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Melilla amanece temblando

Un terremoto con una intensidad de 6,3 deja importantes destrozos en toda la ciudad.

El terremoto que sacudió Melilla deja importantes destrozos.
El terremoto que sacudió Melilla deja importantes destrozos.
Efe

El amanecer del día 25 de enero se ha adelantado en Melilla. A las 5.20 horas de la mañana los animales domésticos (perros, gatos, periquitos...) son los primeros en dar la señal de alarma, unos segundos después la población melillense siente temblar sus camas, habitaciones y casas.

Un terremoto de intensidad 6,3 es el culpable del inquieto despertar. Aunque hay quienes en un primer momento piensan que se trata de un furioso temporal, a los pocos minutos los vecinos se encuentran en los quicios de las puertas de sus viviendas, en los rellanos de las escaleras, en los portales y finalmente en la calle.

Ataviados con lo primero que han encontrado, algunas personas salen descalzas, otras se visten mientras bajan las escaleras de sus edificios o bien en la misma calle; la mayoría portan móviles a modo de linternas porque no hay electricidad ni en las casas ni en las calles.

Se trata del tercer terremoto que supera una magnitud de los 6 grados en la escala Richter, después de los que se registraron en 1994 y el 2004. Cada quién aguanta sus propios miedos aunque quienes deciden quedarse en casa no tardan en bajar a la calle tras las siguientes réplicas.

Las personas mayores son quienes lo tienen más complicado y sus familias se encargan de hacerles la salida más fácil y segura. Los niños se preguntan qué sucede y vuelven a preguntarse si habrán de ir al colegio o no.

Casi todo el mundo sabe que no es seguro circular en coche, pero muchas personas deciden hacerlo para juntarse con sus familias y asegurarse de que nadie ha sufrido daños. Los más rápidos telefonean a los bomberos avisando de los primeros destrozos, hay retazos de fachadas descompuestas que caen sobre las aceras. Las primeras imágenes por WhatsApp no tardan en aparecer: edificios agrietados, coches destrozados por cascotes de obra que caen sobre ellos.

La gente busca refugio, paradójicamente, en los espacios abiertos, lo más alejados posible de los pisos: hay quienes se juntan en explanadas cercanas, hay quienes se guardan en los parques, quienes se acercan a la orilla de la playa y también hay quienes deciden escapar hacia lo más alto, el pinar de Rostrogordo.

Los primeros camiones de bomberos no tardan en aparecer y se dirigen hacia los lugares más afectados por el seísmo.

En la calle se habla sin cesar: de otros terremotos pasados, de qué habrá ocurrido en Alhucemas, de si habrá víctimas mortales y casi todo el mundo tira de su propio anecdotario para espantar el pánico: "mi nevera caminaba sola", "mi casa se movía como la mantequilla"...

No llegan noticias de desgracias personales y el ambiente, aunque de preocupación, se vuelve algo más distendido. Pero sólo por un rato. Los animales domésticos vuelven a inquietarse y su nerviosismo da paso a las primeras réplicas, que dependiendo del lugar se perciben más o menos fuertes.

Los vecinos se ayudan en lo que pueden, dándose ánimos o prestándose objetos cotidianos redescubiertos en los bolsillos de pijamas y batas, la indumentaria que más abunda.

Muchas familias empiezan a reencontrarse en abrazos tranquilizadores.

Cuentan que las madres del Hospital Comarcal no han dudado ni un segundo en recoger a sus bebés de las cunas y salir con ellos a la calle. Cuentan también que en la comisaría ha habido nervios e indecisión, tal vez, sobre qué hacer con los presos. Las cámaras de seguridad de muchas tiendas y supermercados registran el temblor e imágenes de objetos cayendo con fuerza desde las estanterías.

Las réplicas continúan. Y sólo algunas personas se atreven a entrar para recoger más ropa de abrigo, algún móvil con el que poder comunicarse y en ocasiones gafas imprescindibles para poder moverse con mayor seguridad. Hay quienes se entretienen algo más y salen de nuevo de su casas portando pequeñas maletas. Otras prefieren esperar la señal de los bomberos para hacerlo. Quienes más temen son quienes viven en los edificios más altos, porque hay que subir algunos tramos de escaleras y volverlos a bajar antes de una nueva réplica.

Hay quienes saben que su casa ha sufrido grietas y quienes ni se enteraron o no quisieron saber o no pudieron ver. A las 8.00 de la mañana la gente apuesta por la calle y el calor del vecindario para darse mayor seguridad.

Casi todo el mundo se preocupa por los que viven en casas más antiguas y hay quienes se preguntan por el bienestar de los queridos edificios del triángulo modernista de la ciudad.

Uno de ellos es el Palacio de la Asamblea de Melilla, sede de la Ciudad Autónoma, la Asamblea regional y parte de la administración pública local, que hoy no abre sus puertas.

Y es lógica la preocupación, porque además de ser uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, es también uno de los más bellos. Su construcción data de 1948 y es obra Enrique Nieto, discípulo de Antonio Gaudí, y representante del Modernismo melillense.

Es más que probable, tras los primeros estudios que se han hecho sobre su fachada, que haya que demoler uno de los dos torreones que la adornan. Las réplicas han continuado a lo largo del día y no han dado aún un pequeño respiro a la población melillense, que, desea olvidarse de una vez por todas del seísmo.

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