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Internacional

diario de afganistán (1)

Afganistán, 40 años de guerra (1979-2019)

En diciembre se cumplen 40 años de la invasión soviética y del inicio de la guerra en Afganistán. El periodista Gervasio Sánchez acababa de empezar primero de Periodismo por aquella época. El corresponsal de HERALDO ha sido un testigo de excepción de la historia afgana. Toda una vida en guerra en un país con una media de vida muy baja.

Kabul, desde el aire
Kabul, desde el aire
Gervasio Sánchez

El avión empieza a descender a las seis de la mañana hacia el aeropuerto de Kabul. Apenas he dormido desde que salimos de Estambul. Me entretuve con una película durante las dos primeras horas. Y la incomodidad me ha despertado varias veces en las otras dos horas.

Me gusta viajar en la ventana para no desaprovechar los aterrizajes. Sé que vamos a pasar a 2.000 metros por encima de Kabul y después vamos a girar 180 grados para iniciar el acercamiento.

Desde agosto de 1996 he viajado al menos en veinte ocasiones a Afganistán. En aquel primer viaje tuvimos que aterrizar en la base militar de Bagram, a unos 50 kilómetros al norte de la capital, porque los talibanes bombardeaban intensamente su casco urbano. Volé desde Delhi en la India, el principal aliado del gobierno afgano de aquel tiempo, formado por criminales de guerra.

En el segundo viaje aterricé en un Kabul que parecía dormido en el tiempo. Fue en junio de 1997 bajo los talibanes. Volé desde Pakistán, el país aliado del régimen rigorista. Apenas había coches circulando por las calles y las únicas mujeres que se atrevían a salir a la calle eran viudas mendicantes. Los policías talibanes, algunos adolescentes, les golpeaban con palos muy largos y las insultaban.

La tercera vez que aterricé en Kabul fue con un Antonov 124, de origen ucraniano, en enero de 2002. En el segundo carguero más grande del mundo volé desde Zaragoza con la plana mayor de la primera misión española en Afganistán encabezada por el coronel Jaime Coll.

Los responsables del gabinete de comunicación del Ministerio de Defensa se vengan censurando a los periodistas críticos

Entonces se me quería mucho en el gabinete de comunicación del Ministerio de Defensa. Me habían visto trabajar en los Balcanes y sabían que siempre era un periodista leal. Fui el primer informador autorizado a hacer este tipo de vuelos a Afganistán y se me dieron todas las facilidades para trabajar con las tropas españolas.

Algunos comandantes que había conocido en Bosnia ya habían alcanzado el generalato cuando empezaron los desastres de las guerras de Afganistán e Iraq. En Afganistán me reencontré ya como coronel en julio de 2006 al teniente instructor que había dirigido mi preparación como paracaidista cuando con 18 años me enrolé como voluntario en la Brigada Paracaidista.

Después todo se complicó cuando denuncié lo que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) había hecho con un traductor iraquí, acusándole sin una sola prueba de ser “colaborador necesario” en un atentado mortífero y criminal contra siete agentes secretos asesinados en noviembre de 2003 cerca de Bagdad. Y se volvió a complicar cuando cada equis tiempo recordaba que el caso seguía vigente a pesar de la imposición de un silencio vergonzoso por parte del Ministerio de Defensa.

Los responsables (siempre periodistas civiles empotrados en el partido político que gobierna) del gabinete de comunicación del Ministerio de Defensa suelen actuar de manera subrepticia cuando se les saca los colores: se vengan censurando a los periodistas críticos.

En realidad, les gusta que sean críticos siempre que no cuestionen a sus jefes, ministros y ministras que utilizan todo el aparataje del gabinete como si fueran sus chiringuitos mediáticos particulares.

Me he divertido muchas veces cuando delante de generales y almirantes de las Fuerzas Armadas españolas he propuesto que el Ministerio de Defensa tenga dos gabinetes de prensa: uno para la gloria del ministro o ministra de turno, y un segundo para contar lo que verdaderamente hacen las fuerzas armadas en las misiones internacionales y que desconoce el gran público. Muchos asienten y casi todos me felicitan cuando no hay chivatos cerca.

Pienso también en la vez que salí de Kabul en febrero de 2002 con un C130, conocido como Hércules y del que había saltado varias veces cuando era un joven paracaidista. Teníamos que hacer un vuelo táctico entre Kabul y la frontera pakistaní antes de dirigirnos a Omán para evitar ser derribados por un misil.

Me dejaron ir en la cabina junto a la tripulación y me lo pasé pipa mientras íbamos a quinientos por hora a muy poca altura del suelo. Me comprometí con el responsable del vuelo a no decir nunca la altura real a la que volamos porque me aseguró que le podría costar el cargo.

Voy pensando en todo esto cuando empiezo a ver el gran Kabul con nitidez. Hago un par de disparos con el teléfono. Como también me gusta viajar delante soy el primero en llegar a inmigración y, en apenas cinco minutos, estoy esperando el equipaje de bodega. Consigo que un policía afgano me permita usar su clave para mandar mi primer mensaje desde mi teléfono aunque aún son las cuatro de la mañana en Zaragoza e incluyo la fotografía que he elegido para esta primera crónica.

Horas después alguien me manda un mensaje por washapp: “No mientas. Eso no es Kabul. Eso es el festival de los Monegros”.

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