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REAL ZARAGOZA

Un leve hilo de vida

El Zaragoza suma un insuficiente punto ante un Getafe despistado por la final de Copa, que falló dos goles a puerta vacía. El juego fue malo, Milito remató un balón al poste y Matuzalem fue expulsado en el minuto 70.

Había que ganar y no se ganó. Pero, al menos, en otra jornada llena adversidades en los resultados de terceros, tampoco se perdió. El punto de ayer en Getafe es un gotero en vena para seguir manteniendo las constantes vitales durante una semana, para llegar con un leve hilo de vida al partido del sábado ante el Recreativo de Huelva en La Romareda. Nada más (y nada menos).

Al margen de esta concisa evaluación de lo poco que supone, en presente y a corto plazo, el puntito arañado en el mediocre partido -otro más- disputado ayer por el Real Zaragoza en Madrid, la impresión que sigue dando este enfermo es muy mala. Las sensaciones al abandonar el estadio fueron, si cabe, todavía más preocupantes que las obtenidas hace 15 días en Valladolid o hace 21 tras pinchar contra el Almería. La esperanza tiende a agotarse según pasan los domingos (ya solo quedan 6 partidos para obrar la curación de los muchos males que han abocado al Zaragoza a la Segunda División desde el pasado mes de agosto).

El once blanquillo no pareció en ningún momento estar jugándose la vida. Sabían que los tres puntos eran imprescindibles. Conocían el despiste y las mermas físicas y técnicas -éstas voluntarias- del Getafe, que llegó al duelo de ayer con la agria resaca de la eliminación europea con el Bayern el pasado jueves y, sobre todo, con cuatro de los cinco sentidos de cada protagonista azulón puestos en la final de la Copa del Rey de pasado mañana en el Calderón frente al Valencia. Ni por esas, el Zaragoza fue capaz de tirarse de cabeza -y con la decisión que debe mostrar un equipo desesperado- a por el partido. Están agarrotados.

Sabían desde el sábado que el resultado del Recre les hundía un centímetro más en el fango del descenso. El entrenador, los dirigentes y, esta vez, hasta el psicólogo, habían preparado un fin de semana diferente, con aires de finalísima, para que todo el mundo afrontase el partido de modo radicalmente distinto a los anteriores. Dio igual. Este Zaragoza continúa dando muestras de que sus fuerzas escasean y la fe en la remontada roza los límites mínimos. No se emiten señales que hagan pensar en un despertar a tiempo de este equipo que se consume poco a poco en su poca consistencia.

Por eso, la mejor noticia de ayer es que, tras otro choque de perfil muy bajo, se pudo sumar un puntito y el corazón de equipo no sufrió ninguna parada cardiaca que hubiese podido provocar una muerte súbita anticipadamente. Eso y que, en el apartado puramente futbolístico, se consiguió terminar por fin un choque sin encajar un gol, reto casi imposible de lograr a lo largo de todo este año.

Para que eso fuese así, hubo que contar con la condescendencia de un Getafe disminuido que, en los momentos culminantes del lance, no estuvo acertado. Porque, a pesar de sus múltiples bajas, el rival madrileño fue mejor que el Zaragoza en casi todos los aspectos. Atacó más, generó más ocasiones de gol y defendió sin dificultades los pocos y romos ataques de los zaragocistas. Ustari fue un espectador más casi toda la tarde.

Sobre todo, dos remates a puerta vacía -sin César bajo los palos- que los getafenses echaron fuera, dejaron con vida a los chicos de Villanova en dos momentos decisivos del choque. El primero, nada más volver del descanso. De la Red, en el minuto 7 del segundo periodo, falló increíblemente a un metro de la raya un balón que le regaló Braulio. Y, ya en la recta final del encuentro, cuando solo restaban 13 minutos, Albín chutó a la derecha del marco un balón sencillo que había controlado en el área y que todo el mundo cantó gol por lo fácil que era meterlo dentro.

Para entonces, el Zaragoza volvía a jugar -por enésima vez- en inferioridad numérica tras la expulsión de Matuzalem en el minuto 70. Fue rigurosa su segunda amarilla, pero bien es verdad que González Vázquez y su línea Pedro Barcia pudieron echar a la caseta en el primer tiempo a Luccin y, sobre todo, a Sergio Fernández. Quizá su mala conciencia tras el escándalo de hace dos meses frente al Barça en La Romareda, les hizo ser benévolos con los zaragocistas a costa de comerse una bronca monumental del feliz público del Getafe.

Y al final, el Zaragoza volvió a padecer los males del moribundo, sin duda otra mala señal. Un expulsado y, en su mejor -y única- opción de gol, Milito cabeceó al poste (68') y echó a perder la ocasion de haber obrado el milagro.

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