Andrés Trapiello, José Carlos Llop, Andrés Ibáñez, Marta Sanz, Berta Marsé, Pilar Adón, Carlos Pardo, y cuatro aragoneses: Soledad Puértolas, Ignacio Martínez de Pisón, Antón Castro y el citado Félix Romeo, que habla de los animales de compañía de William S. Burroghs y de Jane y Paul Bowles, que tuvieron un auténtico zoo de ratas, loros, gatos, patos, armadillos y coatíes.

 

El cuento de Félix Romeo, 'El hombre invisible y el zoo de los Bowles', ofrece casi un retrato de grupo y de época en Tánger. Además de los Bowles y de su amigo Burroughs, aparecen Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Mohammed Mrabet y Gertrude Stein, o el artista Francis Bacon. Y bien podría haber aparecido el zaragozano Julio Antonio Gómez que también anduvo por allí. El relato está lleno de hallazgos que parecen inverosímiles.

 

Escribe Félix Romeo: "Paul Bowles compró en México un ocelote, que allí llamaban tigrillo. Un equipo de televisión fue a grabar un programa con Paul Bowles y Jane Bowles y entre los planos de recurso el equipo decidió fingir la caza de una paloma por el ocelote. El ocelote no falló y se comió de un bocado la paloma. Los huesos de la paloma le atravesaron el estómago y el ocelote murió". He ahí el humor negro de la vida.

 

Irene Antón y Rubén Hernández dicen que se han fijado en autores de "distintas generaciones con proyectos literarios muy diversos", que aceptaron de inmediato. Algunos han escrito sobre sus propios animales, como Andrés Trapiello en 'De la muerte de Mora', una espeluznante y emocionante crónica de la muerte de su mascota; Soledad Puértolas, que recuerda al buen Moss ("que una mañana de invierno terminó sus días en mis brazos mientras un rayo de sol caía sobre su cabeza") a la par que evoca la pasión por los canes de J. R. Ackerley, en especial por la perra Tulip, y Thomas Mann. Soledad Puértolas anota: "Muchas veces me he preguntado, observando a mis perros, si es verdad que no piensan. Desde luego, es sabido que sueñan. Dormidos, aúllan, agitan el rabo, se estremecen. Tienen sueños, eso es evidente". Marta Sanz recrea el universo, el misterio y la rebeldía de sus propios gatos. Los restantes autores se centran en las mascotas de

autores famosos.

 

La sombra del autor

"Este es un libro sobre los animales y la literatura, los animales y la escritura. Sobre el animal como sombra del escritor, como amigo, como único depositario de unos sentimientos, incluso de unas ideas que el autor no compartiría con nadie", afirman los editores.

 

En el libro, Andrés Ibáñez habla de Julio Cortázar y su gato Teodoro Adorno, con el que mantiene una relación de afectos más o menos intermitentes. Berta Marsé se aproxima a Truman Capote y su perro Charlie, al que trajo a Palamós; cuando estaban lejos le escribía cartas: "Querido Charlie: aquí todos los perros tienen miedo y pulgas, no te gustarían nada. Te echo de menos. ¿Quién te quiere? T (quién si no)". José Carlos Llop aborda en 'Nocturno malgache' la convivencia de Cyril Connolly con sus lémures y con hurones a los que ponía nombre español como Paco o Chica, a la par que repasa o relee su dietario 'La tumba sin sosiego'.

 

Canto a la fidelidad

Pilar Adón se zambulle en la atracción de Virginia Woolf por un mono minúsculo del Amazonas y por distintos perros: Grizzle, Shag, Tinker o Flush, que en realidad era el perro de la poeta Elizabeth Barret y que le inspiraría la novela 'Flush'.

 

Carlos Pardo desmenuza, a la luz de su correspondencia, la obsesión del poeta Jules Laforgue por el perro Ariel; dice que es el mejor nombre que puede tener el animal. Ignacio Martínez de Pisón narra los secretos de un can muy particular: Mateo, que posee la facultad del canto. Lord Byron dedicó un inolvidable epitafio a su amado perro Boatswain, donde decía: "Aquí reposan / los restos de una criatura / que fue bella sin vanidad".

 

El resultado es un libro entrañable de "relatos íntimos y sobrecogedores, pero también de cuentos hilarantes", un libro que es un canto a los animales, a su fidelidad y, cómo no, a su enigma.

Etiquetas