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La penúltima lección de Jiménez

De repente, cuando el mundo se desplomaba en torno al Real Zaragoza, apareció él. Manolo Jiménez ha sido esencial para que los jugadores volvieran a creer en sí mismos.

Imágenes del encuentro del Real Zaragoza y el Rayo Vallecano en La Romareda
Derrota en La Romareda_3
TONI GALáN/ A PHOTO AGENCY

Manolo Jiménez (Sevilla, 1964) ha sido, como lo fueran Enrique Lora o Juan López Hita, un jugador de club que jugó muchas temporadas en el Sevilla, con entrega, generosidad y oficio, y quince partidos en la selección española, como lateral izquierdo. Siempre destacó por su entereza, por su profesionalidad, por su compromiso, por su sentido de la contención. Era un marcador nato. Él era un jugador complementario, pertinaz, táctico y en cierto modo imprescindible en el bloque. Ni era Junior, Francisco Marinho o Maldini, pertenecía más bien a la estirpe de los gladiadores tipo Camacho. Tras dejar el Jaén se convirtió en entrenador a orillas del Guadalquivir, primero, fue tercero en la Liga con el Sevilla, y en Atenas, con AEK.

De repente, cuando el mundo se desplomaba en torno al Real Zaragoza, apareció él: serio, justo de gracia, o eso parecería en un sevillano, humanísimo, con ese rostro que puede convertirse de inmediato en un cromo con drama o tormento. Aquí se vio de inmediato lo que era: un entrenador con ilusión, apasionado, intenso, de esos que trabajan los detalles hasta la pura extenuación. Solo una vez dijo que se avergonzaba del equipo (tras una goleada en Málaga), que fue su modo de decir que la plantilla no era la mejor de la tierra, ni mucho menos, y que carecía de orgullo y de identidad profunda con los colores y la historia del club. Fue un arrebato de cólera muy oportuno. A partir de ahí se dio a sí mismo, antes que nada, un baño de convicción. Se inoculó entusiasmo, energía, escribió en algún lugar de su cerebro esas frases que parecen utopías o mentiras piadosas: Podemos. Sí se puede. Vamos, cojones. ¡Quién sabe que se dicen los entrenadores a solas y ante el espejo!

Manolo Jiménez ha sido esencial para que los jugadores volvieran a creer en sí mismos. Y en su furia. Y en su capacidad de brega. Y en los valores decisivos de un elenco que tiene que hacerse solidario, que trabaja al unísono, que se encorajina, que se enrabieta, que busca el gol desesperadamente, que piensa que todo es posible. Gracias a Jiménez y al compromiso de todos, se llega a Getafe como se llega: como en una resurrección, con el sueño entre los dientes, con la ansiedad en todos los tacos de las botas y en los rincones del cerebro (el fútbol, como el deseo o el amor, también empieza en la cabeza), con una furia animal necesaria, que es una forma de llamarle al sacrificio constante ajustado al reglamento, que debe matizarse con inteligencia, sentido de la estrategia, profesionalidad, afán de triunfo y el cuidado de los pequeños detalles. Fútbol es fútbol, que decía Boskov, y es un enigma, un amasijo de circunstancias y temblores.

El Zaragoza tendrá que jugar hasta el último segundo con determinación, coraje y lucidez en Getafe. Pensando antes que su adversario, con nervio y vértigo. Sin obcecarse pero a la vez sin desmayarse, sin perder la cara al choque, sin despistes, con la máxima concentración. El resultado empieza a forjarse desde la exigencia con lo ínfimo. Será vital desde la banda Jiménez, y sus gritos, y sus contracciones de cara, sus lecciones tácticas y su interpretación de lo que ocurre. Y será esencial que todo el conjunto, desde Roberto (insisto: aquí vive en estado de gracia. Es un arquero que se fortalece en el Zaragoza, que se acrecienta) hasta Hélder Postiga y Lafita, se anticipe, mande, trabaje, robe el balón y estampe una vibrante caligrafía de juego.

Los jugadores deben centrarse en lo que ocurre en el césped y ni por un instante debe jugar ningún otro partido imaginario en los transistores, ni en los juzgados, ni en los despachos, ni en las despedidas, ni en la euforia o el desencanto de una afición que se ilumina de inmensidad en cariño hacia el equipo. Toda la energía se necesita para derrotar al Getafe, que es un buen equipo y que estará relajado para divertirse y actuar muy rápido. El Zaragoza está donde nadie podía imaginar: eludiendo el abismo. Está a punto a pasar el pájaro de la felicidad por el Coliseo Alfonso Pérez y debe agarrarse a él de inmediato. Y para siempre, de una vez por todas.

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