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REAL ZARAGOZA

Un cambio deseado por los jugadores

La acumulación de malos resultados durante casi tres meses hace días que había abierto brechas entre parte de la plantilla y Gay. La reacción del técnico, señalando a los jugadores tras la derrota frente al Sevilla, detonó un movimiento interno que ha sido letal.

José Aurelio Gay da instrucciones a quienes han sido sus jugadores, ayer, en la Ciudad Deportiva.
Un cambio deseado por los jugadores
ARáNZAZU NAVARRO.

A Gay lo han echado los resultados. Esa es la primera causa del desenlace decidido por Agapito Iglesias en las últimas horas. Un triunfo en once partidos, 7 puntos obtenidos de 33 disputados, colistas en la clasificación, eliminados en la Copa del Rey a las primeras de cambio por un equipo de Segunda División... Razones, por ese flanco, no le faltan al presidente. Es la ley del fútbol.

Pero, en el caso del ya ex entrenador zaragocista, el asunto puramente clasificatorio no ha sido decisivo. Realmente, Agapito podría haber seguido manteniéndole durante alguna semana más al frente del equipo (esperando acercarse más al parón navideño y, por ello, a la apertura del mercado invernal) pese a su falta de solvencia y rentabilidad en el caminar liguero. Pero la reacción de Gay tras el partido ante el Sevilla, entrando en conflicto con los jugadores al señalar errores individuales de varios de ellos como culpa de la derrota, desarmó al máximo dirigente blanquillo ante cualquier defensa de la figura del entrenador dentro de la entidad.

La escalada de malos resultados, el alargamiento de la serie de fiascos futbolísticos semana a semana, hace tiempo que había ido metiendo serrín en los engranajes de la relación dentro del vestuario entre el técnico y varios de los jugadores. Una circunstancia normal siempre que un equipo se mete en la cola tan pronto y comienza a dar muestras evidentes de incapacidad para salir del atolladero.

Pese a los intentos de disimulo, los encontronazos con varios de los pesos pesados de un vestuario heterogéneo como pocos, de difícil gobierno para cualquiera, hace semanas que habían derivado en piques y posturas personales cercanas al estallido en cualquier momento. Es público y notorio que varios de los futbolistas no están a gusto (aunque, en estos casos, la culpa no sea exactamente del entrenador en su origen y sí de los dirigentes de la SAD). Que piezas como Contini, Edmilson, Obradovic darían algo por hallar una salida el 1 de enero. Que la situación de Paredes, enquistada de mala manera, provoca emisiones tóxicas inevitablemente en el día a día del grupo. Que la adaptación de recién llegados como Marco Pérez, Bertolo, incluso Pinter, está siendo complicada por diversos factores de consumo interno. Que con otros tipos con jerarquía como Ponzio, Lafita o, en los inicios del torneo, Jorge López, los rozamientos han hecho gruñir las relaciones con el cuadro técnico puntualmente, por motivos diferentes en cada caso.

Con estos preámbulos, comunes y comprensibles dentro de un grupo de profesionales que está sumido en una espiral negativa de resultados y de circunstancias de mayor calado en el ámbito societario, la reacción de Gay tras el partido del Sevilla anunciaba tormenta inmediata. Y así ha ocurrido.

A Gay lo han echado los resultados, cierto es en buena medida. Pero también ha tenido un alto grado de influencia su distanciamiento con una gran parte del vestuario. La gestión de esas relaciones humanas, mal intermediada por la dirección deportiva y la secretaría técnica (un hábito en los últimos años), y mediatizada por el efecto esponja de Agapito en los últimos tiempos, ha sido determinante.

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