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ZARAGOZA 1 - MADRID 3

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El Real Madrid gana con holgura y solvencia en La Romareda. El fútbol del Zaragoza no alcanza para combatir a este tipo de equipos.

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OLIVER DUCH

El Real Zaragoza aguantó al Real Madrid un cuarto de hora. Para eso le dio su actual estado de las cosas. Para nada más. En cuanto Özil halló el primer espacio franco por el que colarse en vertical hasta el corazón del área de Leo Franco sucedió lo que estaba previsto de antemano. El alemán definió de modo perfecto, sin miedos, sin titubeos, por bajo, a la espera de que el propio guardameta le abriera el hueco por el que colar el balón, y a partir de ese instante se inició el largo e incontestable discurso de juego madridista. A día de hoy, la diferencia entre los dos equipos es del tamaño de un abismo, de modo que no existe posibilidad real alguna de competir desde el fondo de la tabla contra Cristiano, Lass, Xabi Alonso Di María o Benzema. El Real Madrid no sólo es superior en los distintos órdenes de que se compone el fútbol, sino que resulta inalcanzable a poco que quiera ejercer su superioridad.

El futbolista aparentemente más limitado del conjunto blanco, el francés Lass Diarra, firmó ayer, en La Romareda, un encuentro espectacular a nivel individual. Su fútbol entró por la vista, como lo hacen las evidencias, sin necesidad de explicación racional alguna. Lass se desplegó por todos los espacios posibles, por los defensivos y por los ofensivos. Cortó, trabajó, estuvo en todos los sitios y, además, gobernó en el partido, despojando a Xabi Alonso de desgastes y responsabilidades. Así, el fino centrocampista español sólo intervino lo justo para aportar poso y buen sentido en el manejo de un partido en momentos muy determinados. El peso entero de la arquitectura del Madrid descansó en Lass. Su figura fue anoche la propia de un gigante del fútbol. No tuvo ninguna contestación por parte del Real Zaragoza. Nadie, en verdad, se la pudo dar, ni siquiera Gabi, al que por lo común le sobran pulmones y físico. Ayer, no. Topó con un rival que lo desbordó incluso por su aspecto más fuerte.

Atendida la trascendencia de un francés bregador en la trama del partido, al Real Madrid ya sólo le bastaron apariciones puntuales de futbolistas de clase para adueñarse de un triunfo rutinario en su obligación de ganar cada día, en cada partido. Cristiano Ronaldo dijo quién es en el lanzamiento de un golpe franco cuando ya moría la primera mitad. Su lanzamiento fue perfecto, rotundo. El balón dibujó una trayectoria para la que no había respuesta humana. Subió, entonces, el segundo gol madridista y bajó algo el ambiente permanentemente hostil que La Romareda quiso crear alrededor del portugués.

Tan pronto como se inició el segundo periodo, Xabi Alonso situó la pelota en el punto exacto al que sólo podía llegar la velocidad de Di María, haciendo inútiles los esfuerzos de rectificación de Lanzaro y Jarosik o una media salida de Leo Franco. El argentino del Madrid, que también brilló en La Romareda, tocó el cuero con sutilidad para que la contienda quedara definitivamente resuelta.

El coraje y el amor propio de Nico Bertolo dio para que éste alcanzara en una ocasión el área rival y provocara un penalti, obra de Carvalho. Gabi marcó ante Iker Casillas, que equivocó el lado al que estirarse. A partir de ahí, no cupo más contenido sustancial en el encuentro. Abundaron las circunstancias. El público de La Romareda recriminó a Edmilson y a Sinama Pongolle su insoportable inconsistencia y jaleó el fútbol incomprensible de Marco Pérez, que se acusa a sí mismo de modo ordinario y señala al mismo tiempo la incompetencia de quienes lo ficharon. Ponzio introdujo alguna revolución más en el motor; pero ya conocen sus límites. El Real Madrid, en este contexto, dejó que pasara el tiempo a la espera de cazar algún que otro balón limpio dentro del área. Tuvo varios. Esas pelotas no se transformaron en gol porque cayeron en las botas de Benzema, un jugador de condiciones fabulosas que mengua por su espíritu afrancesado. Con un ánimo un poco más afilado sería un delantero tremendo, un goleador de primer orden. En la contabilidad de las ocasiones blancas erradas murió el encuentro. ¿Cuándo volveremos a ver al Real Madrid en La Romareda? Inquietante cuestión.

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