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VUELTA A ESPAÑA

Vuelta a la nostalgia

La ronda española hizo parada en Zaragoza, en una jornada en la que el francés Sebastién Hinault se impuso en el Paseo de la Independencia. Numeroso público arropó la carrera.

Tuvo ayer la Vuelta a España la virtud de reunir dos nombres clásicos, ilustres, en el mundo del ciclismo: Hinault y Zaragoza. Es verdad que Sebastién Hinault nada tiene que ver con el pentacampeón del Tour, Bernard, que en 1978 llegó de líder de la ronda a Aragón, en una etapa finalizada en Jaca; y tampoco es hoy Zaragoza la ciudad cautivada, enamorada antaño por el ciclismo.

Es natural; no en vano, la capital aragonesa ha tenido que sufrir con demasiada frecuencia el desapego político hacia un deporte maltratado. ¿O es natural que el respaldo institucional hacia la cita deportiva -una de las grandes referencias del ciclismo mundial- fuera la de un consejero de Agricultura y un concejal de Fomento y Deportes?

Y aun así, el ciclismo fue capaz de sobreponerse. El Paseo de la Independencia, donde estaba instalada la meta, reunió a un buen puñado de aficionados, de amantes y conocedores de este deporte. De esos que sabían de antemano que, como casi siempre ocurre en Zaragoza, habrían de confirmarse con el suspiro del sprint. Tan bello, intenso y emocionante como volátil. E impredecible: Sebastién Hinault les ganó la partida a los favoritos, Freire y Boonen, que no tuvieron opciones de pelear por el triunfo. Atrás había quedado una jornada en la que se había volado a casi 45 kilómetros por hora, en una cita señalada para los velocistas, que había partido a última hora de la mañana desde Sabiñánigo.

A Zaragoza, a Aragón, se le va arrancando el ciclismo del alma. No es ya solo -que es bastante-, la desaparición de la Vuelta a Aragón ante una indiferencia absoluta. Se ha perdido también el equipo Relax, el único aragonés en el ámbito profesional; el CAI-C.C. Aragonés es una sombra de lo que fue y es imposible formar corredores desde la base. Es verdad que sobrevive, como un oasis, la Quebrantahuesos, a la que mima Sabiñánigo después de perder la Clásica. Tuvo el ciclismo también un sabor especial en las fiestas del Pilar, cuando se reunían en el Paseo de la Independencia -con más miles de espectadores- corredores de la talla de Induráin, Rominger, Escartín, Delgado, Chiappucci... Si este próximo mes de octubre se recupera, en versión femenina y sin Maribel Moreno, será una cita casi intrascendente.

Así que la Vuelta sirvió ayer para recuperar sentimientos, encender nostalgias. Ahí estaban, en el corazón de Zaragoza, los dos últimos ganadores del Tour -Contador, 'maglia rosa' también del Giro, y Sastre-; y Valverde, y Freire, y Boonen, y Bettini, y Zabel... Lo que saben apreciar quienes aman el deporte y de lo que se suelen olvidar quienes gobiernan.

La ciudad disfrutó del pulso de un espectáculo de primera; de la magia del colorido de un pelotón de elite; de la tensión y la emoción de una llegada a casi setenta por hora en su arteria principal. La esencia del espectáculo.

El sueño se esfumó enseguida. Nos dejó apenas sus sabores, sus olores. A última hora, apenas quedaba su recuerdo. La caravana tomó las maletas y emprendió viaje a Calahorra, donde hoy está prevista la salida de la próxima etapa, con final en Burgos. Fue la vuelta a la nostalgia: el triunfo de Hinault (de Sebastién) en la meta de Zaragoza.

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