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opinión

¿Hay unión en Europa?

Cataluña es un grave problema europeo, algo que Francia y Alemania deberían contemplar con menos pasividad y más preocupación. Una cosa es que competa a España resolver la cuestión y otra que la UE no deba prestar una ayuda eficaz.

¿Hay unión en Europa?Isidro Gil

Los primeros constructores europeos dibujaron sus planos sobre la idea de comunidad económica, como un ‘trust’ de naciones. Del desarrollo de esa idea surgió la necesidad

–y de ahí la virtud– de avanzar a una unión más estrecha. Con vínculos jurídicos, territoriales, de política exterior, de desarrollo de derechos sociales, con espacios de libertad y seguridad. De ahí sale la Unión Europea. La idea de Europa evolucionó de ‘comunidad’ a ‘unión’ y se entiende bien lo ambicioso de esa evolución si entendemos que una familia, aun con sus desavenencias, es una unión algo más sólida que la de una comunidad de propietarios con veintisiete escaleras.

Ortega dijo que el hombre solo tiene proyectos líricos y que sin Europa no habría España. Sí, son malos tiempos para la lírica. Los países del sur nos vemos a veces simplificados por los del norte en nuestra aportación al proyecto europeo. Se nos reduce a ser sector agroalimentario, turismo y mano de obra, cuando hemos sido fieles siempre al espíritu europeo y leales con sus decisiones.

Europa y los países que la integran viven momentos de zozobra. El foco está puesto en la economía, con los grandes mercados asiáticos como motor mundial. Josep Piqué lo explica muy bien cuando nos dice eso de que el centro de gravedad que durante siglos se situó en Europa está hoy en el estrecho de Malaca. La Europa que nació en torno a un proyecto económico ve su decadencia como un problema también económico. Pero con ser grave, no solo estamos ante una involución económica. El gran orden europeo ha sufrido en pocos años dos agresiones: la interna del ‘brexit’ y la externa, con Donald Trump rompiendo las alianzas políticas y económicas. Ambos, fenómenos de corte estrictamente identitario y populista. Por eso, mordidos ya dos veces en la misma pierna, no se entiende que a día de hoy se siga manteniendo por parte de la Unión y de sus más sensatos líderes que el problema secesionista catalán, de corte identitario y populista, es solamente un problema interno de España.

El nombramiento de un presidente de la Generalitat que da que pensar en las cancillerías si el nacionalismo catalán no será también nacionalsocialismo, puede ser una oportunidad para reivindicar que una cosa es a quién compete dar solución al conflicto y otra muy distinta si la Unión Europea debe ayudar activamente a quien debe resolverlo. Porque la solución al conflicto político y a la gran brecha social abierta en Cataluña debe pasar por la política y los políticos españoles. Lo cual no es incompatible con que la Unión Europea y sus Estados ayuden a otro Estado miembro de una manera seria y firme.

La lealtad de todos los gobiernos españoles con el proyecto europeo merece que al menos sus instituciones, y no me refiero solo a las supranacionales sino también a las nacionales, asistan a España en la persecución de delitos gravísimos que atentan contra el orden europeo. Puigdemont y su secretario Torra en Berlín son un espectáculo que Europa no puede permitirse. De Bélgica… para qué hablar.

Son muchas las amenazas que se ciernen sobre Europa. La cultura occidental pierde terreno y el ‘brexit’ es la prueba de que nadie sobra pero nadie es imprescindible. Si el proyecto europeo no se sigue desarrollando en torno a una unión efectiva, impregnada de valores democráticos y sociales, desarrollados en un espacio de cooperación en materia de justicia y seguridad común, y consolidado en los territorios, fracasará. O seguirá fracasando. Cataluña es un grave problema europeo, algo que Francia y Alemania deberían contemplar con menos pasividad y más preocupación. Europa se puede permitir el lujo de ser una familia desavenida, pero nunca una comunidad de propietarios con veintisiete escaleras.





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