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La nueva política devora a sus líderes

Con Sánchez más débil que nunca, Iglesias, Rivera y ahora Casado han puesto fin a sus liderazgos de forma abrupta en un contexto político convulso e incierto.

Combo de imágenes de los cinco candidatos a la presidencia del Gobierno.
Combo de imágenes de los cinco candidatos a la presidencia del Gobierno.
Efe/Reuters

De aquella foto del 25 de abril de 2019, previa al debate electoral de las generales del 28-A, solo queda hoy en activo el presidente del Gobierno y autor de 'Manual de Resistencia': Pedro Sánchez. Sobrevive, cierto, pero atraviesa su momento más complicado. Como el Saturno de la mitología romana que se vio obligado a devorar a sus hijos para poder reinar, las organizaciones políticas también se movilizan cuando detectan un liderazgo débil que puede descarrilar sus aspiraciones de victoria.

Que se lo pregunten a Albert Rivera, Pablo Iglesias y Pablo Casado. Todos ellos han sido víctimas de un contexto político que fagocita a los líderes a una velocidad fugaz. Todos ellos surgieron de la oleada de nueva política que venía a regenerar las instituciones y han acabado cayendo en circunstancias y por razones distintas. Aunque el denominador común es el mismo: todos terminaron su carrera política prematuramente y con edades comprendidas entre los 40 y 42 años.

El exlíder de Unidas Podemos abandonó la política "entendida como institucional" tras constatar en la noche electoral de las elecciones madrileñas del 4 de mayo del año pasado que su figura, como él mismo reconoció, contribuía a polarizar a la derecha y causaba rechazo incluso entre los votantes de izquierda. Rivera, tras un meteórico ascenso que llevó a Ciudadanos a amenazar con un 'sorpasso' al PP (le separaron solo nueve escaños el 28-A), perdió en siete meses casi tres millones de votos. Su salida, entre las lágrimas de sus colaboradores más cercanos, se produjo el día después de las generales del 10 de noviembre de 2019.

En el caso de Casado, a diferencia del de sus dos ex rivales, su caída no se produce tras un proceso electoral traumático, sino en mitad de la legislatura y con unas encuestas que daban al PP opciones de alcanzar La Moncloa en 2023. El líder de los populares pasó en menos de una semana de celebrar la victoria de su partido en Castilla y León (que a la postre se confirmó como pírrica al depender de Vox) a acusar de corrupción a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y atrincherarse en Génova para alargar su agonía. "No sé por qué me tengo que ir. No he hecho nada", lamentaba esos días ante los que habían conformado su núcleo duro y le daban la espalda. Solo cuando constató su soledad tomó la decisión de marcharse. No tuvo segunda oportunidad.

Sus relatos forman parte de la idiosincrasia de este siglo, una era en la que "el tiempo pasa muy deprisa", según explica María Silvestre, doctora en Ciencias Políticas y Sociología y catedrática de Deusto. "Las noticias se suceden una tras otra, lo que es portada hoy no importa mañana. Este ritmo frenético expone a la clase política y a sus dirigentes a una montaña rusa de decisiones y declaraciones. El error se penaliza", zanja.

"El contexto es muy parecido al de la Transición, que quemó a una generación entera de políticos"

"El PP estaba en una situación muy óptima para rebeliones internas. Tenía un líder débil que no estaba ni bien valorado por los propios votantes. Esa combinación entre un líder débil y un partido en crisis pero con opciones de ganar es el mejor caldo de cultivo", apunta Lluis Orriols, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III.

A estos ingredientes se le suman otros no menos relevantes. El estallido de la crisis sanitaria contribuyó a la convulsión política que empapa desde entonces el día a día parlamentario y a las relaciones entre los distintos partidos. También el desequilibrio que la irrupción de la extrema derecha ha provocado en el tablero político nacional y, más recientemente, la invasión rusa en Ucrania, que ha terminado por poner todo patas arriba. "El contexto es muy parecido al de la Transición, que quemó a una generación entera de políticos que tuvo que tomar una gran cantidad de decisiones en muy poco tiempo", describe Orriols.

"Aunque con dinámicas diferentes, desde 2014 los cuatro líderes de los partidos principales han caído, porque Pedro Sánchez también cayó aunque luego volvió. Todo porque nuestro sistema de partidos no se ha institucionalizado aún y los lideratos se consumen a una velocidad vertiginosa. Si no se estabiliza la dinámica antes de las próximas elecciones, los primeros espadas seguirán quemándose", apunta el politólogo Pablo Simón.

Sueños quebrados

Rivera, Iglesias y Casado fantaseaban durante la treintena con llegar a ser presidentes. A los tres las encuestas les dejaron soñar y por ello su caída fue más sorprendente. Sin embargo, estos finales abruptos tampoco son una novedad en política. El exdirigente de Alianza Popular Antonio Hernández Mancha solo estuvo dos años al frente de su partido antes de ser descabalgado en 1989 por un paisano de Alberto Núñez Feijóo (que sustituye a Casado), el gallego Manuel Fraga, que acabaría refundando la organización con el nombre de Partido Popular.

"En política no hay nada más importante que el tiempo y a Casado le bastaron cinco días para caer"

O el caso de Joaquín Almunia en el PSOE, en el año 2000, "otro liderazgo débil, que sin buenos resultados necesita de mucha suerte para permanecer en el tiempo", explica Silvestre. "La fugacidad es más propia de esta época que amortiza partidos políticos y líderes en poco tiempo. Sin embargo, en otras épocas, también hemos asistido a liderazgos condicionados", zanja al recordar el caso de la primera ministra británica Margaret Thatcher, tumbada por su propio Consejo de Ministros en 1990.

Para la politóloga y exdirectora de comunicación de Pedro Sánchez, Verónica Fumanal, todo se resume en el cambio de paradigma en las teorías del liderazgo que se producen desde los años 20 del siglo pasado: "Cuando la persona que está al frente deja de tener objetivos compartidos con sus seguidores el proceso de liderazgo se rompe".

A este hecho todos los expertos le añaden uno que marca la tendencia actual: la percepción del tiempo. "Antes en política un año era una eternidad, ya no. En política no hay nada más importante que el tiempo y a Casado le bastaron cinco días para caer", apostilla Fumanal.

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