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REAL ZARAGOZA

El feliz año nuevo de Aguirre

En medio de un maremágnum de conflictos e intereses diversos que rodea a la SAD desde hace un mes, la labor del entrenador mexicano emerge decisivamente para extraer todo el zumo a la heterogénea plantilla en un enero que invita a creer en otro milagro.

Braulio porfía con el zaragozano del Málaga Ignacio Camacho, en el duelo de ayer en La Rosaleda.
El feliz año nuevo de Aguirre
JORGE ZAPATA/EFE

Doce puntos de quince disputados, dice el balance de enero en la contabilidad futbolística del agobiado y enturbiado Real Zaragoza. Con los mismos mimbres de principio de temporada. Con el mismo perfil bajo en su calidad de juego y en las prestaciones de varias de sus individualidades. Con un tóxico medio ambiente cada vez más irrespirable por diferentes causas que, irremediablemente, irán subiendo a la superficie con el paso del tiempo. ¿Qué ha cambiado en esta última fase de la Liga para que se haya obrado semejante mutación en la solvencia del equipo?

Dos claves, una de carácter particular y otra colectiva, despuntan entre la atonía general de este nuevo año de sufrimientos en el primer equipo aragonés. Javier Aguirre pone nombre a la primera; y el equipo, los jugadores con su reacción ante los estímulos del Vasco, aislándose de los gases nocivos que podían haber asfixiado a un vestuario con otra actitud diferente, son los protagonistas de la segunda.

El mínimo común múltiplo de esta operación es, en cualquier caso, Aguirre. El técnico aparece en todos los análisis como elemento catalizador de la reacción. El partido de ayer en Málaga es paradigmático. Aporta lecturas que complementan las que dejaron las victorias recientes sobre el Deportivo, el Levante o la Real, estas tres en La Romareda.

El rendimiento de cada futbolista durante este mes de enero, en trazos gruesos, no ha subido de nivel tanto como para ser determinante en la mejoría experimentada. Ayer tampoco. El relieve del equipo sigue siendo chato en más de la mitad de las posiciones sobre el campo. Pero, globalmente, como grupo, el preparador ha logrado que la maquinaria dé mayores prestaciones a lo largo de los 95 minutos que se disputan a muerte cada fin de semana.

Una evaluación profunda de cada una de las piezas del bloque blanquillo no evoca grandes resurrecciones, al menos si se desea aplicar el factor de la regularidad. Acaso actuaciones en días o fases concretas, como la de Gabi ante el Levante, como la de Sinama en la primera parte ante la Real. Y poco más. Lo sustancial de este respingo que ha dado el cadavérico Real Zaragoza de diciembre se ubica en el banquillo. En el trabajo diario de mejora de la autoestima de un grupo que se sabe limitado y al que los resultados de la primera parte del torneo, debidamente aderezados con las críticas -inevitables- de todo el entorno, habían llevado a un estado cuasi catatónico en la era final de José Aurelio Gay al frente del timón.

Aguirre, sin inventar nada tácticamente, abusando si cabe de su exceso de verborrea cuando las cosas, al principio, seguían torcidas de mala manera, ha logrado exprimir al máximo el poco jugo que tienen sus pupilos libra a libra. De repente, este feo Real Zaragoza de nuestros días (es imposible que juegue con cierta brillantez con lo que hay), se ha convencido de que, con orden, concierto, rasmia, intensidad, sin desfallecimientos ni despistes, es capaz de superar a una serie de rivales de esta Liga española tan devaluada por las diferencias de clases que han generado los dineros de las televisiones.

Se sufre cada día. Se aburre a quienes conservan el paladar de tiempos pretéritos. Se hace padecer porque cuesta imponerse incluso a equipos tan escasos como el Zaragoza. Pero ya se sabe evitar la derrota. Y ahora, hasta ganar.

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