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Biden se juega su lugar en la historia al cruzar los primeros seis meses de gobierno

El plan de infraestructura es la prueba de fuego para un presidente con 47 años de experiencia legislativa que ha sabido posponer sus promesas para sacar adelante la más importante.

U.S. President Joe Biden departs for a weekend visit to Camp David
El presidente Joe Biden atiende a los medios en su residencia de Camp David
JONATHAN ERNST

Aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla, pero Joe Biden la ha protagonizado demasiadas veces como para ignorarla. Hace ocho años Barak Obama cruzó estelarmente los primeros seis meses de su gobierno con un 59% de aprobación en la encuesta de Gallup, -en comparación al 50% de Biden-. Al mes de llegar había firmado un plan de estímulo económico por 787.000 millones de dólares que permitió relanzar la economía tras la crisis de las hipotecas basura. Su ambiciosa reforma sanitaria avanzaba viento en popa. Y entonces llegó el receso de agosto.

Ese fue el momento en el que el sueño de un país «en el que no se existan demócratas o republicanos, sino los Estados Unidos de América» se le escapó de entre las manos. En las vacaciones de agosto de 2009 los legisladores volvieron a sus respectivo Estados para reconectar con sus votantes en los tradicionales mítines al estilo plaza pública y se encontraron con el Tea Party al micrófono, arremetiendo airadamente contra el gasto público, «la sanidad socialista» y los supuestos «paneles de la muerte», que en las mentes conspiratorias decidirían quién debe vivir o morir, según conviniese al gasto del estado. Para cuando volvieron a Washington, muchos tenían claro que apoyar la reforma sanitaria del presidente, bautizada por el Tea Party como 'Obamacare', sería un suicidio político.

En retrospectiva, los que trabajaron con Obama admiten que dejaron pasar su 'momentum' embelesados por el espejismo de obtener un acuerdo bipartidista. Biden era parte de ese gobierno. Él mismo dirigía las negociaciones con el Senado, donde la muerte de Ted Kennedy el 25 de agosto de 2009 fue la puntilla final para el ataúd de la reforma sanitaria. La versión que aprobó el Congreso al año siguiente -sin un solo voto de la oposición- estaba tan edulcorada que se ha demostrado un fiasco.

Este lunes Biden tendrá una nueva oportunidad de salvar esa trampa de la historia. La ley de infraestructuras 'The American Jobs Plan' lleva un mes en negociaciones a la espera de su votación en el Senado, donde el voto de calidad de la vicepresidenta podría salvar el empate para aprobarla por mayoría simple mediante el recurso de reconciliación presupuestaria. En un Senado salomónicamente repartido 50-50 entre demócratas y republicanos, el fantasma de Ted Kennedy planea sobre el legado de Biden. Cualquier baja en la bancada de los legisladores demócratas acabaría de golpe con todo lo que el nuevo presidente tenga en la agenda, porque en un país tan polarizado, donde los republicanos trumpistas todavía cuestionan su victoria electoral, sería imposible obtener un acuerdo, mucho menos cuando el partido ni siquiera disponga de la mayoría simple, que solo consiguen con el apoyo de dos independientes progresistas. La espada de Damocles pende sobre Biden y su lugar en la historia en este meridiano crítico de su primer año.

Ley esencial

El éxito de su gobierno se medirá por su capacidad para sacar adelante la ley de infraestructura que considera esencial para modernizar al país, y que se enfrentará a un nuevo voto de procedimiento tras haber fallado el amago del miércoles. Los once republicanos que alimentan el sueño bipartidista de Biden aseguran que están cerca de un acuerdo, desde hace más de un mes. El 24 de junio Biden probó las mieles del bipartidismo cuando la comisión de senadores de ambas formaciones le visitó en la Casa Blanca para presentarle un plan que reducía a la mitad su propuesta, pero permitía aprobarla por mayoría absoluta sin necesidad de recurrir a los trucos contables del Senado. El presidente dejó para un paquete adicional mucho mayor todo lo que no entra en las posibilidades bipartidistas a cambio de que los conservadores de su propio partido se comprometan a votar por ella.

Los senadores republicanos que le encandilaron, consideran moderados en su formación, son los mismos que siempre presumen de su capacidad para negociar con el otro lado del hemiciclo, pero que casi nunca culminan esos pactos: Susan Collins, Lisa Murkowski, Mitt Romney, Rob Portman... Ninguno de ellos votó el miércoles en favor de la propuesta. El propio líder de los demócratas en el Senado tuvo que votar en contra para poder darle mañana una segunda oportunidad.

Durante estos primeros seis meses de gobierno el presidente ha concentrado el grueso de sus esfuerzos en salvar la crisis del coronavirus con dos grandes repuestas. Por un lado, una campaña masiva de vacunación, que batió eufóricamente todas las expectativas durante los primeros cien días, pero que desde entonces se ha topado con el muro de escépticos y negacionistas, que ha hecho fracasar la meta de alcanzar la inmunidad de rebaño para el 4 de julio. Y por el otro, una enorme inyección económica de emergencia por valor de 1.900 millones de dólares, aprobada también por el recurso de reconciliación presupuestaria, sin un solo voto republicano.

'The American Rescue Plan' es una de las once leyes que ha logrado firmar el presidente en estos seis meses, menos que ningún otro mandatario demócrata desde Roosevelt, que subió el listón hasta la cifra récord de 76. Y esto no es solo porque el país esté más polarizado que nunca, sino porque Biden, de 78 años, cuenta con la madurez y la experiencia legislativa necesaria para saber aparcar todas sus aspiraciones y evitar así agitar el avispero de la polémica, como ocurrió con la reforma sanitaria.

Eso es lo que habría pasado si hubiera impulsado la reforma migratoria, o la ley para contener la violencia de armas de fuego y reformar la Policía. De haber abierto esa caja de Pandora hubiera perdido todo su capital político frente a los fantasmas de un Tea Party fortalecido por el trumpismo, que ya no se conforman con intoxicar a la opinión pública sino que toman el Capitolio.

Dos años

Todos los presidentes de EE. UU. saben que estadísticamente la ventana para plasmar sus ideas en éxitos legislativos no dura más de dos años. En noviembre del año próximo las elecciones de medio mandato mermarán la mayoría más exigua que haya habido desde 1890 en la Cámara de Representantes, donde los demócratas apenas tienen nueve diputados de margen, y probablemente les arrebate hasta la mayoría simple del Senado que solo consiguen con el voto de calidad de la vicepresidenta y el apoyo de dos independientes.

Biden ha compensado esa inactividad legislativa con el mayor número de órdenes ejecutivas que haya firmado un presidente en sus primeros seis meses, 42, casi el doble que el siguiente, Johnson, y además ha revertido 62 de las 219 que firmó Trump en todo su mandato -en comparación Trump sólo revirtió doce de Obama en sus primeros cien días. Los casos de covid-19 se han reducido un 73% tras administrar 140 millones de vacunas y 1.2 millones de personas han salido del paro, que sigue disparado para EEUU con un 6%.

En lo que no quiere ganar a sus predecesores es en Twitter, donde ha cruzado los primeros seis meses con 589 tweets, en comparación a los 26.000 que lanzó Trump durante su presidencia, a razón de 18 diarios frente a los seis del nuevo presidente, que probablemente delega la función. El presidente de más edad que haya llegado a la Casa Blanca prometió durante la campaña bajar la temperatura en Washington y ha demostrado tener la paciencia y serenidad para lograrlo. Falta por ver si a esa temperatura puede cocinar la agenda que le permita descansar tranquilo al término de su mandato.

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