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Kim Philby, Moscardó y el entierro que nunca existió

La Biblioteca Nacional guarda 40 fotografías relacionadas con uno de los episodios más oscuros de la Guerra Civil: la muerte de tres corresponsales en Caudé.

DELESPRO/Biblioteca Nacional
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La Biblioteca Nacional de España tiene entre sus fondos dos sobres con cuarenta fotografías, la inmensa mayoría de ellas inéditas, del ‘entierro’ en Zaragoza de tres corresponsales de guerra extranjeros que murieron por un obús que alcanzó su vehículo en Caudé (Teruel) en la Nochevieja de 1937. Ese ‘entierro’, pregonado además horas antes por los periódicos, nunca tuvo lugar. Y el suceso, conforme han ido pasando los años, ha ganado en claroscuros hasta perfilarse como uno de los grandes misterios de la Guerra Civil española.

La historia se remonta a la gélida mañana del viernes 31 de diciembre de 1937. Los corresponsales extranjeros que seguían la guerra con el bando franquista se habían instalado en el Gran Hotel de Zaragoza dos días antes junto a sus amantes, novias y esposas. El mando sublevado, en su carrera hacia Teruel, que había sido conquistada por los republicanos, quiso llevar a los periodistas lo más cerca posible del frente. Y, tras parar en Caudé, un proyectil, quizá un obús lanzado desde las líneas republicanas, explotó junto a ellos.

Neil Johnson, de ‘Newsweek’ y ‘Spur’, falleció en el acto; Dick Sheepshanks, de Reuters, resultó gravísimamente herido; Ed Neill, de Associated Press, quedó herido pero consciente; y Harold Adrian Philby, de ‘The Times’, resultó prácticamente ileso: una esquirla de metralla apenas le rasguñó el cuero cabelludo.

Los supervivientes fueron atendidos en un hospital de campaña en Concud, donde falleció Sheepshanks, y fueron trasladados de urgencia al que la Cruz Roja tenía en Zaragoza. Ed Neill, al que se le contabilizaron 34 heridas en las piernas y el abdomen, se vaciaba por dentro, y aunque recibió casi tres litros de sangre, falleció al mediodía del domingo, 1 de enero de 1938. A sus 34 años era el más famoso de los corresponsales: había recibido el Pulitzer años antes. Para entonces ya se había anulado el entierro de sus dos compañeros, anunciado para ese día a las 11.30. Los embajadores nortamericano e inglés lo rechazaron a última hora y solicitaron el traslado de los cuerpos a Hendaya para ser repatriados desde allí. Los doctores Cenzano y Oliver embalsamaron a toda prisa los tres cadáveres, que fueron velados por la noche por sus compañeros periodistas.

Rumbo a Hendaya

A la mañana siguiente, y con el general Moscardó, jefe de 5º Cuerpo del Ejército, presidiendo los actos, se procedió al traslado. Los féretros fueron depositados en carrozas mortuorias y se les acompañó hasta el Portillo, donde se trasladaron a un furgón automóvil en el que viajaron hasta Hendaya, a los sones del himno nacional, que interpretaba una banda militar.

Hasta aquí, todo más o menos normal: un triste suceso más en una guerra abominable. En los relatos de los periódicos de la época las versiones difieren mínimamente: se habla de "un obús soviético del calibre 12/40" o de dos; se dice que los periodistas habían subido al coche o que estaban merendando junto a él. Nada sospechoso. Pero el caso es que uno de los supervivientes, Harold Adrian Philby, fue conocido muchos años después como Kim Philby, y que en aquel momento, marxista convencido, era ya un agente del NKVD soviético, el antecedente de la KGB.

Como todas las acciones en la que estuvo implicado Philby, el agente doble más famoso de la historia, el suceso de Caudé tiene también una cara B. Philby, por entonces un desconocido, llegó a España con una carta de recomendación de Von Ribbentrop. Estuvo tres meses en Andalucía hasta que el 24 de mayo de 1937 publicó su primer artículo en ‘The Times’: ‘In Franco’s Spain’. Poco antes había sido convocado a The Rock Hotel de Gibraltar, donde su contacto soviético le dio una orden contundente: tenía que matar a Franco.

Tras el suceso de Caudé, Philby regresó al Gran Hotel de Zaragoza (parece haberse esfumado de las fotografías del cortejo fúnebre), recogió a su pareja de entonces, Frances, y fue a reponerse de sus heridas primero a Salamanca y luego a Biarritz. Volvió a la batalla de Teruel, para la que tuvo palabras agrias: "Teruel, en sí mismo, es un objetivo despreciable –llegó a escribir–. Es importante solo porque dos ejércitos han quedado estancados ante sus murallas en un combate a muerte".

Sus crónicas le valieron el favor del bando sublevado. Franco llegó a condecorarle y le concedió varias entrevistas. Pero no se sabe por qué Philby no cumplió las órdenes que tenía.

Con los años, y gracias a algunos testimonios, se ha ido abriendo paso una teoría: que Philby mató a sus compañeros con una granada (al parecer, siempre llevaba una consigo por si se veía acorralado). Especialistas como Enrique Bocanegra, autor de ‘Un espía en la trinchera’, donde rastrea meticulosamente el paso de Philby por España, no le han prestado atención. Pero otros, como Hugh Tomas, que era familiar lejano de Sheepshanks, sí. El historiador británico escribió en 2010 en ‘ABC’: "Mi impresión es que Philby asesinó a Sheepshanks y a sus dos compañeros en la carretera de Teruel. ¿El motivo? Que no lo desenmascarasen como agente de la Unión Soviética. Debería erigirse un monumento en Caudé, a unos cuantos kilómetros de Teruel, en la carretera de Calatayud. Debería contar la verdadera historia".

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