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La luz, el espacio y el tiempo

Arquitectura de equipamientos: un centro de mayores y un centro cívico en la jota.

Exteriores del Centro de Mayores Rey Fernando de Carroquino, Iturralde y Hans Finner.
La luz, el espacio y el tiempo
ARCHIVO RICARDO MARCO

Uno de los sistemas más clásicos para aproximarse a comprender la arquitectura ha sido el recurrir a su definición a través de sus cualidades. M. Vitruvio Pollion (siglo I A. C.), en su tratado ‘De Architectura’, centra la atención en sus tres aspectos clásicos: ‘firmitas’ (solidez), ‘utilitas’ (utilidad) y ‘venustas’ (belleza).

Estos conceptos han ido sufriendo una adaptación a los diferentes periodos históricos, acoplándose al pensamiento de cada época. Así por ejemplo, L. B. Alberti (s. XV, primer arquitecto teórico del arte humanista) buscó una interpretación de éstos conceptos más antropomórfica y prefirió llamar a éstos atributos ‘soliditas’ (estabilidad), ‘commoditas’ (comodidad) y ‘voluptas’ (deleite).

Con posterioridad y en la época del Movimiento Moderno, Pier Luigi Nervi (s. XX) optó por vincularlos a la razón y la técnica, y los sustituyó por los de estructura (construcción), función (programa de necesidades) y forma (composición). La arquitectura se concebía como un todo; como la amalgama de esos tres conceptos en dónde no se pueden separar los aspectos constructivos de los funcionales y los formales. Estos parámetros constituyen los mecanismos auxiliares clásicos para acercarnos al hecho arquitectónico, analizarlo y desglosarlo.

Pero en la actualidad, hablar de arquitectura, además de estos valores señalados, es hablar también de espacio, luz y tiempo. Espacio que se percibe necesariamente por la luz que lo cualifica. Espacio y luz como conceptos que constituyen el centro de interés dónde se halla el significado de la arquitectura («el nudo gardiano de la cuestión»). Hasta el siglo XIX el espacio no había sido considerado como un concepto artístico, sino metafísico. Por ello no se incluía en tratados arquitectónicos sino en escritos filosóficos. Es a partir de entonces cuando las interpretaciones de los conceptos espacio y luz comienzan a evolucionar en la medida que lo hace la arquitectura.

El tercer nuevo concepto es el tiempo, que se vincula necesariamente al espacio. La arquitectura requiere la participación de la dimensión temporal en su percepción a través del recorrido (de la visita integral del edificio). Integrando una sucesión de secuencias espaciales somos capaces de llegar al conocimiento y percepción del espacio y, consecuentemente, comprender el edificio.

Los dos proyectos que presentamos, además de haber sido inaugurados en abril de 2009, tienen en común la preocupación e interpretación de éstos tres conceptos: espacio, luz y tiempo. La luz como modelador, cincelador y cualificador del espacio, y el tiempo como aglutinador para su correcta y precisa interpretación y concepción global.

El Centro de Mayores Rey Fernando (P. Laín Entralgo angular con G. Gómez de Avellaneda) de los arquitectos Santiago Carroquino, María José Iturralde y Hans Finner, es un edificio en dónde el programa de necesidades se desarrolla en cuatro alturas, incluido el sótano, y la luz está conceptualmente presente en el patio central como disipador de luz a todo el edificio. Patio que, además del factor luz, cumple con la función de articular los espacios que conforman el programa y actuar como un atrio exterior a cuatro alturas. Una biblioteca espacialmente rica, con un espacio a doble altura, forma parte de la secuencia temporal del recorrido.

Los acabados exteriores, donde las lamas de madera orientables que tamizan la luz se alternan con los tableros prefabricados de aglomerado de madera-cemento, conforman una fachada ventilada. Un edificio dónde la combinación equilibrada de materiales y su proporción dan carácter al conjunto.

El Centro Cívico Distrito 14 en el Barrio de La Jota, está diseñado por el arquitecto José Javier Gallardo. Un edificio en dónde el programa de necesidades se desarrolla en dos alturas, una de ellas en sótano. Bajo el lema de Louis Kahn «nada cuadra si no cuadra todo», el edificio despliega unos recursos que concluyen con un resultado preciso y precioso. Cuatro aspectos a destacar: el primero, la creación de una planta libre, eliminando la estructura intermedia (luces de 16 metros) fue una de las características del proyecto que consiguió no condicionar la planta a su estructura.

La segunda característica es el aportar luz al sótano, fundamentalmente mediante tres mecanismos: la utilización de dos cajas de escaleras acristaladas; la ejecución de una doble fachada de vidrio exterior y carpintería practicable interior, de manera que se deja un espacio intermedio capaz de bañar de luz parte del sótano, y la ubicación de un patio-vacío en la fachada Sureste.

La tercera característica la constituye la secuencia de la circulación con los espacios interiores matizados, cualificados y enfatizados por la luz, y complementados con una precisa y delicada ejecución en los acabados.

Finalmente, la fachada entendida en su totalidad como un gran ‘lucernario en el vacío urbano’, un captador de luz para iluminar su interior y crear espacios de calidad. Una fachada que evita las ventanas, proporcionando así en el interior condiciones lumínicas homogéneas. Una equilibrada proporción de vidrio y acero galvanizado nos aportan un volumen delicado, puro, que hace de catalizador de la luz.

Dos ejemplos de arquitectura zaragozana de equipamientos sociales en dónde la calidad espacial de sus dependencias, la luz, esa materia intangible generadora de fuerza y que cualifica el espacio, y finalmente el tiempo, entendido como secuencia concatenada del programa de necesidades, se aúnan para conformar dos piezas claves con carácter representativo y cultural. Para Adolf Loos, la arquitectura debe «despertar emociones en el hombre». Hemos despertado.

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