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Ignacio Martínez de Pisón: «Quería contar la historia de un delator que no tenía donde caerse muerto»

Hoy sale a la venta su novela 'El día de mañana' (Seix Barral), sobre un emigrante aragonés en Barcelona que se convierte en confidente de la policía política del franquismo.

El escritor zaragozano Ignacio Martínez de Pisón.
Ignacio Martínez de Pisón: «Quería contar la historia de un delator que no tenía donde caerse muerto»
HERALDO

¿Cuál ha sido el detonante, el origen, el detalle que le ha llevado a a escribir esta novela?

Me propuse escribir sobre otro aspecto poco conocido de nuestra historia, la actividad de la Brigada Social, la policía política del franquismo. No hay mucha literatura sobre ella, y la que hay suelen ser textos de carácter testimonial de antifranquistas que sufrieron torturas. Entre ellos, por ejemplo, algún texto del comunista aragonés Vicente Cazcarra. De todos modos, la época en la que sitúo la acción es algo posterior, y las torturas, quizás porque se empezaba a vislumbrar el final del régimen, habían empezado a suavizarse. Así fue al menos en Barcelona en la comisaría de Vía Layetana, donde el comisario Creix, uno de los torturadores más conocidos, estuvo hasta el año 1968.

¿Quería escribir del franquismo y del paso a la Transición o hacer un retrato de la Barcelona anterior a su llegada?

Para la gente de mi generación, no ha habido acontecimientos de nuestra historia colectiva tan determinantes como esos: la muerte de Franco, la Transición, el golpe de estado del 23-F... Fue una época de cambio, inestabilidad, esperanza... En 1975, España era un país que estaba por hacer. De ahí las tensiones, de ahí la violencia política, que se cobró cientos de vidas. Pero el futuro difícilmente podía ser peor que lo que teníamos.

Defínanos aquella Barcelona, que no parecía tan nacionalista. ¿Es el nacionalismo un fenómeno de la democracia, en realidad?

La principal fuerza de oposición al régimen fue siempre el comunismo. En Cataluña también ocurrió así. Los nacionalismos son fenómenos de clases medias, que en realidad nunca están dispuestas a arriesgar demasiado. Lo suyo es nadar y guardar la ropa, y durante el franquismo la mayoría de los nacionalistas catalanes se limitó a esto último, a guardar la ropa. Pero es justo reconocer que, a partir de cierto momento, un sector importante de la iglesia catalana tuvo el coraje de denunciar la represión del régimen. En mi novela aparece, aunque de forma marginal, un episodio real que con el tiempo ha adquirido cierto valor simbólico: la manifestación de curas que en mayo de 1966 acudieron a comisaría a protestar por las torturas a estudiantes. La misma institución que había paseado a Franco bajo palio empezaba a mostrar cierta sensibilidad antifranquista.

El libro empieza con la llegada a Barcelona, desde Aragón, de Justo Gil Tello y su madre enferma. ¿Cómo vivían los emigrantes aragoneses en Cataluña?

La emigración aragonesa, que en gran medida es anterior a la Guerra Civil, se movía en torno a la calle Joaquín Costa. Allí, en la esquina con la Ronda de San Antonio, está el Centro Aragonés de Barcelona, y por esa zona proliferaban los bares con nombres como La Pilarica o Los Maños. Cuando yo me instalé en Barcelona en 1982, todavía esas calles tenían un aire muy aragonés.

¿Por qué quería reconstruir la vida de un personaje tan siniestro, qué le interesó de ella?

Me interesaba contar la historia de una degradación. En el caso de mi personaje, Justo Gil Tello, se trata de alguien que llega a una ciudad grande con la idea de prosperar pero comete una serie de errores decisivos que marcarán para siempre su destino y le condenarán a ser una persona sin amigos, sin afectos, habituada a traicionar siempre a los suyos. En realidad, es el retrato de un 'self-made man' imposible. Aunque él no lo sepa, lo único a lo que en aquella España podía aspirar era a sobrevivir.

¿Cómo logró convertirse en confidente policial?

La Brigada Social no era la Stasi de la antigua Alemania del Este, que, como vimos en la película 'La vida de los otros', te llenaba la casa de micrófonos en un par de minutos. La Brigada Social no tenía micrófonos pero disponía de una vasta red de chivatos, a los que eufemísticamente llamaban 'colaboradores'.

¿Cómo operaban?

Eran ellos los que mantenían a la policía informada acerca de todo lo que se cocía en la universidad, en las fábricas, etcétera. Algunos de esos colaboradores actuaban coaccionados por la propia policía, pero otros cobraban una retribución por su trabajo. En la época de la que estoy hablando, la policía les pagaba unas cuatro mil pesetas al mes. Mi personaje acaba convirtiéndose en uno de estos confidentes profesionales y acaba delatando a unos y a otros porque no tiene dónde caerse muerto y esas cuatro mil pesetas constituyen sus únicos ingresos.

Dice de él otro personaje: «Ese tipo no era nadie, un idiota, un paleto».

La tragedia de Justo Gil consiste en ser siempre un impostor: se hace pasar por comunista entre comunistas, intenta comportarse como un burgués cuando está entre burgueses... Y esa impostura permanente le lleva a odiar la sociedad que le rodea, contra la que se irá cargando de resentimiento y afán de venganza.

La novela está armada con las voces de los personajes que lo conocieron. ¿Por qué lo ha hecho así, ha querido hacer como una 'quest'?

Mi idea era, sí, simular una 'quest', una investigación en torno a un personaje enigmático al que diferentes personas, doce, han conocido y tratado a lo largo de su vida.

Hay personajes entrañables. Uno de los más conmovedores es la aragonesa Carme Román.

Un protagonista como Justo Gil exigía que a su lado hubiera personajes inequívocamente positivos. Carme Román es uno de ellos, y en realidad no es difícil reconocer en ella a toda esa generación de jóvenes que se consideraban merecedores de una España mejor que la del franquismo.

Uno de los capítulos más divertidos del libro es el dedicado a los escritores de palíndromos que asistieron a un encuentro nacional en Sos del Rey Católico. ¿Qué hay de eso?

Me divertí mucho escribiendo sobre esa asociación de palindromistas, que está inspirada en una que existió de verdad y con la que mantuve alguna relación epistolar en los años noventa, después de publicar un artículo sobre palíndromos. Me acuerdo de que en sus boletines celebraban con alborozo el hecho de que eran muy pocas las generaciones que podrían vivir dos años capicúas, el 1991 y el 2002. No recuerdo dónde celebraban sus congresos, pero parece lógico que lo hicieran en localidades de nombre palindrómico, como Sos, Unanu, Aceca, Salas...

¿Qué importancia les da al amor y al humor en la novela?

El humor forma parte de la vida y, por tanto, tiene que formar parte de las novelas. Y aunque hay muchos momentos de dramatismo, no olvidemos que era aquella una España muy chapucera y de andar por casa. El amor también forma parte de la vida. Creo que en la novela hay alguna bonita historia de amor. Creo también que la historia de amor de Justo no podía ser sino retorcida y siniestra.