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REAL ZARAGOZA

Memorias de un penalti

Para el aficionado, para Gay y Agapito o para el equipo fue el penalti más largo del mundo. Para Gabi, el lanzador, fue un pulso contra su propia confianza. El héroe de la victoria ante el Mallorca relata la historia.

Es la imagen de la euforia desmedida: Gabi le ha marcado al Mallorca y ha salvado a Gay.
Memorias de un penalti
JAVIER CEBOLLADA/EFE

En los siete segundos que corrieron con espesura por el cronómetro desde que Paradas Romero encendió la luz verde y Gabi impactó la pelota, camino de la red de la portería del Mallorca, los relojes de La Romareda y del zaragocismo se atascaron de la angustia. Esos instantes, un suspiro desapercibido, comprimieron los corazones de la grada y del banquillo, y llevaron la escena más allá del tiempo. En cierta medida, el penalti se hizo eterno. Fue largo y abrumador como la subida a un calvario. A ojos de la grada, de Gay, Agapito y el palco, se dilataron hasta el infinito los momentos de la carrera y del lanzamiento del penalti, pero también todo lo de antes: la mano de Martí, la sanción, las protestas, el desconfiado júbilo del estadio, la firme decisión de Gabi, el protocolo de la situación, y lo de después, la rabiosa y liberadora reacción de todos. Ese festejo también fue eterno. Continuaba ayer en la Ciudad Deportiva, en los gestos felices de los futbolistas y de la gente que rodea al equipo.

Gabi, el protagonista heroico del penalti que detuvo la cuchilla a medio centímetro de Gay y alimenta de vida al Real Zaragoza, reflejaba bajo el cielo gris del entrenamiento la sobrecarga emocional del episodio. En el contorno de su mirada, una sombra púrpura advertía de una noche pesada, de complicado descanso. Muchos futbolistas fueron incapaces de conciliar el sueño a causa de la electricidad acumulada en el partido y en su resolución. Es la factura que pasa la felicidad surgida en los límites del fracaso. La que sobreviene vomitada por el sufrimiento. Esa frontera la atravesó Gabi con su gol. "No sé si los corazones de La Romareda resistirían otra cosa igual. Mejor resolverlo antes", admite el futbolista. Gabi coronó el partido con ese crucial pulso consigo mismo. Un penalti que debía ser suyo porque el partido había sido suyo. Su océano de esfuerzo fue descomunal. Y no es la primera vez. Gabi no nació en el Zaragoza ni posee genética aragonesa. Sus lazos con el club eran nulos hasta hace poco más de tres años. Sin embargo, el sentimiento de Gabi es la profesionalidad. Jamás le ha dado la espalda al escudo. Varias imágenes congeladas convencen de ese compromiso: las lágrimas del descenso en Mallorca o la vomitina de fatiga y estrés de Jerez el año de Segunda. Por eso es el capitán y por eso abrazó la carga de lanzar el penalti. "Es complicado explicar las emociones que se viven en un momento así. Te das cuenta cuando entras al vestuario y ves a la gente llorar. ¡Varios compañeros entraron llorando! Eso te hace ver la implicación de este equipo", cuenta, y Gabi rebobina la película del penalti hasta el principio:

El disparo, la mano

"La pelota sale bien, sube... y le da al jugador del Mallorca"

"Había tenido una ocasión parecida pocos minutos antes, en una jugada en la que el tiro pega en un defensa del Mallorca y la mala suerte lo lleva al palo. Yo estoy en la frontal del área atento y veo que la pelota sale rechazada desde el punto de penalti. Me viene de cara, franca. Le pego duro, con toda la ilusión de ganar un partido tan importante para el Real Zaragoza con ese disparo. Sale bien, sube? y le da al jugador del Mallorca en la mano. Yo lo veo claro. Estoy cerca. Es penalti. El árbitro lo pita porque es bastante evidente. Creo que, en ese momento, el colegiado ya sabía que en la mano del gol de Webó, en el 0-1 del Mallorca, se había equivocado. Por eso lo pitó con mayor facilidad. En cuanto lo señala, yo ya sé que debo tirarlo".

La decisión

"Un futbolista está para esto, para ayudar cuando es necesario"

"Yo he entrenado desde hace mucho tiempo el lanzamiento de los penaltis. Asumo la responsabilidad sin dudarlo. Soy el que suele lanzar, soy el capitán, pero sobre todo tenía plena confianza. He trabajado esta faceta. En todo momento, sé que es un instante delicado. Pero un futbolista está para esto, para ayudar al equipo cuando sea necesario. De verdad que no dudo. Solo pienso en meterlo. Podía salir mal, pero salió bien. También me ayudó la confianza que había acumulado durante el encuentro. Nunca había sido tan decisivo para el Real Zaragoza y eso, para mí, es fruto del trabajo que llevo realizando desde hace mucho tiempo".

¿Y el balón?

"Jorge López me pregunta que si lo tiro. Le digo que es mío"

"Desde el momento en el que el árbitro pita el penalti, busco la pelota. La encuentro casi en el centro del campo. Corro rápido a por ella y se me acerca Jorge López. Él los tira muy bien. Está en la lista de posibles lanzadores y me pregunta que si lo tiro, que si tengo confianza. Le digo que sí, que es para mí. Y me voy a lanzarlo".

La agónica espera

"Veo a varios aficionados de pie y de espaldas. No querían mirar"

"Antes de tirar, intento quitarle al momento toda la trascendencia que de verdad tiene. Me aíslo y trato de pensar solo en la gente de la grada. Miro hacia arriba y descubro a varios aficionados de pie y de espaldas. Que la gente no quiera mirarlo significa algo. Esa imagen me da fuerzas".

Amasando la pelota

"No me gusta darle la espalda al balón cuando voy a lanzar"

"Pongo la pelota exactamente en el punto y procuro no darle la espalda. Siempre lo hago así. Es mi única manía. Me gustar mirar en todo momento el balón de frente cuando voy a lanzar un penalti. Lo coloco y no me giro".

El golpeo

"Intuí que Aouate había visto el penalti al Betis. Así que cambié"

"Suelo lanzarlos a mi derecha. Se me da mejor tirarlos por ese lado. Pero intuyo que Aouate ha estudiado el partido del Betis y sabe cómo los suelo golpear. Justo en el momento de colocar la pelota en el sitio correspondiente, lo decido. Ya sé que voy a cambiar y a tirárselo por la izquierda".

El gol

"Fue una liberación, la victoria nos da moral y nos quita tensión"

"Es gol. Corro. Hay una mezcla de emociones, pero sobre todo se siente liberación. Los compañeros lloran y están desbocados en el centro del campo. Lo más importante es que ese gol nos da tres puntos tan fundamentales. Además, nos inyecta una enorme moral y nos quita mucha tensión y ansiedad".

Concluye Gabi el relato convencido de que su gol lanzará al equipo hasta sacarlo del peligro. ¿Cuál hubiera sido el destino de Gay o del Real Zaragoza sin ese penalti cubierto de épica y agonía? Se intuye. Pero el Zaragoza respira y deja la lección de que la vida puede medir solo once metros. O solo siete segundos.

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